Los acontecimientos eclesiales se suman y hasta se pisan. No ha terminado el Año de la Vida Consagrada y se ha iniciado el Año Santo de la Misericordia; se publica la hermosa bula “El rostro de la misericordia”, anunciadora del Jubileo extraordinario de la Misericordia, y a los cuarenta días ve la luz la encíclica Laudato si’; no ha comenzado a fermentar el espíritu de este documento y, al celebrarse el sínodo ordinario sobre la familia en octubre pasado, se está esperando ya la exhortación papal que recoja y manifieste la postura eclesial sobre un tema de importancia excepcional. Cada intervención “solemne” del papa Francisco conlleva una cierta conmoción intraeclesial y hasta extraeclesial. A nadie le deja indiferente.
En el mensaje para la 49ª Jornada Mundial de la Paz, bajo el lema “Vence la indiferencia y conquista la paz”, el papa Francisco vuelve a algunos de sus temas preferidos, que son las constantes que van marcando su magisterio: Repulsa de la globalización de la indiferencia, afecto y cercanía al mundo de los pobres y descartados, defensa de los valores ecológicos como salvaguarda de la paz, llamada a la esperanza y a la conversión de corazón que convierta el amor la compasión, la misericordia y la solidaridad en programa de vida.
A pesar de los acontecimientos trágicos y sombríos del año 2015, el pontífice exhorta a todos -porque a todos dirige su mensaje de paz- “a no perder la esperanza en la capacidad del hombre de supera el mal, con la gracia de Dios, y a no caer en la resignación y en la indiferencia”, pues también en el 2015 ha habido eventos que expresan la potencialidad del corazón humano para el bien, como la Cumbre sobre el cambio climático celebrada recientemente en París, la Conferencia de Addis Abeba y la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible adoptada por le ONU.
En el seno de la Iglesia católica también hay motivos para la esperanza, según el papa Francisco, como la celebración del 50 aniversario de dos documentos del concilio Vaticano II, “que expresan de modo muy elocuente el sentido de solidaridad de la Iglesia con el mundo. El papa Juan XXIII, al inicio del concilio, quiso abrir de para en par las ventanas de la Iglesia para que fuese ,as abierta la comunicación ente ella y el mundo. Los dos documentos, Nostra aetate y Gaudium et spes, son expresiones emblemáticas de la nueva relación de diálogo, solidaridad y acompañamiento que la Iglesia pretendía introducir en la humanidad”.
En una actitud semejante es como el Papa quiere que se ponga la Iglesia actualmente y así ha de entenderse el Jubileo de la Misericordia, por el que invita a la Iglesia “a rezar y trabajar para que todo cristiano pueda desarrollar un corazón humilde y compasivo, capaz de anunciar y testimoniar la misericordia , de perdonar y de dar, de abrirse a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales”. El Papa insta a “no caer en la indiferencia, que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad”.
Hace referencia el papa Francisco a algunas formas de indiferencia muy extendidas: la indiferencia ante Dios, de la que brota la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. La indiferencia ante el prójimo reviste muchas formas: falta de compasión y solidaridad; culpar a ciertos pueblos y culturas de su situación de excluidos, olvidándose de la corrupción arraigada profundamente en muchos países; asentados en su bienestar y comodidad, cerrarse indiferentes a los gritos de la humanidad que sufre, etc.
La indiferencia globalizada se manifiesta también en la crisis ecológica: no se siente nuestro mundo como la “casa común” que hay que cuidar.
Todas estas y otras manifestaciones de “indiferencia” son una amenaza para la paz, por lo que el papa Francisco propone como remedio la conversión del corazón, pasar de la indiferencia a la misericordia, es decir, sentir compasión con todos los “míseros”, los que padecen miseria, sea el medio ambiente físico, sean las plantas los animales o los seres humanos.
Jesús nos enseña a ser misericordiosos como el Padre; Jesús es el buen samaritano que se compadece de la humanidad entera; la misericordia es el corazón de Dios. El lenguaje y los gestos de la Iglesia deben transmitir misericordia como postura inicial en la evangelización. La misericordia y la solidaridad deben estar en el programa concreto de la vida de un cristiano.
Propone el papa Francisco “promover una cultura de solidaridad y misericordia para vencer la indiferencia”, tarea que corresponde primeramente a las familias, pero también a los educadores, a los que se mueven en el mundo de la cultura y, especialmente, a los que trabajan en los medios de comunicación.
La paz, como reitera el papa Francisco, no se puede reducir a la ausencia de enfrentamientos armados, sino que requiere una justicia que implica un género de vida digna del hombre, con acceso a una cultura y a los bienes materiales convenientes.
Dadas las circunstancias actuales de inequidad, la paz será fruto de una cultura de solidaridad, misericordia y compasión. A implantar y difundir esta cultura contribuyen de forma especial muchas organizaciones no gubernativas y asociaciones dentro de la Iglesia y fuera de ella, que se juegan la vida en defensa de los necesitados por catástrofes naturales o conflictos armados. Estas acciones son obras de misericordia, corporales y espirituales; son luces en la amenaza de la globalización de la indiferencia.
Hace una llamada el Papa a cuantos pueden contribuir en la creación de esta cultura: periodistas y fotógrafos; los que se baten en defensa de los derechos humanos, sobre todo de las minorías étnicas y religiosas, de los pueblos indígenas, de las mujeres y los niños; los misioneros y los sacerdotes; el voluntariado; las familias que se abren a acoger a refugiados y emigrantes; los jóvenes que se unen para realizar proyectos de solidaridad.
Termina el papa Francisco su mensaje de la paz 2016 pidiendo a cada uno un gesto que contrarreste la tendencia a la indiferencia en la propia vida, pero hace un llamamiento especial a los poderes públicos, a los Estados, para que en el contexto del Jubileo de la Misericordia, hagan gestos concretos de misericordia con los más frágiles de la sociedad: detenidos, emigrantes, los ciudadanos que carecen de trabajo, tierra y techo, desempleados, algunas categorías de trabajadores y los enfermos.
En el escenario internacional el papa Francisco llama a los responsables de los Estados a que miren más allá de las propias fronteras y renueven las relaciones con otros pueblos para que puedan participar efectivamente en la vida de la comunidad internacional y lograr la fraternidad dentro de la familia de naciones.
Junto con la petición de la intercesión de la Virgen María, reina de la paz, el Papa explicita un triple deseo como medios para lograr la paz verdadera: evitar todo conflicto armado; abolir o gestionar de manera sostenible la deuda internacional de los Estados más pobres; adoptar políticas de cooperación respetuosas de los valores de las poblaciones locales y que no perjudiquen el derecho fundamental e inalienables de los niños para nacer.



