Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.
“He nacido en una familia santa”. Así describía fray Jenaro Fernández a los suyos, una manera de reconocer el influjo de sus padres y hermanos en su carácter, su vocación y su forma de ser y hacer. Nació el 19 de enero de 1909 en Dicastillo (Navarra, España), en ese momento con unos 1.400 habitantes, frente a los menos de 600 de hoy.
Era una sociedad donde vida, política y religión caminaban íntimamente entrelazadas. La jornada discurría a la sombra de la iglesia y a la voz de la campana; los toques del alba, del mediodía y del anochecer marcaban el ritmo cotidiano; la misa dominical y el rezo de vísperas, el de la semana; y la Navidad, la Semana Santa, el Corpus Christi y las fiestas patronales de san Emeterio y san Celedonio a fines de agosto, el del año.
Sus padres, Epifanio Fernández e Hilaria Echeverría, educaron a su familia con profundos sentimientos cristianos, y cinco de sus nueve hijos abrazaron la vida religiosa. “Nueve hermanos, nueve cristianos, nueve adoradores de Dios en la tierra”, definió Jenaro. Además, ocho de los sobrinos de Jenaro también fueron sacerdotes, religiosos o religiosas, tres de ellos agustinos recoletos.
De la juventud de fray Jenaro sabemos poco. Cabe deducir su probable colaboración en las labores agrícolas de la familia tras la marcha al seminario de sus hermanos mayores y de la enfermedad que afectó a su padre en sus últimos años de vida.
El amor a la familia penetró hasta los senos más recónditos del corazón de Jenaro, y eso que desde octubre de 1922, al ingresar en el colegio apostólico de los Agustinos Recoletos en Ágreda (Soria), sólo en contadas ocasiones y de modo esporádico pudo compartir su vida con ellos. Solo desde 1950 las visitas pudieron ser algo más frecuentes.
Esto no comprometió su relación con sus hermanos y sobrinos, ni disminuyó el interés por sus cosas ni enfrió su afecto filial. Sus cartas eran frecuentes; y su recuerdo en la oración, continuo. En 1990 su sobrina Cándida recordaba emocionada que sus visitas eran cálidas, llenas de cariño y espontaneidad.
Jenaro aprendió en su familia a dar una orientación cristiana a su vida y a descubrir en ella la voluntad de Dios. En ella bebió dos de sus devociones favoritas: la del Sagrado Corazón y la de san José; y en su vocación jugó un papel importante su hermano Saturnino: “mi hermano Saturnino era un sacerdote de una pureza angélica. ¡Cuánto ha influido en mi alma!”.
Repasamos a continuación, en ocho capítulos, su vida adulta: en los dos primeros, su formación como religioso, sacerdote y canonista; y luego los distintos papeles y tareas que su comunidad religiosa y la Iglesia le solicitaron: la investigación histórica, el apostolado, la asesoría, el estudio del carisma y la espiritualidad agustino-recoletas, su participación en el Concilio Vaticano II y el apoyo a la vida consagrada postconciliar.


