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Tomar la cruz, desactivar los ídolos y aprender a vivir en libertad

evangelio-portada-26 de junio

El Evangelio de este domingo nos coloca ante palabras de Jesús que no dejan espacio para la neutralidad. Son frases que atraviesan la vida entera y la obligan a ordenarse desde una decisión de fondo: qué ocupa realmente el centro del corazón.

Jesús habla de los vínculos más sagrados: el padre, la madre, los hijos; habla de la cruz; habla de la vida que se pierde y se encuentra. Y en ese conjunto de afirmaciones aparece una pregunta silenciosa pero decisiva: ¿qué es lo absoluto en nuestra existencia?

Cuando Jesús dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí» (Ὁ φιλῶν πατέρα ἢ μητέρα ὑπὲρ ἐμέ οὐκ ἔστιν μου ἄξιος), no está negando el amor humano, sino purificándolo de su deformación más sutil: la idolatría. Porque la idolatría no consiste solamente en adorar falsos dioses de piedra o de madera; consiste en absolutizar lo relativo, en convertir en último aquello que es penúltimo, en pedirle a una criatura lo que solo Dios puede dar.

El peligro de los ídolos

Así, el trabajo puede convertirse en ídolo, la familia puede convertirse en ídolo, incluso las relaciones más bellas pueden volverse ídolos cuando las cargamos con una expectativa infinita. Y entonces, en lugar de liberarnos, nos esclavizan; en lugar de llenarnos, nos desgastan; en lugar de sostenernos, nos decepcionan. Porque lo finito, cuando se convierte en absoluto, termina rompiéndose bajo el peso de lo que no puede soportar.

Tomar la cruz: integrar la propia historia

En este contexto se entiende la segunda palabra de Jesús: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí» (καὶ ὃς οὐ λαμβάνει τὸν σταυρὸν αὐτοῦ καὶ ἀκολουθεῖ ὀπίσω μου, οὐκ ἔστιν μου ἄξιος). La cruz no es, en primer lugar, el sufrimiento genérico de la vida, sino aquello que no aceptamos, lo que nos cuesta integrar, lo que nos duele reconocer como parte de nuestra historia. Es aquello que preferiríamos dejar al margen, pero que, sin embargo, nos constituye.

Y aquí el Evangelio es profundamente liberador. Jesús no pide que nos presentemos ante Él sin heridas, sin contradicciones o sin fragilidades. No pide una vida ya ordenada, sino una vida ofrecida. No pide que escondamos nuestra cruz, sino que la tomemos. Es decir, que no vivamos negando lo que somos, sino integrándolo en el camino del seguimiento.

Porque cuando una persona intenta eliminar de su vida todo lo que le duele antes de acercarse a Dios, termina alejándose precisamente del lugar donde Dios quiere encontrarse con ella. La cruz, entonces, no es el obstáculo para seguir a Jesús, sino el lugar donde el seguimiento se vuelve real.

Perder la vida para encontrarla

Y desde aquí se comprende la tercera palabra: «El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará» (Ὁ εὑρῶν τὴν ψυχήν αὐτοῦ ἀπολέσει αὐτήν, καὶ ὁ ἀπολέσας τὴν ψυχήν αὐτοῦ ἕνεκεν ἐμοῦ εὑρήσει αὐτήν). Es la gran paradoja del Evangelio: quien quiere asegurarlo todo termina perdiéndose, y quien se abandona en Dios descubre una vida más plena de la que podía imaginar.

Aquí Jesús desenmascara una tentación muy profunda: la de construir la existencia como un proyecto de control y de autoafirmación permanente. Como si la vida consistiera en defender espacios, asegurar posiciones, protegernos de todo riesgo. Pero la vida no es eso. La vida es don, es relación, es camino.

Por eso el Papa Francisco resume con una frase muy clara esta dinámica espiritual: “No se trata de ocupar espacios, sino de acompañar procesos”. La fe no es una estrategia de seguridad, sino una forma de caminar. No es el intento de controlar la vida, sino la decisión de confiar en Dios mientras la vida sucede.

Y aquí aparece el punto más decisivo: cuando el ser humano deja de absolutizarse a sí mismo, deja también de exigirle a la vida lo que la vida no puede dar. Entonces las relaciones se liberan, el trabajo se ordena, los afectos se purifican. Todo permanece, pero en su lugar justo. Y en ese orden nuevo, Dios deja de ser un competidor de nuestras cosas importantes para convertirse en la fuente de todas ellas.

Finalmente, el Evangelio abre una puerta de enorme esperanza cuando insinúa que la acogida es también fecundidad. En la lógica de la fe, acoger no es simplemente recibir algo externo, sino permitir que eso recibido engendre vida nueva en nosotros. En algunas lenguas, como el griego (συλλαμβάνω, “concebir”), el mismo verbo expresa la idea de acoger y de engendrar. Y esto revela algo profundamente bello: cuando el corazón acoge a Dios, no solo lo recibe, sino que comienza a gestar una vida nueva.

Así, este Evangelio no es una llamada a la renuncia triste, sino a la libertad verdadera. Tomar la cruz no es cargar con un peso inútil, sino dejar de huir de uno mismo. Desactivar los ídolos no es perder lo valioso, sino dejar de exigirle a lo creado lo que solo Dios puede dar. Y perder la vida no es fracasar, sino descubrir que la vida verdadera comienza cuando dejamos de poseernos para dejarnos amar por Dios.

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