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Solemnidad de la Epifanía: buscar, adorar y volver por otro camino

Comentario al evangelio de la Solemnidad de la Epifanía: los magos, la búsqueda de Dios y la luz que transforma el camino.
Wooden figurines of Joseph, Mary, Jesus of a nativity scene Christmas creche

La Epifanía revela el modo en que Dios se manifiesta y a quiénes se deja encontrar. En este comentario al evangelio, fray Luciano Audisio contempla a los magos como figuras del creyente en camino: buscadores atentos a los signos, capaces de adorar al Dios que se revela en la pequeñez y de dejarse transformar por el encuentro con Él.

La Epifanía: cómo y a quién se revela Dios

La Epifanía no es solo el recuerdo de unos magos que llegaron a Belén siguiendo una estrella. La Epifanía es, ante todo, la manifestación de cómo Dios se revela y a quiénes se revela. Y el relato de Mateo nos lo dice con un lenguaje que no es el de la crónica, sino el de la fe: una narración tejida con la Escritura, como un gran midrash, para ayudarnos a reconocer el modo de actuar de Dios.

Desde el comienzo, Mateo nos sitúa ante una paradoja. El Mesías ha nacido, pero no todos se alegran. Herodes se turba, y con él toda Jerusalén. El nacimiento de Jesús no provoca inmediatamente gozo universal, sino inquietud. Porque cuando Dios entra en la historia, no confirma nuestros equilibrios: los cuestiona. El poder se siente amenazado, no porque Dios quiera arrebatar nada, sino porque su presencia revela la fragilidad de todo poder que no se apoya en la verdad.

Jerusalén, la ciudad santa, posee la Escritura. Sabe lo que dicen los profetas. Sabe que el Mesías debía nacer en Belén, la pequeña, la insignificante. Y sin embargo, nadie se pone en camino. Este es uno de los mensajes más fuertes de la Epifanía: se puede conocer la Palabra de Dios y permanecer inmóviles; se puede saber mucho de Dios y no dejarse transformar por Él.

Los magos: buscadores guiados por la luz y la Palabra

Frente a esta inmovilidad aparece un grupo inesperado: los magos, venidos de Oriente. No pertenecen al pueblo de la alianza, no conocen la Ley, no frecuentan el templo. Y sin embargo, son ellos los que buscan, los que caminan, los que preguntan. Mateo los presenta como figuras de todos aquellos que, incluso desde lejos, tienen el corazón abierto a los signos de Dios.

La estrella que los guía no es un dato astronómico que deba explicarse científicamente. Es un signo teológico. En la Biblia, la luz es siempre imagen de la presencia de Dios que acompaña. Pero esta estrella no conduce directamente al destino final. Lleva a Jerusalén, y allí desaparece. Es como si Mateo quisiera decirnos que los signos de Dios necesitan ser interpretados a la luz de la Palabra. La creación sola no basta; la Escritura sola tampoco. Solo juntas pueden conducir al encuentro verdadero.

Cuando los magos escuchan la Palabra y retoman el camino, la estrella vuelve a aparecer. Y los conduce a Belén. No al palacio, no al templo, no al centro del poder, sino a un lugar pequeño, pobre, marginal. Allí se manifiesta Dios. Esta es una clave esencial de la Epifanía: Dios se revela donde menos lo esperamos, y casi nunca donde creemos que debería estar.

Adorar, ofrecer y volver por otro camino

Al llegar, los magos no hacen discursos. Se postran. Adoran. Ofrecen dones. El oro, el incienso y la mirra hablan sin palabras: reconocen en ese niño al rey, al Señor digno de adoración, y al hombre que recorrerá un camino de entrega y de sufrimiento. Mateo no explica estos gestos; los deja abiertos, para que el lector entre en el misterio y lo acoja con fe.

Y entonces ocurre algo decisivo: los magos regresan por otro camino. No solo porque Herodes es peligroso, sino porque el encuentro con Dios siempre cambia el rumbo de la vida. Nadie vuelve igual después de haber reconocido la presencia del Señor. La Epifanía no termina en la adoración; culmina en una transformación.

Esta fiesta nos interpela hoy con fuerza. Nos pregunta dónde estamos nosotros: si en Jerusalén, seguros de nuestro saber religioso pero sin ponernos en camino, o si estamos dispuestos a ser como los magos, buscadores atentos a los signos. La Epifanía nos recuerda que la fe no es posesión, sino camino, y que Dios se deja encontrar por quienes lo buscan con un corazón sincero.

Finalmente, la Epifanía nos anuncia una gran esperanza: nadie queda excluido de la luz de Dios. La salvación no es patrimonio de unos pocos, sino don ofrecido a todos. Hoy la Iglesia proclama que la luz de Cristo brilla para todos los pueblos y se deja también ella iluminar y convertir.

Pidamos al Señor, en esta Epifanía, la gracia de no acostumbrarnos a su presencia, de no quedarnos inmóviles en nuestras seguridades y de seguir caminando, guiados por su Palabra, hasta reconocerlo allí donde Él ha decidido manifestarse. Y que, como los magos, sepamos volver a nuestra vida cotidiana por otro camino, transformados por el encuentro con Él.

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