Existen vidas que merecen ser contadas. No por su brillo exterior, sino por la hondura del camino que recorrieron. Una de ellas es la vida de san Fulgencio de Ruspe. La Iglesia celebra a este testigo del Reino el 3 de enero, recordándonos que la fidelidad es posible incluso en medio de la ruina.
San Fulgencio de Ruspe fue obispo, teólogo y monje en el norte de África entre los siglos V y VI, una época marcada por la caída del Imperio romano, la persecución religiosa y profundas crisis doctrinales. En ese contexto ejerció su ministerio con lucidez, austeridad y fidelidad a la tradición de la Iglesia.
Fulgencio de Ruspe: de la vida pública al camino monástico
Fulgencio nació en el seno de una familia de ascendencia senatorial. Recibió una educación esmerada, dominando el latín y el griego. La muerte temprana de su padre lo obligó a asumir responsabilidades familiares y económicas desde muy joven. Su futuro parecía claro cuando fue nombrado procurator, recaudador de impuestos al servicio de los vándalos.
Sin embargo, el contacto con la vida de los monjes despertó en él una inquietud interior profunda. Le impresionaron su libertad, su caridad y su desprendimiento. A pesar de la oposición de su madre y de las dudas iniciales del abad, Fulgencio decidió retirarse a un monasterio. No fue una huida del mundo, sino la respuesta a una llamada interior que iba tomando forma.
La lectura de las Colationes de Casiano y la admiración por los Padres del Desierto consolidaron su opción. Incluso intentó viajar a Egipto en busca de esa tradición espiritual, aunque desistió tras recibir consejo episcopal y constatar las dificultades doctrinales del momento.
Obispo de Ruspe y defensor de la fe en el exilio
La Iglesia africana, acosada por el poder vándalo y sacudida por el arrianismo, reclamó pronto su servicio. Fulgencio fue ordenado obispo y se le confió la diócesis de Ruspe, pese a la prohibición del rey. La consecuencia fue inmediata: el destierro a Cerdeña junto con otros obispos fieles al credo de Nicea.
El exilio marcó profundamente su vida. Privado de libertad y lejos de su diócesis, Fulgencio no abandonó su misión. Vivió en el monasterio que él mismo fundó junto a la basílica de San Saturno, desde donde mantuvo contacto constante con la Iglesia. Escribió tratados, cartas y sermones para responder a urgencias pastorales concretas.
Defendió la divinidad de Cristo frente al arrianismo, sostuvo la doctrina agustiniana de la gracia frente al semipelagianismo y explicó con claridad la fe del Concilio de Calcedonia. Siempre se consideró discípulo de san Agustín, a quien siguió con devoción filial, hasta ser llamado en la Edad Media Augustinus Breviatus.
San Fulgencio de Ruspe: legado espiritual y actualidad
Con la subida al trono de Hilderico en el año 523, los obispos regresaron del destierro. Fulgencio volvió a Ruspe, donde fue recibido con alegría. En los últimos años de su vida supo armonizar la vida monástica con el ministerio episcopal, elevando el nivel moral e intelectual del clero, socorriendo a pobres y viudas y enfrentando abusos de los poderosos.
Murió en Ruspe el 1 de enero del año 532, tras una larga enfermedad. Su vida fue narrada poco después por Ferrando de Cartago, uno de sus discípulos, con sobriedad y fidelidad histórica.
San Fulgencio de Ruspe sigue siendo hoy un referente espiritual. En tiempos de crisis, su vida recuerda que custodiar la fe, permanecer fieles y servir con humildad también es un camino fecundo. No buscó protagonismo ni originalidad, sino verdad, comunión y caridad.



