En el corazón de la provincia de Salamanca, el convento de las monjas agustinas recoletas de Vitigudino es un pequeño mosaico de la Iglesia universal. En el Día de la Vida Consagrada, su testimonio sencillo y silencioso recuerda que el amor a Dios y al prójimo sigue siendo el centro de toda vocación consagrada.
«Ante todo, queridos hermanos, amemos a Dios; después, también al prójimo, porque éstos son los mandatos principales que se nos han dado»
(Regla de san Agustín)
Un convento con más de cuatro siglos de historia
Fundado en 1615, el monasterio de las agustinas recoletas de Vitigudino es uno de esos lugares donde el tiempo parece transcurrir de otra manera. Sus muros han acogido generaciones de mujeres consagradas que, desde la clausura, han sostenido la vida de la Iglesia, y a nuestra familia religiosa, con la oración, el silencio y la fraternidad.
Hoy, esa historia se renueva con un rostros muy diversos: en la comunidad conviven hermanas procedentes de Europa, América, África y Asia, una riqueza humana y cultural que se ha convertido en signo elocuente de comunión.
Cuatro continentes, una sola comunidad
“Somos pocas, pero muy unidas”, explican las hermanas. En Vitigudino viven actualmente religiosas originarias de España, Italia, Venezuela, Perú, Tanzania y China, una diversidad que no diluye la identidad, sino que la fortalece desde el carisma recoleto.
Cada una aporta su lengua, su historia y su sensibilidad, pero todas comparten un mismo proyecto de vida: buscar a Dios juntas y amarse como hermanas. Tal como soñaba san Agustín, viven “con un solo corazón y una sola alma orientados hacia Dios”.
Fidelidad perseverante y alegría vocacional
Entre las religiosas hay trayectorias muy diversas. Algunas llevan décadas de vida consagrada, como las hermanas españolas que han entregado toda su vida en el monasterio; otras llegaron hace veinte, quince o diez años desde distintos países; y también hay hermanas jóvenes que están viviendo sus primeros pasos en la comunidad.
Todas coinciden en una palabra: felicidad. Una felicidad discreta, sin estridencias, tejida en lo cotidiano, en la oración común, en el trabajo compartido y en la fraternidad que vence cualquier frontera cultural.
Amar a Dios y al prójimo, hoy
En un mundo marcado por la prisa, el individualismo y la fragmentación, la vida contemplativa de Vitigudino ofrece una respuesta contracultural. Su mensaje no se expresa en grandes discursos, sino en una vida entregada, fiel y escondida.
En este Día de la Vida Consagrada, las agustinas recoletas de Vitigudino recuerdan a la Iglesia y al mundo que la vocación consagrada sigue siendo un don vivo que nace del deseo de amar más. Aquel impulso fundacional que, a finales del siglo XVI, llevó a la Recolección Agustiniana a favorecer una forma de vida más austera —para no poner obstáculos al Espíritu Santo— continúa fecundando la historia. La intuición de los amantiores, de quienes anhelan amar con mayor radicalidad, no pertenece solo a los orígenes: sigue siendo alma y horizonte de la vida recoleta hoy.
En la sencillez del claustro y en la diversidad de sus rostros, estas mujeres de distintos pueblos y culturas hacen de su existencia una alabanza. Saben que, así como el blanco de su vida es amar a Dios, su cuidado principal es todo aquello que las enciende en ese amor: el culto y la alabanza, los sacramentos, la meditación y la oración compartida. Desde Vitigudino, su vida escondida proclama sin palabras que amar a Dios y al prójimo no es una idea del pasado, sino una forma concreta, humilde y luminosa de habitar el presente.



