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Via Sistina 11: ¿La Virgen de Guadalupe en un rincón romano?
En la iglesia de San Ildefonso y Santo Tomás de Villanueva, situada en Via Sistina 11, en pleno centro de Roma, se custodia una joya del arte y de la devoción mariana: una de las primeras imágenes de la Virgen de Guadalupe que llegaron a la Ciudad Eterna. Numerosos historiadores y estudiosos coinciden en que esta obra ocupa un lugar privilegiado entre los testimonios europeos más antiguos del acontecimiento guadalupano.
Este espacio es hogar de la comunidad de agustino recoleta desde 1619. Allí, en el Colegio Internacional San Ildefonso y Santo Tomás de Villanueva, los frailes profundizan en disciplinas teológicas en las universidades romanas. Al mismo tiempo, esta comunidad custodia uno de los tesoros más significativos que pueden conservar los agustinos recoletos: un lienzo que narra de forma explícita el milagro del Tepeyac, y que llegó a Roma apenas un siglo después de las apariciones.
Via Sistina 11 es hoy un punto de encuentro, oración y consuelo para creyentes latinoamericanos, europeos y peregrinos de todo el mundo. Es un puente visible entre culturas, como si la Madre de Dios hubiera querido establecer en este rincón romano un hogar desde el cual seguir acompañando la historia de sus hijos.
Origen, llegada y contexto histórico del cuadro
La obra data de 1667 y fue pintada en México, según la documentación conservada. Llegó a Roma en 1672, traída por un religioso agustino recoleto, que actuó como puente espiritual y cultural entre la Iglesia americana y la Iglesia universal. Quien hoy la contempla no se encuentra ante una simple reproducción devocional, sino ante un relato pictórico completo del evento guadalupano.
El lienzo, atribuido al pintor novohispano Juan Correa, muestra a la Virgen de Guadalupe en el momento culminante de la aparición, y a Juan Diego sosteniendo su tilma mientras las rosas caen al suelo, signo inequívoco del milagro ante el obispo y los presentes. Este detalle —inusual para las representaciones europeas de la época— convierte a la obra en un testimonio de extraordinario valor histórico y artístico.
La capilla donde está expuesta la pintura conserva también otras cuatro obras del mismo autor, que representan las apariciones previas de la Virgen a Juan Diego. El conjunto constituye un ciclo narrativo completo, probablemente el primero de este tipo que llegó a Roma.
El prior del convento, fray Javier Monroy, lo expresa lo cuenta con estas palabras:
«Este cuadro es muy importante para Roma, para los agustinos recoletos y para la historia del arte en general, porque es uno de los primeros cuadros del evento guadalupano que llega a Roma. Fue traído por un agustino recoleta en 1672. Su particularidad es que no reproduce solo la imagen, sino que narra el milagro.»
Su llegada tardó solo unas décadas desde las apariciones. Esto revela no solo la rapidez con la que la devoción se extendió por el mundo, sino también la sensibilidad de la Orden por custodiar y difundir esta advocación mariana nacida en el corazón de América.
El valor artístico, devocional e identitario de la imagen
La capilla que alberga la obra está cuidadosamente decorada: un altar de mármol con incrustaciones donde destaca un águila sobre un nopal —símbolo nacional mexicano que conecta con la tradición indígena del Tepeyac—, estucos con querubines, cornisas doradas, una corona sobre el cuadro principal y un relieve del Espíritu Santo que preside el conjunto. Nada es accesorio: la composición crea un ambiente simbólico que acoge la fe de un pueblo y la introduce en la memoria espiritual de la Iglesia universal.
Las cuatro pinturas menores que acompañan al cuadro principal componen un relato catequético: cada una representa un episodio de las apariciones narradas en el Nican Mopohua. En su conjunto, las cinco obras forman una catequesis visualque traduce la historia guadalupana al lenguaje artístico europeo del siglo XVII sin perder la riqueza simbólica indígena.
No es un cuadro aislado: es un testimonio que quiere preservar la historia, evitar que se pierda y recordar permanentemente la acción de Dios en el Nuevo Mundo.
La Virgen de Guadalupe en la vida de la comunidad agustino recoleta en Roma
Para la comunidad agustino recoleta de Via Sistina 11, esta imagen es más que una obra de arte. Es una memoria viva de la evangelización americana y, al mismo tiempo, un vínculo profundo con la Iglesia universal. Desde 1672 hasta hoy, generaciones de religiosos, estudiantes, peregrinos y fieles han rezado ante esta imagen, encontrando en ella consuelo, identidad y compañía.
Muchos latinoamericanos residentes en Roma encuentran aquí un refugio espiritual: ante esta Virgen sienten que su tierra, su cultura y su historia siguen vivas, sostenidas por la ternura de María. La presencia del cuadro en esta comunidad centenaria recuerda que la devoción guadalupana forma parte de la vida espiritual de la Orden desde tiempos muy tempranos.
Roma y Guadalupe: la universalización de una devoción americana
La presencia de una de las primeras imágenes guadalupanas en Roma confirma que la devoción a la Virgen de Guadalupe no permaneció confinada a los límites de América. Ya en el siglo XVII se había insertado en el corazón de la Iglesia universal, como signo de unidad, maternidad y misión. Su irradiación alcanzó Europa y Filipinas, y siglos después, el Papa Francisco continúa mostrando una profunda devoción hacia ella, celebrando cada 12 de diciembre una misa solemne en su honor.
Gracias a la custodia fiel de la comunidad agustino recoleta, esta imagen no solo ha sobrevivido al paso del tiempo, sino que ha mantenido viva la devoción, adaptándose a nuevos contextos culturales y espirituales. Via Sistina 11 se ha convertido, así, en una auténtica casa de Guadalupe, donde convergen historia, fe, arte y memoria.
Es un regalo pensar que en una de las comunidades más antiguas de nuestra Orden —si no la que más—, la Virgen de Guadalupe está presente. Como si ella hubiera querido entrar en la historia de esta familia religiosa para ser puente entre los religiosos, la cultura y el pueblo de Dios.
