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El beato Stefano Bellesini, educador del corazón

Una pedagogía cristiana centrada en la conciencia, el amor al bien y la persona.
Esteban Bellesini

La figura del beato Stefano Bellesini (Trento, 25 de noviembre de 1774 – Genazzano, 2 de febrero de 1840), sacerdote agustino, se sitúa en un tiempo marcado por profundas convulsiones políticas y sociales. En medio de invasiones, cierres de conventos y pobreza creciente, Bellesini respondió con una vocación clara y concreta: educar, especialmente a los más pobres, convencido de que la educación auténtica transforma a la persona desde dentro.

Nacido en Trento, en la entonces Condado del Tirol, ingresó en 1794 en la Orden. Estudió teología en Bolonia, pero la ocupación francesa lo obligó a abandonar los territorios pontificios y regresar a su tierra natal, donde fue ordenado sacerdote. En 1809, durante la invasión napoleónica y la insurrección tirolesa, su convento fue clausurado. Lejos de retirarse, abrió una escuela gratuita para niños pobres, dedicándose de lleno a su formación humana y cristiana. Su compromiso y competencia le valieron el nombramiento como inspector de las escuelas elementales del distrito de Trento.

Cuando en 1817 se restablecieron los órdenes religiosos, volvió al convento de Bolonia y fue llamado a Roma como maestro de novicios, tarea que desempeñó con el mismo espíritu educativo que había vivido entre los más pequeños. En 1826 fue destinado al santuario de la Madre del Buen Consejo en Genazzano, donde desarrolló una intensa labor pastoral. Allí, fiel a su entrega hasta el final, contrajo la enfermedad asistiendo a los enfermos y murió en 1840. Fue beatificado por el papa Pío X en 1904, y su memoria se celebra el 3 de febrero.

Su pensamiento pedagógico, reflejado en sus escritos, muestra una sorprendente actualidad. Para Bellesini, el educador debe partir de lo sencillo y respetar los tiempos del alumno, ayudándolo a descubrir el valor moral de sus actos:

«El maestro debe comenzar primeramente por las cosas pequeñas y después pasar a las mayores; es más, debe antes despertar en los alumnos el sentimiento moral».

La educación, para él, no se apoya en el miedo ni en la mera obediencia externa, sino en la experiencia interior del bien y del mal:

«haciéndoles comprender de dónde nace ese gozo interior que experimentan al hacer el bien, así como el remordimiento y la vergüenza al hacer el mal».

Con gran intuición pedagógica, advierte del peligro de una enseñanza religiosa puramente memorística:

«Debe evitar que aprendan de memoria formularios que no conmueven su corazón».

Por el contrario, propone una educación viva, cercana y alegre, que despierte el interés y el amor por el bien. Al inculcar los deberes cristianos, el educador no debe presentarlos como una carga opresiva:

«no se los representen como una obligación gravosa que deba cumplirse bajo penas eternas, sino como un yugo ligero y suave».

El núcleo de su propuesta moral se resume en una afirmación de gran profundidad:

«la virtud consiste en el amor predominante por lo que es bueno y en la aversión constante por lo que es malo».

Para el beato Stefano Bellesini, la religión ocupa el centro de toda la educación, no como un añadido externo, sino como principio unificador de todos los saberes:

«Sea, en una palabra, la religión el centro al cual el maestro reduce todas sus enseñanzas».

Y esa religión tiene un contenido concreto y personal. En una síntesis luminosa afirma:

«Para decirlo todo en una palabra, estudiar la religión no es otra cosa que estudiar a Jesucristo».

Desde esta convicción, su pedagogía se convierte en un camino de crecimiento integral: conocimiento, conciencia, afectividad y fe avanzan juntos. Educador de niños pobres, formador de religiosos y pastor cercano a su pueblo, el beato Stefano Bellesini ofrece hoy un modelo educativo profundamente humano y evangélico, capaz de inspirar a quienes entienden la educación como un acto de amor, responsabilidad y esperanza.

(Citas tomadas de D. Riccardi, Un santo tra poveri e ragazzi, Milano 1970, pp. 147-150 e 71)

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