El Evangelio de este domingo prolonga las Bienaventuranzas y nos conduce a dos imágenes decisivas: la sal y la luz. En este comentario, fray Luciano Audisio nos invita a descubrir que Jesús no propone metas inalcanzables, sino que revela lo que ya somos en Él: una vida llamada a dar sabor, conservar la esperanza y ser luz para otros, no por exhibición, sino para transparentar la comunión con el Padre.
Ya somos: la identidad que Jesús revela
El Evangelio de este domingo se sitúa como una prolongación inmediata de las bienaventuranzas. Jesús sigue hablando desde la misma clave profunda: no ofrece normas morales ni ideales inalcanzables, sino que revela su identidad, su relación con el Padre y, al mismo tiempo, la verdad más honda de nuestra propia humanidad. Sus palabras nos abren una ventana hacia el cielo, porque nos permiten asomarnos a la comunión viva que Él tiene con el Padre y a la que también nosotros estamos llamados.
Para comprender lo que Jesús dice – y, sobre todo, lo que hace – es necesario recorrer el camino de los profetas de Israel. El Nuevo Testamento no puede leerse separado del Antiguo. Jesús no inventa símbolos nuevos: toma elementos profundamente conocidos por sus oyentes, realidades de la vida cotidiana cargadas de resonancias bíblicas. En este pasaje elige dos: la sal y la luz. Y lo verdaderamente sorprendente es que no las presenta como una meta a alcanzar, sino como una realidad ya dada. No dice: “esfuércense para llegar a ser”, sino “ustedes son”. Aquí y ahora. Ya somos sal de la tierra y luz del mundo.
La sal: el gusto de Dios que se comunica
La primera imagen, la sal, nos lleva directamente al gusto. Y la pregunta que se abre es inevitable: ¿qué sabor le ha dado el Señor a mi vida? La sal existe para dar sabor, y Dios nos ha regalado la capacidad de percibir el sentido de las cosas. Por eso, el primer movimiento interior que suscita esta palabra no es el esfuerzo, sino el agradecimiento. Agradecer el sabor de nuestra vida, incluso cuando no todo es fácil. Porque el “sabor” está profundamente unido al “saber”: descubrir el gusto de nuestra existencia es descubrir el gusto mismo de Dios. Encontrar a Dios no es una idea ni una teoría; es una experiencia con un sabor único, inconfundible.
Desde ahí comprendemos algo muy importante: ya somos instrumentos del sabor de Dios para los demás. Para quienes viven con nosotros, para quienes se cruzan en nuestro camino. Ese sabor no viene de algo abstracto o lejano, no cae del cielo como algo extraño a nuestra condición. Se comunica a través de nuestra humanidad concreta. Nuestra carne, nuestra historia, nuestras heridas y también nuestras alegrías se convierten en lugar donde Dios deja sentir su gusto.
En la antigüedad, además, la sal no solo servía para dar sabor, sino para conservar los alimentos. Por eso era tan valiosa. Y aquí aparece una dimensión decisiva: la entrega. La sal cumple su misión solo cuando se dona, cuando desaparece. No puede guardarse para sí misma. Está hecha para disolverse en favor de otros. Esta imagen nos conduce directamente a Jesús. Él es la sal por excelencia, la que da sabor a nuestra vida. En la encarnación, en su abajamiento, Jesús “desaparece” entrando del todo en nuestra humanidad, hasta asumir nuestra muerte. Su amor es un amor que se pierde para que otros vivan.
La luz: elegidos para servir y transparentar al Padre
La segunda metáfora, la luz, nos lleva todavía más atrás, a las raíces mismas de la experiencia religiosa. El hombre antiguo percibía a Dios como una realidad totalmente distinta, no como una cosa más dentro del mundo, sino como Aquel que hace posible ver todas las cosas y darles sentido. Por eso la Biblia puede decir sin miedo: Dios es luz. Y, al mismo tiempo, afirmar algo sorprendente: Israel es “luz de las naciones”.
Aquí se revela el corazón de la elección bíblica. En la Escritura, ser elegido nunca es un privilegio cerrado ni un fin en sí mismo. La elección es siempre para el servicio. Israel no fue llamado para mirarse a sí mismo, sino para ayudar a las demás naciones a descubrir que también ellas estaban llamadas a una relación viva con el Creador. Ser luz significa existir para que otros puedan ver.
Esta misión, que en el Antiguo Testamento pertenece al pueblo, se concentra luego en la figura del Mesías. Isaías lo anuncia como “luz de las naciones”. En Jesús, la vocación de Israel se cumple plenamente. Él es el revelador por excelencia. No solo nos dice quién es Dios; nos revela quiénes somos nosotros. Fuera de Él no entendemos nuestra vida, nuestros deseos, nuestras relaciones. Jesús, como luz, ilumina todo: nuestra identidad más profunda, nuestras búsquedas, nuestras sombras. Él da claridad y sentido a la existencia.
Y, sin embargo, aquí aparece una tensión muy fecunda. Jesús resucitado es la Iglesia, su Cuerpo, que atraviesa la historia en un continuo proceso de resurrección. Este misterio lo celebramos de manera plena en la Eucaristía, donde participamos de su vida y de su misión. Pero al mismo tiempo, Jesús sigue siendo el Otro. No se confunde con nosotros. Permanece frente a nosotros como luz. Nos habita, pero no se diluye; nos une a Él, pero sigue guiándonos.
Esta doble dinámica aparece con fuerza en las imágenes de la sal y la luz. La sal se pierde, desaparece en los demás. La luz, en cambio, se dona permaneciendo distinta. Jesús es ambas cosas a la vez: la sal que se entrega hasta el extremo y la luz que permanece siempre trascendente. Y en Él también nosotros somos llamados a vivir esta paradoja.
Todo esto nos introduce, finalmente, en una relación viva con el Padre. “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”. Las obras del cristiano no buscan exhibirse ni afirmarse a sí mismas. Son transparencia. Dejan pasar a Dios. Cuando la vida se vuelve sal y luz, otros pueden descubrir al Padre, no porque nosotros seamos extraordinarios, sino porque Dios se hace visible a través de nuestra humanidad.
Así, todos los pueblos quedan invitados a entrar en esta relación filial. Y nosotros, siguiendo el camino abierto por Jesús, participamos ya de esta comunión. Ser sal y ser luz no es una carga ni una exigencia moral más. Es aceptar con gratitud lo que ya somos en Cristo y dejar que Dios, a través de nuestra vida concreta, siga dando sabor y luz al mundo.



