La historia del beato Vicente de San Antonio, agustino recoleto y mártir en Japón, forma parte del testimonio de los mártires japoneses del siglo XVII, cristianos que mantuvieron viva la fe en medio de una de las persecuciones más duras de la historia de la Iglesia. En este texto, Aurora Campos recrea con intensidad narrativa el camino de este misionero portugués que, desde México y Filipinas, llegó hasta Nagasaki para anunciar el Evangelio y entregar finalmente su vida por Cristo.
Vocación misionera: de Portugal a Japón
El huracán bramaba con furia sobre el mar de China. El viento silbaba entre los mástiles como un lamento agudo, y la cubierta, empapada, exhalaba un olor penetrante a sal, algas trituradas y madera húmeda. Las olas, altas como murallas líquidas, se abatían contra la frágil embarcación, haciendo crujir las tablas y tensar las cuerdas hasta el límite. En medio de aquel fragor de espuma y relámpagos, el beato Vicente de san Antonio no podía evitar recordar otra tempestad, unos tres años antes, hacia 1620, cuando en pleno Atlántico, camino de México, otra tormenta había puesto en grave peligro el barco en que viajaba.
También entonces el cielo se había oscurecido de golpe, y el aire olía a brea caliente y a miedo. Entre truenos que desgarraban la noche y marineros que corrían empapados, había prometido a Dios que, si lo libraba de aquella tempestad, se haría religioso en cuanto llegara a México. Ninguna de las dos tormentas logró hundir los barcos. Y tras cada una de ellas se abrió un horizonte decisivo. Al final de la tormenta atlántica lo esperaba el hábito agustino recoleto, que recibió en la ciudad de México en 1621. Allí comenzó su noviciado, envuelto en el silencio del claustro y el olor a cera encendida, antes de embarcar poco después rumbo a Filipinas. Al término de la tormenta en el mar de China lo aguardaban el apostolado clandestino en Japón, la persecución y, finalmente, el glorioso martirio en Nagasaki, el 3 de septiembre de 1632.
Apostolado clandestino entre los cristianos perseguidos
En 1623, al desembarcar cerca de Nagasaki, la bruma marina envolvía la costa, y el aire traía aromas de pescado seco y carbón ardiente. Debió separarse de su compañero, el beato Francisco de Jesús, pues ese año las autoridades japonesas habían expulsado a los comerciantes españoles. Francisco, como español, hubo de refugiarse en las montañas. Vicente, en cambio, disfrazado de comerciante, pudo confundirse entre los portugueses que frecuentaban el puerto. No en vano había nacido 33 años antes en Albufeira, Portugal, hacia 1590, hijo de Antonio Simôes y Catalina Pereira.
En Nagasaki halló una cristiandad clandestina que, pese a la persecución, ardía con fe firme, como una brasa debajo de la ceniza. En casas discretas, iluminadas por lámparas de aceite cuyo humo impregnaba el aire, celebraba misa de madrugada, tras pasar la noche confesando y predicando. Aprendió el japonés —“terrible”, escribiría— y, cambiando de refugio constantemente, burlaba a los espías del emperador. A veces se disfrazaba y tocaba la guitarra; su voz clara flotaba en la noche, distrayendo sospechas.
En 1627 los frutos eran abundantes, pero la persecución se recrudeció. Dos años después, traicionado por un cristiano torturado, fue cercado en una isla cercana a Nagasaki. Hicieron falta 36 barcas, 600 hombres y prender fuego a la isla. Durante seis días resistió entre lluvias frías y humo acre, alimentándose solo de las tres hostias que llevaba consigo. Fue apresado el 25 de noviembre de 1629, tras seis años de intensa actividad pastoral.
Prisión, persecución y martirio en Nagasaki
En la prisión de Nagasaki se reencontró con el agustino mexicano Fr. Bartolomé Gutiérrez, con Fr. Francisco de Jesús y con el jesuita japonés Antonio Ygida; más tarde se uniría un franciscano. Dos semanas después, el 11 de diciembre de 1629, fueron trasladados a la prisión de Omura: estrechas jaulas de madera colgadas sobre una hondonada húmeda y hedionda, donde el olor a podredumbre era tal que “aun con las narices tapadas no se podía pasar por fuera”. Allí permanecieron casi dos años.
La jaula se volvió púlpito. En otra gran celda encerraron a numerosos fieles —hombres, mujeres y niños— a quienes animaban día y noche. Casi todos fueron martirizados el 28 de septiembre de 1630. Desde aquellas jaulas escribieron cartas a Manila; veinticinco de las treinta conservadas datan de ese tiempo.
El 28 de noviembre de 1631 fueron llevados al Unzen de Arima, “infierno” de aguas sulfurosas al pie de montañas nevadas. El olor a azufre quemaba las fosas nasales. Atados y despojados del hábito, les vertían lentamente agua ácida sobre hombros y espalda, como una lengua de fuego que descendía hasta los talones. A las quemaduras se sumaban el frío y la nieve de aquel invierno de 1631. Vicente soportó cinco días; Francisco, siete. Tras 31 días en aquel “infierno”, regresaron a Nagasaki a principios de 1632. Vicente, estaba tan llagado que no pudo montar a caballo, fue llevado en una camilla, “tumba de cañas”.
Nueve meses más de cárcel, una sardina diaria —a lo sumo dos— y un arroz negro “que ni para perros era bueno”. Finalmente, el 3 de septiembre de 1632, en la colina de los mártires de Nagasaki, fueron atados de un dedo a un poste y rodeados de madera húmeda. El humo espeso, con olor a leña verde, los asfixió pronto. Sus cuerpos fueron quemados y sus cenizas arrojadas al mar.
El testimonio del beato Vicente de San Antonio
Aquel mar que, con sus tormentas, lo había conducido al hábito recoleto, recibió sus restos. Hoy, en la colina de Nagasaki, una gran cruz recuerda a los mártires. Entre los nombres grabados figura el del joven portugués que vistió el hábito en México, profesó en Manila y dio testimonio de Cristo en Japón: el beato Vicente de san Antonio.


