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La palabra en la eucaristía dominical: Domingo de Cuaresma 4

1S 16,1b.6-7.10-13a: David es ungido rey de Israel.Sal 22,1-3a.3b-4.5.6: El Señor es mi pastor, nada me falta.Ef 5,8-14: Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.Jn 9,1–41: Fue, se lavó y volvió con vista.
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Lectura primera: I Sam. 16, 1.6-7.10-13.

Bien podemos decir que Dios acompaña a su pueblo por los avatares de este mundo. Pero creo que es más acertado decir que Dios dirige a su pueblo por el decurso d la historia. Porque sin dejar de moverse dentro de la historia humana, llega a alcanzar, en cierto sentido, a delinear su propia historia. La llamamos, de forma global, historia sagrada. Dios tiene el plan de consagrar al hombre; por tanto, de consagrar su historia. Lo podemos apreciar en el relato que nos ofrece esta primera lectura de hoy.

El pueblo de Israel ha introducido la “realeza” en su modo de gobierno, imitando a las naciones que lo rodean; lo hizo con el beneplácito de Dios. No bastó “su visto bueno”, por decirlo así, sino que intervino, y promete intervenir más directamente, con la “unción-consagración” del rey. Se inicia un proceso no solo de “sacralización” de la monarquía, sino que, y hablamos más propiamente del reino de Judá, da comienzo a una señalada protección de la misma, y esto es en David, que dará lugar a la tradición llamada “mesiánica”, culminando todas las promesas y expectativas en la figura de Jesús, el Cristo-Ungido de Dios. El texto de hoy nos implica en la consideración de ello.

Lectura segunda: Ef. 5, 8-14.

Éramos, somos, seremos. El verbo ser define a la persona. Pero la persona humana se desliza en su ser a través del tiempo y del espacio. Y no en sentido totalmente autónomo; por definición entramos en relación con otros, con Dios y con lo hombres. Mirando a Dios, especialmente, podemos estimar nuestra realidad auténtica, considerando nuestra relación con él. El “éramos”, en este caso, pone ante nuestros ojos una realidad deteriorada y en vías de perdición; íbamos camino de ello. La intervención amorosa de Dios nos ha colocado en un “somos” regenerado y abierto a la plenitud, en vías de un “seremos” que nos hará, aunque creaturas, partícipes del ser de Dios. Todo ello en Cristo Jesús. Nuestra definición, lo que seremos, llegará a la plenitud: “Seremos semejantes a Dios, porque lo veremos tal cual es” (I Jn. 3,1-2).

El texto, con todo, no se reduce a esta única consideración, por más honda y central que se nos presente; pues viene sembrado de alusiones y referencias que amplían perspectivas y contenidos sumamente significativos. Hermoso y sugestivo el diálogo incisivo y persistente del ciego con lo fariseos: He ahí la respuesta de la fe, ¡del vidente!, vencedora de todo ataque e impugnación: “¡Yo veo y antes no veía!” La mención explícita de la fuente de Siloé, ¡que significa “enviado”! La confesión final y adhesión personal del ciego a Jesús. Por último, la reacción totalmente indebida, por parte de las autoridades, de echar fuera de la comunidad judía a los seguidores de Jesús. ¿Quién no se sentirá animado a manifestar valientemente su fe ante con semejante ejemplo ante sus ojos? Eres un “vidente”, hermano: vívelo junto a tu Maestro Cristo Jesús y con tu nueva comunidad.

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