Cuando pienso con calma lo que estáis viviendo en Cristo en vuestro monasterio veo que aunque también yo encuentro descanso en su amor, realmente vivo ocupado en tareas complicadas. Mi consuelo es que somos un solo cuerpo bajo una misma cabeza y siento que vosotros sois activos en mí y yo puedo ser contemplativo en vosotros.
En la Iglesia, si un miembro sufre, todos los demás sufren; y si un miembro es honrado, todos los demás se alegran. Por eso os pido que me tengáis presente en vuestra oración, que seguro es más vigilante que la mía. La oscuridad y el caos del mundo me debilitan y agotan. Obligado a lidiar con los problemas de otros, que parece que nunca acaban, apenas puedo respirar. Solo Jesús con la ayuda de vuestras oraciones me librarán.
Os animo a manteneros firmes en vuestro compromiso y perseverar hasta el final. Y si la Iglesia necesita vuestra ayuda, ni lo hagáis por orgullo ni lo evitéis por pereza. La contemplación no está por encima de la necesidad de la Iglesia de buenos ministros, sin los cuales ni siquiera estaríamos aquí. Igual que vivimos entre el agua y el fuego sin ahogarnos ni quemarnos, que no nos desvíen ni el orgullo ni la pereza. Amad la contemplación, pero recordad que no habrá paz perfecta hasta que Cristo vuelva.
Haced todo por la gloria de Dios: cuando obréis con dedicación y valentía; al orar y ayunar; al dar limosnas y ayudar a los necesitados; al perdonar y al controlar vuestros malos hábitos, al soportar las dificultades y al tolerar a través del amor; al vencer las tentaciones y al cantar y alabar al Señor…
Sed fervientes de espíritu, poned vuestros ojos en el Señor, que libra nuestros pies de las trampas y nos hace actuar bien. La contemplación no ha de ser agitada ni perezosa, ni audaz ni fugaz, ni precipitada ni negada. Y así el Señor de la paz estará con vosotros.
Agustín había recibido en Hipona a dos monjes del monasterio de Eudoxio, situado en la actual isla de Capraia, en el Tirreno. El intercambio entre comunidades era habitual. Sin embargo, uno de los dos monjes fallece repentinamente. Y Agustín, al comunicar este hecho a Eudoxio, aprovecha para sincerarse.
El santo lleva dos años de obispo y ha sufrido ya esa imposición continua de atender problemas de otros. Es indudable su nostalgia de esa vida que tanto le gustaba y que había elegido tras convertirse al catolicismo. Su sueño siempre fue retirarse en comunidad, dedicarse al estudio, el debate, la oración y la contemplación.
Pero la realidad de la Iglesia africana lo lleva por otros caminos. A finales del siglo IV, en gran expansión, la Iglesia necesita de cargos y ministros. Agustín es ordenado sacerdote, luego nombrado predicador, obispo, defensor de la Iglesia frente a polémicas, sectas y divisiones, tiene que hacer de administrador y de juez para dirimir pleitos…
Agustín contrapone su mundo con el de Eudoxio y reconoce esa vida que ya tuvo, perdió y hubiera querido seguir teniendo. Establecidos en una isla, su ideal ascético debía ser bastante radical, alejados del ruido social y de las grandes urbes y vías de comunicación.
Es intensa la contradicción entre el ideal contemplativo y las obligaciones de un obispo. Agustín hasta deja caer que tiene menos tiempo para orar del que le gustaría. Pero aunque la vida ascética sea su ideal, advierte de que si llega el momento en el que la Iglesia los necesita, los monjes no deben buscar excusas para servirla.
Es la gran idea de la carta: la contemplación es un bien, pero no puede colocarse por encima de las necesidades de la Iglesia. Ni se deben buscar cargos eclesiásticos por ambición, ni se deben rehuir por comodidad, pereza o para seguir un proyecto personal de retiro, por muy bueno que sea.





