El comentario al Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma, preparado por fray Luciano Audisio, OAR, nos conduce a uno de los relatos más profundos del Evangelio de san Juan: la curación del ciego de nacimiento. Más que un simple milagro, el evangelista presenta un signo que revela quién es Jesús y cuál es la verdadera iluminación del ser humano. En este camino cuaresmal, el Evangelio nos invita a reconocer nuestras propias cegueras y a dejarnos abrir los ojos por Cristo, luz del mundo.
El signo del ciego de nacimiento
El Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos presenta uno de los relatos más profundos del Evangelio de Juan: la curación del ciego de nacimiento. No se trata simplemente de un milagro, sino de un signo, es decir, de una acción que revela algo mucho más profundo acerca de Jesús y acerca de nosotros mismos.
Este relato aparece en el capítulo 9 del Evangelio de Juan y forma parte de los siete signos que estructuran la primera mitad del evangelio. Estos signos preparan al lector para comprender el gran acontecimiento de la Pascua: la pasión, muerte y resurrección de Jesús. En ellos, el evangelista intenta anticipar y mostrar, a través de imágenes y gestos concretos, el misterio de la vida nueva que Cristo trae al mundo.
En los primeros siglos del cristianismo, este pasaje tenía una importancia enorme. Se leía durante la preparación al bautismo, cuando los catecúmenos se acercaban a la noche de Pascua. A estos catecúmenos se los llamaba illuminandi, es decir, “los que iban a ser iluminados”, porque el bautismo era entendido como una verdadera iluminación: el momento en que una persona abre los ojos por primera vez a la luz de Cristo.
Por eso, el relato del ciego de nacimiento no habla solamente de un hombre que recupera la vista. Habla de todos nosotros.
Jesús recrea al ser humano
El evangelio comienza con un verbo muy significativo: Jesús pasa (παράγω). Mientras pasa, el texto dice que vio (εἶδεν) a un hombre ciego de nacimiento. Este detalle es muy importante. Jesús no solo ve a una persona concreta, sino que en ese hombre contempla la condición de toda la humanidad. El evangelista subraya que era ciego desde su nacimiento (ἐκ γενετῆς). Es una imagen muy fuerte: el ser humano, por sí mismo, no logra ver plenamente el sentido profundo de la vida.
Nuestra mayor ceguera no es física. Es espiritual. Muchas veces no logramos reconocer lo más importante: que el sentido de la vida está en el amor que se entrega. Y precisamente hacia ese amor se dirige Jesús en su camino hacia la pasión.
Después sucede algo sorprendente. Jesús escupe en la tierra, hace barro y lo pone sobre los ojos del ciego. A primera vista el gesto puede parecer extraño, pero tiene un significado muy profundo. El barro nos remite inmediatamente al libro del Génesis, donde Dios forma al ser humano del polvo de la tierra y sopla en él el aliento de vida. En cierto modo, Jesús está recreando al hombre. Está realizando una nueva creación.
Luego le dice al ciego que vaya a lavarse a la piscina de Siloé, un nombre que significa “el Enviado”. El evangelista mismo lo explica: ese nombre apunta a Jesús, el verdadero Enviado del Padre. El hombre se lava y comienza a ver. Pero el verdadero milagro todavía no ha terminado.
A partir de ese momento comienza una discusión con los fariseos. El problema no es que el hombre haya sido curado. El problema es que Jesús hizo este signo en sábado. El sábado era el día que recordaba la plenitud de la creación. Para los fariseos, curar en sábado era una transgresión.
Pero aquí aparece una verdad profunda: la verdadera plenitud de la creación es poder ver a Cristo. El ser humano fue creado para reconocer a Dios, para encontrar en Él el sentido de su vida. Sin embargo, los fariseos, que físicamente ven, no logran reconocer lo que tienen delante de sus ojos. El evangelio muestra así una paradoja: el que era ciego comienza a ver, y los que creen ver permanecen en la ceguera.
El relato llega a su momento culminante cuando el hombre sanado es expulsado por los líderes religiosos. Le dicen con desprecio: “Has nacido completamente en pecado, ¿y nos vas a enseñar a nosotros?”. Y el texto dice que lo echaron fuera.
Este detalle es muy significativo, porque anticipa lo que sucederá con Jesús mismo. También Él será rechazado y expulsado. El hombre que ha sido sanado comienza ya a compartir el destino de Cristo.
La fe como una nueva forma de ver
Pero entonces ocurre algo hermoso: Jesús vuelve a buscarlo. Y en ese encuentro final el hombre no solo ve con los ojos del cuerpo. Reconoce quién es Jesús. Su curación se convierte en fe.
Aquí está el corazón del Evangelio de hoy. La fe es una nueva forma de ver. No es solamente aceptar unas verdades. Es recibir una mirada nueva sobre la realidad.
San Cirilo de Jerusalén decía que la fe es como una visión del corazón, una manera de percibir lo invisible. Cuando creemos, algo cambia en nuestra manera de mirar el mundo. Como si nuestra “retina espiritual” fuera transformada.
Por eso este Evangelio es profundamente cuaresmal. La Cuaresma es un camino de iluminación. Es un tiempo en el que Cristo quiere abrir nuestros ojos.
Quizás nosotros también tenemos muchas cegueras: cegueras ante el sufrimiento de los demás, ante el amor de Dios, ante el sentido profundo de nuestra vida. Pero el Evangelio nos recuerda hoy algo muy consolador: Jesús pasa, nos mira y quiere recrearnos.
Y el verdadero milagro no es solo ver con los ojos. El verdadero milagro es llegar a reconocer a Cristo como la luz de nuestra vida. Porque cuando eso sucede, entonces todo comienza a verse de otra manera. Entonces empieza, ya ahora, la luz de la Pascua.


