El primer programa de 2026 de La Voz de los Obispos, en Radio María España, tuvo un aire distinto: los protagonistas fueron también dos niños. De la mano de la periodista Cristina Abad, Juan y Gerson entrevistaron a Mons. Jesús María López Mauleón, agustino recoleto, obispo de la prelatura amazónica de Alto Xingú-Tucumã (Brasil), en la semana previa de la Infancia Misionera.
Una Iglesia joven en un territorio inmenso
La prelatura de Alto Xingú-Tucumã nació en 2019, y Mons. López Mauleón fue enviado como su primer pastor. La geografía define el día a día: 140.000 kilómetros cuadrados repartidos en ocho municipios, una extensión que el propio obispo compara con “diez Navarras”. En muchos tramos no hay asfalto; los caminos se vuelven barro, agua y baches. Las distancias no son un detalle logístico, sino una pedagogía espiritual: enseñan a valorar cada celebración, cada visita, cada sacramento.
“Las distancias… 140.000 kilómetros… eso es como diez Navarras”.
El testimonio impresiona por su concreción: recorrer 200 o 300 kilómetros para celebrar una sola misa no es excepcional, sino parte de la rutina pastoral. Y lo que en España parecería desproporcionado, allí es el precio normal de acompañar comunidades que, en ocasiones, han pasado años sin Eucaristía.
“El misionero va al encuentro”: la fe se sostiene casa a casa
Uno de los momentos más significativos llegó cuando un niño preguntó cómo consigue la gente la fe en aquella región. El obispo respondió con realismo: se trata de una tierra de inmigración interna, con personas llegadas “de todo Brasil” buscando tierras, ganado o minerales. En ese cruce de caminos, muchos se enfrían en la fe, conviven distintas confesiones cristianas y crecen dinámicas de secularización.
¿La respuesta pastoral? No es una estrategia de marketing religioso, sino un estilo evangélico: visitar casas, escuchar, acompañar, proponer a Cristo “como único salvador”, y dejar espacio a la acción del Espíritu Santo. Allí donde la familia vive la fe, la fe se transmite; donde se apaga, la Iglesia sale a buscar, sin esperar a que la gente vuelva “por inercia”.
En esa misma línea, el obispo compartió un dato que rompe esquemas: cada año bautiza a más de cien adultos. En muchas comunidades, la iniciación cristiana se vive de otro modo: bautismo, confirmación y Eucaristía pueden celebrarse juntos cuando la persona llega a la fe en edad adulta. Es el rostro de una Iglesia que acoge procesos reales, no itinerarios ideales.
La vocación: un “sí” que se renueva con el tiempo
Los niños también preguntaron por la vocación. Mons. López Mauleón habló desde su propia historia: una familia creyente, experiencias de infancia, una enfermedad grave a los once años, y la conciencia de que Dios llama por caminos distintos. Su frase quedó como síntesis:
“Lo importante es no decir no a Dios”.
Esa lógica del “sí” alcanzó un punto culminante cuando le propusieron el episcopado. Confesó su temor y su sensación de indignidad, pero entendió que el ministerio no es un ascenso, sino una entrega: “aprender a morir a uno mismo para amar”. En su explicación sencilla y profunda, ser obispo se parece menos a una distinción y más a una forma concreta de configurarse con Cristo Buen Pastor.
“Servus verbi tui”: el lema que define una vida
Hubo un instante especialmente bello cuando otro niño preguntó por el lema episcopal. Mons. López Mauleón respondió con entusiasmo: “Servus verbi tui”, una expresión tomada de las Confesiones de san Agustín, que tradujo como “Siervo de tu palabra”. No era un detalle erudito: era una declaración de identidad espiritual.
Ese lema conecta directamente con la clave misionera de la entrevista: anunciar a Cristo no es principalmente hablar mucho, sino pertenecer a la Palabra, dejarse guiar por ella y servirla con la vida. Desde ahí se entiende su insistencia: la misión no se reduce a “hacer cosas”, sino a ser testigos.
Infancia Misionera: pequeños gestos, impacto universal
En el marco de la Infancia Misionera (18 de enero), la entrevista tomó un tono pedagógico y esperanzador. Los niños preguntaron cómo colaborar, también económicamente. El obispo explicó con claridad que sostener la misión tiene costes reales: combustible, desplazamientos, formación de seminaristas, construcción de estructuras pastorales básicas. Pero enseguida señaló lo esencial: la necesidad más profunda es espiritual.
Su llamada fue directa: el mayor don no es un objeto, ni un plan de vida cómodo; es Cristo. Por eso invitó a los niños a comprender que ya pueden ser misioneros: rezando, compartiendo, interesándose por otros niños del mundo, y también viviendo en su entorno una fe que se nota. “Anunciad a Cristo donde podáis” empieza en casa, en la parroquia, en la escuela, en el modo de tratar a los demás.
Y dejó una perspectiva eclesial muy completa: por el bautismo, todos somos misioneros. No hace falta ser sacerdote para evangelizar; también el laico —en su profesión, en su familia, en su comunidad— puede llevar a Cristo “con las obras y a veces más con el silencio que con la palabra”.
Una petición final: oración por vocaciones y por la perseverancia
Al concluir, Mons. López Mauleón pidió algo muy concreto: oración por los sacerdotes y misioneros que puedan sostener la prelatura. En territorios enormes y con pocos ministros, cada convenio que termina, cada relevo que no llega, deja comunidades sin pastor. Su súplica no fue dramática, sino filial: “recen… para que tengan compasión de nosotros”.
La misión, al final, se sostiene así: con Cristo en el centro, con María como compañía constante en el camino, y con un pueblo de Dios que no mira la Amazonía como un “lejos”, sino como parte de la misma Iglesia.
La Infancia Misionera nos devuelve a una verdad que esta entrevista hizo visible: Dios sigue llamando y enviando, y muchas veces lo hace a través de preguntas simples, como las de un niño. Hoy, la prelatura de Alto Xingú-Tucumã necesita oración, amistad eclesial, y corazones disponibles. Y nosotros, aquí, podemos empezar por lo más cercano: vivir el Evangelio con coherencia y anunciar a Cristo donde podamos.



