El comentario al Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma, escrito por fray Luciano Audisio, OAR, nos introduce en el relato de la resurrección de Lázaro (Jn 11), uno de los signos más profundos del Evangelio de san Juan. En este pasaje, Jesús se revela como la vida que vence la muerte y nos llama personalmente a salir de todo aquello que nos encierra. En este tiempo cuaresmal, su voz sigue resonando hoy, invitándonos a caminar hacia la Pascua desde la esperanza.
El signo de Lázaro: el amor que entra en nuestra fragilidad
El Evangelio de este quinto domingo de cuaresma nos presenta uno de los relatos más profundos del Evangelio de Juan: la resurrección de Lázaro. Se trata del último y más grande de los signos que estructuran la primera parte de este Evangelio. No es simplemente un milagro, sino un signo que revela algo mucho más profundo acerca de Jesús y también acerca de nosotros mismos. Como todo el tiempo de Cuaresma, este texto nos invita a confrontarnos con las preguntas más esenciales de la vida, y entre ellas aparece la más inquietante de todas: la muerte. ¿Qué sentido tiene la muerte? ¿Qué sentido tiene, sobre todo, la muerte de aquellos a quienes amamos? En este relato encontramos a un Jesús profundamente humano, un Jesús que se conmueve y que llora ante la tumba de su amigo. No estamos ante un Dios lejano o indiferente al sufrimiento humano, sino ante un Dios que entra plenamente en nuestra experiencia del dolor.
Sin embargo, es importante notar que lo que ocurre con Lázaro no es todavía la resurrección definitiva como la de Cristo. Lázaro vuelve a la vida, pero volverá a morir. Este signo no elimina la muerte de manera definitiva; más bien anticipa algo mucho más grande: la victoria definitiva de la vida que se manifestará en la Pascua de Jesús. Por eso este episodio prepara al lector para comprender el misterio pascual. El relato comienza con una frase profundamente conmovedora: “Aquel a quien amas está enfermo” (Ἰδοὺ ὃν φιλεῖς ἀσθενεῖ). El Evangelio une aquí dos realidades: el amor y la fragilidad. Quien es amado aparece también como vulnerable. La palabra griega para “enfermo”, ἀσθενής, indica precisamente debilidad, falta de fuerza. En cierto modo, esta relación entre amor y carencia revela algo muy profundo sobre nuestra propia condición humana. Dios nos ha creado como seres que “carecen de algo”, seres en búsqueda constante de plenitud. En lo más profundo, nos falta Él. Ese vacío interior es lo que nos impulsa a buscarlo.
El Cantar de los Cantares lo expresa con una frase extraordinaria: “Estoy enferma de amor” (כִּי־חוֹלַת אַהֲבָה אָנִי). Podríamos decir que la vida misma es una especie de “enfermedad santa”: un deseo que nunca termina de satisfacerse, una búsqueda que solo puede encontrar su plenitud en Dios. Y entonces Jesús dice algo sorprendente: “Esta enfermedad no es para la muerte” (Αὕτη ἡ ἀσθένεια οὐκ ἔστιν πρὸς θάνατον). Es decir, esta fragilidad que experimentamos, este deseo que nos habita, no nos conduce a la destrucción; al contrario, puede convertirse en el camino que nos conduce hacia Dios.
“Yo soy la resurrección y la vida”
Cuando Jesús llega a Betania aparece una reacción profundamente humana. Marta y María le dicen lo que todos nosotros diríamos en una situación semejante: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Κύριε, εἰ ἦς ὧδε, οὐκ ἂν ἀπέθανεν ὁ ἀδελφός μου). Es el grito que surge en el corazón humano frente al sufrimiento: ¿dónde estaba Dios? El Evangelio no censura esta pregunta. Al contrario, la toma en serio, y precisamente a partir de esa objeción Jesús revela algo completamente nuevo. Marta dice: “Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día” (Οἶδα ὅτι ἀναστήσεται ἐν τῇ ἀναστάσει ἐν τῇ ἐσχάτῃ ἡμέρᾳ). Ella expresa la fe tradicional de Israel, la esperanza de una resurrección al final de los tiempos. Pero entonces Jesús pronuncia una de las afirmaciones más radicales de todo el Evangelio: “Yo soy la resurrección y la vida” (ἐγώ εἰμι ἡ ἀνάστασις καὶ ἡ ζωή). Aquí aparece la gran novedad del cristianismo. La esperanza ya no está solo en el futuro. En Jesús, el último día ha comenzado. Podríamos decir entonces que la fe cristiana consiste en vivir ahora como si ya estuviéramos en el último día, porque en Jesús la vida definitiva de Dios ya ha entrado en nuestra historia. Creer en Cristo significa comenzar a participar ya desde ahora de esa vida que vence a la muerte.
Cuando Jesús llega al sepulcro ocurre algo muy fuerte. El evangelista dice que se conmueve profundamente. El verbo griego que utiliza es brimáō (βριμάω), que puede expresar incluso una indignación interior. Es la cólera de Dios frente al mal y frente a su consecuencia más terrible: la muerte. Pero esta cólera no se manifiesta como venganza. Dios no destruye al enemigo; hace algo mucho más sorprendente: decide cargar sobre sí mismo el peso del mal para vencerlo desde dentro. En la lógica del Evangelio de Juan sucede algo impresionante: al devolver la vida a Lázaro, Jesús firma su propia sentencia de muerte. Inmediatamente después de este signo, las autoridades decidirán que Jesús debe morir. Para salvar a su amigo, a aquel a quien ama, que en realidad nos representa a todos nosotros, Jesús entrega su propia vida.
“Lázaro, sal afuera”: la llamada que transforma la vida
Finalmente llega el momento culminante del relato. Jesús grita: “¡Lázaro, sal afuera!” (Λάζαρε, δεῦρο ἔξω). Pero esta palabra no está dirigida solamente a Lázaro. Es una palabra dirigida también a nosotros. Es la voz de Cristo que hoy nos llama a salir fuera: salir de todo aquello que nos mantiene encerrados en la lógica de la muerte, en la lógica del miedo, en la lógica del pecado. Salir de todo aquello que todavía nos ata a la vieja idea de que nuestra enfermedad es para la muerte. Cristo nos llama a salir de la tumba, porque en Él la vida ya ha vencido. Y esta es la buena noticia que nos prepara para la Pascua: la voz que llamó a Lázaro sigue resonando hoy y también hoy nos llama a cada uno por nuestro nombre para salir de la muerte y caminar hacia la vida.


