Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

“Llegué con el deseo de acompañar y me fui sabiéndome profundamente acompañada”

Montserrat Estebaranz, miembro de la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta de Santa Rita, en Madrid (España), presenta un vívido testimonio sobre su voluntariado de 40 días en el Hogar Santa Mónica de los Agustinos Recoletos en Fortaleza (Brasil).
Voluntariado 2026 en el Hogar Santa Mónica de los Agustinos Recoletos en Fortaleza.

La acogida en el Hogar Santa Mónica fue cercana, en  un clima de confianza y de disponibilidad mutua. El equipo facilitó la integración, nos explicó con claridad los ritmos y normas básicas y el modo de relacionarnos con las beneficiarias, basado en tres pilares: respeto, paciencia y coherencia.

El contacto fue natural y progresivo. Algunas beneficiarias se mostraron abiertas y curiosas, otras reservadas. Es importante no forzar, dar tiempo y permitir que se sientan a gusto con un único mensaje: “aquí estoy para lo que sea”. El acompañamiento permite que gestionen sus sentimientos hasta lograr un clima de confianza, seguridad y alegría.

Las actividades crean vínculos: aprendes los nombres, observas los ritmos. Los juegos, las conversaciones y las dinámicas hacen que se sientan atendidas, respetadas y escuchadas. Las manualidades (costura, macramé, dibujo, confección de llaveros, crochet), los talleres y las excursiones llevan a expresar emociones y darse a conocer. Se refuerza su autoestima y crean hábitos como compartir cosas o saber esperar turnos.

En las actividades se detectan inseguridades, formas de relación, hábitos… En el juego grupal cada aprende a respetar reglas, aceptar la frustración o gestionar el éxito, solicitar la colaboración o brindar la ayuda mutua… Pronto se observa entre ellas un claro espíritu de ayuda y protección mutua, explicable por sus historias de vida. Es toda una lectura inicial de necesidades, límites y potencialidades

Ayudan mucho a la integración unas palabras de ánimo, una atención personalizada, una escucha paciente; en una palabra, la ternura. Es para ellas una experiencia de relación sana y estable a la que no estaban acostumbradas antes de llegar al Hogar.

Las fiestas y las celebraciones rompen la previa experiencia de vida social de las beneficiarias, alejada de las sonrisas, los aplausos o los agradecimientos. Estas fiestas, además de llenar el Hogar de alegría, incentivan el trabajo en equipo, el sentimiento de pertenencia, la actitud del agradecimiento, la creatividad.

Es importante para ellas la autoestima de presentar cosas que gustan y satisfacen. Al hacer algo con sus propias manos, sueltan su “ser soñadora”. Nada se hace nada desde la perspectiva de la competición, sino de la colaboración y del compartir.

Importantes en el Hogar Santa Mónica son las salidas. Durante las vacaciones lectivas se organizan excursiones y actividades fuera del recinto, una oportunidad para detectar miedos, necesidades y avances. Se fomenta la igualdad, la cooperación, el cuidado de las cosas comunes y la valoración de la diversidad. Se madruga para aprovechar la jornada y todo se planifica de forma diferente, aportando novedad… Se comparten comidas fuera de casa, se asiste a atracciones como el circo, una película, un museo.

Luego vuelven las rutinas de las clases en el colegio, en un centro externo. No es infrecuente que antes de vivir en el Hogar Santa Mónica estuviesen desescolarizadas o con el estudio muy desincentivado. Ahora, para la mayor parte de ellas, el colegio es un espacio de aprendizaje y donde ponen a prueba sus emociones y relaciones. Van con entusiasmo, y a su vuelta se nota su alegría por lo aprendido y el cansancio. De vuelta al Hogar, se refuerzan sus hábitos de estudio, de responsabilidad y de cuidado personal.

Con este voluntariado fui descubriendo que mi misión no estaba en hacer algo extraordinario, sino en estar presente. Cuando nos sentábamos a crear juntas valiéndonos del origami o de los dibujos, algunas se concentraban en silencio y otras hablaban sin parar, pero todas se sentían capaces, vistas, valoradas. Entendí sus desafíos, sus esfuerzos y su necesidad profunda de que alguien crea en ellas.

Una insistía en enseñarme algo nuevo, aunque no le saliera perfecto; otra se me acercaba solo para quedarse en silencio a mi lado; estaban los abrazos inesperados al final del día, como si quisieran guardar un pedacito de ese tiempo juntas. Su jolgorio era un lenguaje de vida, una expresión de confianza y alegría que también me transformaba.

Este voluntariado ha sido una escuela de Evangelio. Jesús habría caminado entre esas risas, esas preguntas y esas historias sencillas. Lo cristiano se construye en lo cotidiano: escuchar con paciencia, corregir con ternura, volver a empezar cuando algo no sale bien.

Las niñas me enseñaron que Dios se revela en lo pequeño, en lo espontáneo y en seguir sonriendo aun cuando la vida no sea fácil. El impacto más grande no ha sido algo visible, sino una transformación interior. Llegué con el deseo de acompañar y me fui sabiéndome profundamente acompañada.

La misión no termina cuando uno se despide físicamente; continúa en la forma nueva de amar, de mirar y de confiar. Me llevo sus risas, sus historias y sus abrazos como una oración viva. Y en medio de la nostalgia, queda una paz profunda: Dios estuvo presente en cada detalle, y lo que sembramos juntas seguirá creciendo, aunque nuestros caminos ahora tomen direcciones distintas.

Compartir:

Entradas Relacionadas

Únete a nuestra newsletter