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Cuaresma: en el desierto se revela nuestra identidad de hijos

Comentario al evangelio del I Domingo de Cuaresma: Jesús en el desierto revela nuestra identidad de hijos amados y la fe como confianza y adoración.
Desierto Morocco, Merzouga, Erg Chebbi, man wearing a bowler hat holding mirror in front of his face in deser

Al comenzar la Cuaresma, la liturgia nos conduce con Jesús al desierto: un lugar de prueba, pero también de verdad y encuentro. En este comentario al evangelio dominical, fray Luciano Audisio nos invita a reconocer que la tentación no empieza por el mal evidente, sino por la duda sobre la identidad: olvidar que somos hijos amados. Solo desde esa certeza es posible vivir la fe como confianza, obediencia y adoración.

El desierto: prueba, libertad y verdad interior

Al comenzar este tiempo de Cuaresma, la liturgia nos conduce al desierto con Jesús. No es un detalle secundario ni un simple recuerdo piadoso: es una invitación a entrar con Él en ese espacio donde se decide lo esencial. El Evangelio nos dice que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto. No fue por iniciativa propia ni por un impulso voluntarista. Es el Espíritu quien lo conduce. Esto ya ilumina nuestra vida: hay desiertos que no elegimos, pero que, misteriosamente, forman parte del camino por el que Dios nos guía.

El desierto, en la Escritura, es el lugar de la prueba y del encuentro. Allí estuvo Israel cuarenta años, aprendiendo a dejar atrás las nostalgias de Egipto y a confiar en un Dios que no siempre respondía según sus expectativas. Allí Moisés ayunó cuarenta días en la montaña, entrando en la nube para escuchar la voz del Señor. El desierto es escuela de libertad. Es el espacio donde caen las seguridades superficiales y queda al descubierto lo que verdaderamente habita en el corazón.

También nosotros conocemos el desierto. No necesariamente como un lugar geográfico, sino como experiencia interior: momentos de aridez, de crisis, de fragilidad, de preguntas sin respuesta. No son castigos. Son ocasiones. Son el lugar donde se purifica nuestra fe y se decide si confiamos en Dios o en nuestras propias estrategias.

El Evangelio subraya que, después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, Jesús sintió hambre. El Hijo de Dios experimenta el límite humano. Tiene hambre. Es vulnerable. No se presenta como un superhombre blindado contra la necesidad. Y es precisamente en ese punto, en el umbral de la fragilidad, donde aparece la tentación. Así ocurre también con nosotros: la tentación no suele llegar cuando nos sentimos fuertes, sino cuando tocamos el límite.

La tentación: una duda sobre la identidad

La primera palabra del tentador es inquietante: “Si eres Hijo de Dios…”. No comienza proponiendo un mal evidente. Comienza sembrando una duda sobre la identidad. “Si eres…”. Pone en cuestión lo que el Padre acaba de proclamar en el Jordán: “Tú eres mi Hijo amado”. La tentación siempre empieza ahí: en el intento de erosionar nuestra identidad más profunda. Cuando olvidamos que somos hijos amados, empezamos a buscar desesperadamente pruebas, confirmaciones, seguridades que nos den valor.

“Di que estas piedras se conviertan en panes”. Parece razonable. Tiene hambre. ¿Qué hay de malo en usar el poder para resolver una necesidad? Pero la cuestión es más profunda. Se trata de decidir cómo vivir la filiación. ¿Ser Hijo significa usar a Dios y el don recibido para afirmarse a sí mismo? ¿O significa vivir en confianza, recibiendo todo como don? Jesús responde con la Escritura: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. El hambre es real, pero no es lo último. La vida no se sostiene solo en lo que se posee o se consume, sino en la relación con Dios. Jesús rehúsa convertir su filiación en autosuficiencia. Prefiere confiar.

La segunda tentación vuelve a comenzar del mismo modo: “Si eres Hijo de Dios…”. Ahora se trata de tirarse abajo desde el templo. Es la tentación de forzar a Dios a intervenir, de convertir la confianza en espectáculo, de manipular la relación. Es como decir: “Si realmente me amas, demuéstralo como yo quiero”. ¡Cuántas veces nuestra oración se parece a eso! No pedimos con humildad, sino que exigimos señales. Jesús responde: “No tentarás al Señor tu Dios”. La fe no consiste en poner a Dios a prueba, sino en abandonarse a Él, incluso cuando no responde según nuestros cálculos.

La tercera tentación es la del poder. Todos los reinos del mundo y su gloria. El tentador propone un atajo: dominio sin cruz, señorío sin obediencia, éxito sin entrega. Es la seducción permanente de la humanidad: creer que la historia se salva desde arriba, imponiendo, controlando, sometiendo. Jesús rechaza esa lógica con una claridad radical: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás”. La verdadera libertad nace de la adoración, no del dominio. El poder que no pasa por la obediencia al Padre termina siendo idolatría.

En el desierto se revela quién es Jesús. No demuestra que es Hijo convirtiendo piedras en pan, ni arrojándose desde el templo, ni aceptando el poder del mundo. Manifiesta su filiación permaneciendo en la confianza, en la obediencia y en la adoración. Su identidad no necesita ser probada mediante gestos espectaculares. Está fundada en la relación viva con el Padre.

Cuaresma: volver al corazón del Padre

Y aquí está la clave para nosotros. La Cuaresma no es un tiempo para multiplicar prácticas exteriores sin más. Es un tiempo para volver a la verdad de nuestra identidad. ¿Desde dónde vivimos? ¿Desde la inseguridad que necesita afirmarse, manipular o dominar? ¿O desde la certeza humilde de sabernos hijos amados?

Cuando olvidamos que somos hijos, los otros se convierten fácilmente en competidores, en amenazas o en instrumentos. Cuando vivimos como hijos, los otros se descubren como hermanos. Por eso la tentación no es solo un problema moral; es una cuestión de relación. El tentador busca dividir, romper la comunión con Dios y con los demás. Jesús, en cambio, permanece en la unidad.

Este domingo el Señor nos invita a entrar en nuestro propio desierto con Él. No para asustarnos, sino para purificarnos. No para humillarnos, sino para recordarnos quiénes somos. Tal vez sentimos hambre de reconocimiento, de seguridad, de poder. Tal vez experimentamos la tentación de forzar a Dios o de buscar atajos. El Evangelio nos muestra que la victoria no consiste en no sentir la prueba, sino en responder desde la Palabra.

Que esta Cuaresma sea para nosotros un camino de regreso al corazón del Padre. Que en medio de nuestras fragilidades escuchemos de nuevo su voz: “Tú eres mi hijo amado”. Y que, sostenidos por esa certeza, aprendamos a vivir no solo de pan, sino de la Palabra que da vida, en confianza, en obediencia y en adoración.

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