Hay palabras que un hombre puede escuchar durante toda la vida sin imaginar que algún día las pronunciará él mismo.
«Tomad y comed todos de él…»
Fray Rodrigo Madrid, fray Deyson, fray Marcelo y fray Welton las habían escuchado desde niños. Las habían contemplado en silencio durante años de formación, mientras otros sacerdotes celebraban la Eucaristía. Pero, después de su ordenación sacerdotal, llegó el día en que esas mismas palabras salieron por primera vez de sus propios labios.
Curiosamente, ninguno recuerda ese momento como una conquista personal. En sus testimonios aparecen otros sentimientos: gratitud, pequeñez, asombro y la certeza de que el sacerdocio nunca comienza con las propias fuerzas, sino con la iniciativa de Dios.
Nadie llega solo al altar
Aunque cada uno celebró su primera Eucaristía en un lugar distinto, los cuatro coinciden en una misma experiencia: nadie llega solo al altar.
Fray Rodrigo volvió a la parroquia donde había crecido. El camino hacia el presbiterio era el mismo que había recorrido innumerables veces como monaguillo. Sin embargo, esta vez todo tenía un significado diferente. Mientras avanzaba en la procesión de entrada, contempló a la comunidad reunida y comprendió, con una intensidad nueva, que era Cristo quien convocaba a su pueblo.
Fray Deyson llevaba muy presente a su familia, a su comunidad y, de manera especial, a su hermana Marleni, fallecida antes de su ordenación. Ella siempre lo animó a perseverar en la vocación y, aunque ya no pudo acompañarlo físicamente, siente que estuvo espiritualmente junto a él durante toda la celebración.
Fray Marcelo contempla toda su historia desde una certeza que ha marcado también su vida religiosa. Recordando una expresión de san Agustín, afirma: «Él nada busca de nosotros; sin embargo, nos buscó cuando nosotros no lo buscábamos». Para él, la vocación siempre comienza con un Dios que toma la iniciativa y pronuncia primero nuestro nombre.
También fray Welton sintió que toda su vida pasaba delante de sus ojos. Recordó a su familia, a su comunidad de origen, a los catequistas, a los religiosos que lo acompañaron y a tantas personas que, sin saberlo, habían ayudado a construir su respuesta. «Nadie llega al sacerdocio solo», resume.

Cuando la propia voz pronuncia las palabras de Cristo
Los cuatro reconocen que existe un instante imposible de describir completamente: la primera vez que pronunciaron las palabras de la consagración.
«Me sentí muy, muy pequeño», recuerda fray Rodrigo. Escuchar su propia voz diciendo aquellas palabras que había oído tantas veces le hizo comprender que todo era obra de Dios.
Para fray Deyson fue «el momento más maravilloso» de su vida. Las dudas y las inseguridades desaparecieron por completo. Solo quedó una profunda paz y la conciencia de encontrarse ante el mayor misterio de la fe.
Fray Marcelo lo explica desde la teología y la experiencia: el sacerdote desaparece para que sea Cristo quien hable. En ese momento, la voz del Buen Pastor se sirve de una voz humana y frágil para hacerse presente en medio de su pueblo.
Fray Welton, por su parte, recuerda que pronunció aquellas palabras lentamente porque no quería que ese instante terminara. Mientras sostenía el pan y el vino, comprendió que ninguna de las alegrías, heridas, renuncias o noches de oración vividas durante su camino vocacional habían sido inútiles. Todo había preparado ese encuentro con Cristo sacerdote.
Un ministerio que nace de la gratitud
Si hubiera que resumir sus testimonios en una sola palabra, probablemente sería la misma que eligieron dos de ellos: gratitud.
Gratitud por una llamada que ninguno considera un mérito propio. Gratitud por las personas que los acompañaron durante años. Gratitud porque Dios sigue confiando en hombres frágiles para hacer presente su amor.
Después de aquella primera Eucaristía, fray Rodrigo volvió a descubrir que Dios puede hacer mucho con nuestra pobreza. Fray Deyson comprendió que el pueblo necesita sacerdotes cercanos y humildes, nunca superiores a los demás. Fray Marcelo entiende que la ordenación no pone fin a la búsqueda de Dios, sino que la hace todavía más profunda. Y fray Welton recuerda que, antes del altar, estuvo la vida fraterna: primero fue llamado a ser religioso y, desde ahí, al sacerdocio.
Cuatro historias distintas convergen así en una misma certeza: el ministerio sacerdotal no consiste en ocupar un lugar, sino en dejar espacio para que Cristo actúe.
Quizá por eso la oración con la que fray Welton concluye su testimonio podría expresar también el deseo de los otros tres:
«Señor, no permitas que me acostumbre al misterio que celebro. Que cada Eucaristía sea vivida como la primera de mi vida, con el asombro de quien acaba de descubrir tu amor».
Porque, cuando un sacerdote celebra por primera vez la Eucaristía, no comienza solamente una nueva etapa en su vida. Comienza, una y otra vez, el mismo gesto de Cristo que sigue partiendo el pan para la vida del mundo.







