Esta genial frase de Tolkien la tomo de la saga “El Señor de los anillos”. Se encuentra en una de las batallas más épicas de la saga, en la escena en que tenemos a la hija del rey Éowyn y su padre, el rey Éowyn herido por el Señor de los Nazgûl –una criatura aparentemente inmortal–. La hija quiere auxiliar a su padre y se interpone frente al malvado para impedir que mate a su padre. Éste le dice:
–¡Impedírmelo! ¿A mi? Estás loca. ¡Ningún hombre viviente puede impedirme nada!
Entonces ella le contestó:
–¡Es que no te das cuenta, no soy ningún hombre viviente! Lo que tus ojos ven es a una mujer […] ¡Vete de aquí si no eres una criatura inmortal! Porque vivo o espectro oscuro, te traspasaré con mi espada si lo tocas.
Estamos viviendo unos días muy convulsos. Días donde –aunque sale el sol– pareciera como si estuviéramos librando una batalla, en la que el mundo está peleando contra algo que es mucho mayor que nosotros. El enemigo es –claramente– el Coronavirus.
Su Santidad, el papa Francisco, desde hace días ha pedido al mundo rezar ante esta enfermedad, pide que nos encomendemos a Nuestra Señora, a la Madre de Jesús, a la siempre Virgen María, a la Madre del Divino Amor.
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Una de las principales medidas y recomendaciones para prevenir la propagación del COVID-19 es muy sencilla: ¡Lavarse las manos!, algunos expertos recomiendan cantar el cumpleaños feliz. Pero… ¿y si yo te propusiera otra cosa?
Te propongo lavarte las manos con consciencia, tal como propone el Mindfulness; pero tal como lo hacemos como cristianos, mejor como lo propone santa Teresa de Ávila. Ella proponía a sus monjas que al llegar a la capilla, hicieran la señal de la Cruz, pero que, al santiguarse, no lo hicieran de prisa y corre, sino que pensaran y –con lentitud– dijeran el nombre de las tres personas de la Trinidad. Yo te propongo que, mientras te laves las manos, ores con la oración que el papa Francisco propuso a la Iglesia. Puedes pegarla en el espejo de tu baño. Es esta:
Oh, María,
siempre brillas en nuestro camino
como un signo de salvación y esperanza.
Confiamos en ti, salud de los enfermos,
que en la cruz fuiste asociada al dolor de Jesús,
manteniendo firme tu fe.
Tú, salvación del pueblo romano,
sabes lo que necesitamos
y estamos seguros de que lo concederás
para que, como en Caná de Galilea,
vuelvan la alegría y la fiesta
después de esta prueba.
Ayúdanos, Madre del Amor Divino,
a conformarnos a la voluntad del Padre
y hacer lo que Jesús nos dirá
Él que tomó nuestro sufrimiento sobre sí mismo
y se cargó de nuestros dolores
para guiarnos a través de la cruz,
a la alegría de la resurrección. Amén.
Bajo tu protección buscamos refugio, santa Madre de Dios.
No desprecies las súplicas de los que estamos sometidos a pruebas
y líbranos de todo peligro, oh gloriosa y bendita Virgen.
La oración te lleva un poco más de veinte segundos –lo que recomiendan los expertos debe durar el aseo de nuestras manos–, recuerda lavarte bien cada uno de los dedos, las palmas y aprovecha para pedirle a nuestra Madre que nos proteja en este momento… Tal vez sea cierto lo que escribió Tolkien y contra este mal ¡Ningún hombre viviente pueda hacer nada! Tal vez necesitamos la ayuda de una Mujer valiente; y de valentías nuestra Señora está probada.
¡Ánimo, a cuidarnos; no olvides lavarte las manos y rezar!






