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Vida religiosa: ¿bajo mínimos o bajo máximos?

La Semana Santa nos sitúa ante el corazón de la fe: la entrega total de Jesucristo. En su pasión contemplamos cómo vivir hasta el extremo del amor y de la fidelidad al proyecto de Dios. Pero, ¿cómo hablar de entrega total en un ambiente de ética de mínimos?
Semana Santa: entrega máxima.

La sociedad occidental y, dentro de ella, en la vida eclesial, no es infrecuente toparse con personas, instituciones y empresas que viven en lo que la filósofa Adela Cortina llama “Ética de mínimos”: nos bastaría garantizarnos aquello imprescindible para la convivencia.

En el Evangelio la entrega de Cristo es total: es exactamente lo que celebramos durante la Semana Santa y, de modo todavía más concreto, los próximos tres días, en el triduo pascual. Y conviene preguntarnos si como personas, como cristianos o como vivimos también en mínimos o seguimos buscando el máximo del Evangelio.

El estilo de vida de Jesús no engaña. En el huerto de Getsemaní experimenta la angustia y el miedo, pero no renuncia a su misión. Su oración lo resume todo: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).

La cruz es una vida llevada hasta el extremo del amor. Jesús no se limita a cumplir lo mínimo exigible: perdona a los enemigos, se solidariza con los pobres, entrega su vida por todos. Como dirá el Evangelio de Juan, “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). El horizonte de la vida cristiana y de la vida religiosa sería, por tanto, una existencia marcada por la lógica del don, del servicio y de la fidelidad al Evangelio.

La filósofa Adela Cortina distingue entre éticas de mínimos y éticas de máximos. Las primeras hacen referencia a aquellos valores básicos que permiten la convivencia en una sociedad plural. En este sentido, los derechos humanos representan los mínimos de justicia que toda sociedad debe garantizar: derechos civiles y políticos, sociales, económicos y culturales, a la paz, a un medioambiente sano y al desarrollo.

Pero la vida humana no se agota en este suelo ético. La justicia necesita ser impulsada por ideales más altos de solidaridad, compasión y entrega. Ahí es donde aparecen las éticas de máximos. Trasladado a la vida de la Iglesia, esta reflexión plantea una cuestión importante: ¿desde qué horizonte vivimos nuestra misión?

En la práctica pastoral esta diferencia se percibe con claridad. Una pastoral de mínimos se limita a la administración de sacramentos; y una de máximos integra el compromiso social, la cercanía a los pobres o la transformación de la realidad.

En los colegios, el mínimo es una buena educación académica; y el máximo, acompañar el crecimiento integral con una formación humana, espiritual y cristiana sólida.

En las misiones, el mínimo se reduce a la atención sacramental; y el máximo implica promover el desarrollo, la educación, la salud, la dignidad o la defensa de la Casa Común.

En la historia de la Iglesia hay muchos testimonios de radicalidad evangélica. San Ezequiel Moreno, agustino recoleto y misionero, especial protector de los enfermos de cáncer, no estuvo nunca adscrito a los “mínimos”. Su misión se centró en servir plenamente al Reino de Dios, sin remilgos ni límites.

Semana Santa es un buen momento para preguntarse: ¿Vivimos nuestra vocación (laical, religiosa, sacerdotal, matrimonial) desde mínimos o desde máximos? Nuestra fuerza es reconocer el estilo de quien “nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5,2).

La cruz de Cristo recuerda que el amor verdadero nunca se queda mínimos, busca ir más allá. El Evangelio, en definitiva, nunca es una propuesta de mínimos: es una invitación a amar hasta el extremo.

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