Después de la Epifanía, la liturgia nos conduce a un nuevo momento decisivo de la revelación de Dios: el bautismo de Jesús. En este comentario al evangelio dominical, fray Luciano Audisio nos invita a contemplar el descenso de Cristo al Jordán como una clave para comprender su misión y nuestra propia identidad bautismal: hijos amados que reciben la vida como don.
El Jordán: un descenso revelador
Después de haber celebrado la Epifanía del Señor, la manifestación de Dios a los pueblos, la liturgia nos conduce hoy a un nuevo momento decisivo de esa revelación: el bautismo de Jesús en el Jordán. El Dios que era invisible se ha hecho visible en la carne, y ahora se deja reconocer en un gesto aún más desconcertante: entra en el agua, se sumerge, desciende. No se trata de un episodio marginal en la vida de Jesús, sino de un acontecimiento profundamente revelador, que ilumina tanto su misión como nuestra propia vida bautismal.
Mateo nos sitúa en el inicio de la vida pública de Jesús. Es la primera vez que aparece en escena, y lo hace no con palabras ni milagros, sino con un gesto silencioso: una inmersión en el Jordán, en el límite de la tierra prometida. Ese río no es un simple escenario geográfico; es un lugar cargado de memoria bíblica. Por allí había pasado Israel para entrar en la tierra del don. Por allí habían cruzado quienes confiaron en la promesa de Dios. Jesús entra en ese mismo río para asumir toda la historia de su pueblo y, al mismo tiempo, para abrir un camino nuevo.
El texto de Mateo no solo nos cuenta algo que le ocurrió a Jesús. Está escrito para comunidades que ya conocen y practican el bautismo. Por eso, este relato es también una catequesis: lo que sucede a Jesús ilumina lo que sucede en nosotros. Nuestro bautismo es narrado simbólicamente en el bautismo de Jesús. También nosotros hemos sido sumergidos, también nosotros hemos atravesado el Jordán, no para purificarnos por nuestras propias fuerzas, sino para entrar en una vida nueva que se nos regala.
Sumergidos en la muerte para una vida nueva
En el trasfondo de este relato están las prácticas judías vinculadas al agua. El mikvéh servía para purificar a quienes se encontraban en estado de impureza ritual. La persona se sumergía por sí misma y, mediante ese gesto, recuperaba la posibilidad de presentarse ante Dios. El verbo hebreo tabal (טָבַל) expresa precisamente esa acción de lavar, de purificar. Pero cuando la fe cristiana comienza a expresarse en griego, se adopta el término báptisma (βάπτισμα), que no solo indica un lavado, sino una inmersión total, tan profunda que puede evocar incluso la experiencia de morir en el agua.
Esta elección no es casual. Permite comprender el bautismo no solo como purificación, sino como participación en una muerte.
Por eso san Pablo podrá decir que hemos sido bautizados, es decir, sumergidos, en la muerte de Cristo. El bautismo se convierte así en un descenso: un viaje hasta el fondo de nuestras propias muertes, de nuestros miedos, de nuestras caídas y fracasos. No solo la muerte biológica, sino todas esas pequeñas muertes que atraviesan nuestra existencia. Y la gran noticia es esta: precisamente allí, en el punto más bajo de nuestra historia, Dios nos espera. Jesús ha descendido primero. Se ha dejado sumergir para encontrarnos allí donde pensábamos que Dios no podía estar.
Mateo presenta el bautismo de Jesús como una anticipación de su Pascua. El agua simboliza la muerte, y Jesús entra en ella libremente. Este gesto es la continuación de la encarnación: así como asumió nuestra carne para santificarla, ahora asume nuestra muerte para transformarla. En su bautismo, la muerte deja de ser un lugar de separación y se convierte en un lugar de justicia, es decir, en el espacio donde se restablece la relación correcta con Dios. Descubrimos así que la vida es verdaderamente un don, y que ese don se nos revela con más claridad cuando tocamos el fondo de nuestra propia fragilidad.
Hijos amados: la justicia que nace del don
No es extraño, entonces, que Juan el Bautista se resista: “Soy yo quien necesita ser bautizado por ti”. Es la reacción de todo creyente ante la gratuidad de Dios: la conciencia de no estar a la altura del don. Pero Juan introduce también una novedad decisiva. A diferencia del mikvéh, donde cada uno se sumergía por sí mismo, el bautismo que él propone es algo que se recibe. Es pasivo. No se conquista, se acoge. Esto revela que la salvación no es fruto del esfuerzo humano, sino un regalo que se nos ofrece.
Jesús responde a Juan con palabras desconcertantes: “Déjame ahora”. Son las primeras palabras que pronuncia en el Evangelio de Mateo. Es como si dijera: déjame entrar, déjame descender, déjame asumir hasta el fondo la condición humana. Y añade: “Así conviene que cumplamos toda justicia”. En la Biblia, la justicia no es ante todo el cumplimiento de normas, sino la relación correcta con Dios. Mateo, el más judío de los evangelistas, quiere conducir a sus lectores desde una justicia entendida como observancia de la ley hacia una justicia más profunda: la de quien reconoce que todo lo ha recibido de Dios como don y vive desde la gratitud.
El bautismo nos introduce precisamente en esta justicia. Nos invita a dejar que Cristo entre en lo más hondo de nuestro ser, en esa habitación secreta del corazón donde se esconden nuestros miedos, nuestras heridas, nuestras sombras. Allí quiere purificarnos, no para condenarnos, sino para sanarnos. La justicia que nace del bautismo no proviene de nuestros méritos, sino del amor gratuito de Dios.
El relato culmina con el cielo que se abre y la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido”. Estas palabras, dirigidas a Jesús, resonaban también sobre cada bautizado en las primeras comunidades cristianas. Son el corazón de la fe: descubrirnos hijos amados, personas en quienes Dios se complace. En el bautismo, Dios no solo nos perdona; nos nombra, nos reconoce, se alegra en nosotros.
Y esa es la buena noticia de hoy: sumergidos con Cristo, levantados con Él, vivimos sabiendo que nuestra vida, incluso en sus zonas más oscuras, es lugar de encuentro con el Dios que nos llama hijos y se complace en nosotros.



