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“Los encuentros con el Papa parecían programados según nuestro carisma y espiritualidad”

Virginia Sánchez es presidenta de la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta de Santa Rita, en Madrid (España). Así ha vivido junto con sus hermanos fraternos la visita de León XIV a su ciudad.
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La visita del papa León XIV a España me encontró recién pasada la cincuentena y siendo desde hace más de cinco años miembro de la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta (FSAR) de Santa Rita, en Madrid. La edad es anecdótica, pues observé a personas mucho mayores que lo vivían con un espíritu joven e incansable; lo que no es anecdótico, sino constitutivo y esencial, es haber vivido esta visita papal como miembro de la FSAR.

La Fraternidad Seglar nos ofrece a sus miembros una oportunidad única para sentirnos partícipes de una Iglesia que, como Madre y Maestra, nos hace sentir, en momentos tan significativos, aún más queridos y transformados.

Cuando supimos que el Papa vendría a nuestra ciudad, yo, al igual que muchos FSAR conocedores del valor de la hospitalidad, ya estábamos predispuestos y convencidos a ofrecer voluntariamente nuestros hogares para acoger a peregrinos venidos de fuera. Abrir las puertas de tu hogar es también abrir la puerta de tu corazón; y el corazón pronto se nos llenó del cariño y entusiasmo que trajeron las dos peregrinas acogidas, madre e hija, llegadas desde Granada y originarias de Venezuela.

El primer día corrimos, más que caminamos, hasta el Monasterio de las Comendadoras de Santiago. Allí, bajo la gran cúpula del templo, nos hicimos ‘cuencos’ para que el Espíritu Santo, como agua del corazón humilde, se detuviera y depositara.

¿Qué mejor actitud para recibir a León XIV que la humildad, tan deseada por san Agustín? La Familia Agustino-Recoleta que recibía al Papa nos unimos con la oración al Santísimo, el sacramento de la Reconciliación, los cantos agustinianos que elogiaban el valor de la comunidad, los testimonios de conversión, fruto de la inquietud del corazón… Eran ingredientes necesarios para acoger con humildad esta visita papal.

Después nos unimos a los encuentros multitudinarios, aunque con sectores propios asignados como Familia Agustiniana. Según avanzaba el programa, el sentimiento de pertenencia aumentaba: parecía que nuestra reunión semanal como Fraternidad se hubiera prolongado a aquella multitud, como si el programa de formación ‘Peregrinos’ de la FSAR estuviese siendo conocido y aireado a los cuatro vientos.

Los presentadores ensalzaban el valor de la fraternidad invitando a un abrazo fraterno; el coro cantaba Tarde te amé; los jóvenes preguntaban al Papa “¿Cómo discernir?”; Rozalén interpretaba su tema Y busqué; el sentido del humor era imaginativo: ¡‘Illo’, ‘illo’, ‘illo, el Papa es agustino’!; y, sobre todo y ante todo, las palabras de León, con unas catequesis de la que nos alimentaremos por mucho tiempo.

De hecho, ya tengo impresos, encuadernados y medio subrayados y releídos todos los discursos del Papa en España. Sus presentaciones y músicas están accesibles en muchas plataformas, listas para volver con solo dar al play.

¿Cómo recoger el fruto de aquel silencio tan elocuente de la Plaza de Lima? ¿Y el fruto de la oración, de la proclamación y meditación de la Palabra? Ha quedado en mi corazón, el mejor lugar donde ser custodiado por el Espíritu Santo. ¿Qué mejor forma de enseñar el poder de la oración que orando, con nosotros, con la Palabra? León XIV, siendo uno más en la unidad de la oración, demuestra que allí todos tenemos cabida, que en el silencio de la oración todos tenemos una sola voz: “In Illo uno unum”.

Ahora, en la vida cotidiana, en la que no es difícil encontrarse con diferencias de opiniones sobre la visita del Papa, ni faltan los sufrimientos, los errores y las dudas, consigo regresar al corazón y encontrar esos frutos de la oración. Me descubro con actitud más serena, con menos prejuicios y mayor capacidad de escucha y de presencia.

Descubro cómo hacerlo siguiendo las mismas palabras del Papa: “Para acompañar a otros a descubrir la belleza de nuestra fe, recordad que ninguno nació siendo maestro y que, ante el Señor, todos somos discípulos”.

Todos tenemos preguntas. Me llamaron la atención las de Renzo, el niño de seis años: “¿Por qué mi papá tiene tantos trabajos?”; o la de Desirée, de veinte: “¿Cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre?”. Y descubro que no hay ninguna pregunta que se quede sin responder, porque la respuesta está en la actitud humilde de la búsqueda de la Verdad.

Por eso, doy las gracias a Dios por ponerme en este camino de vivir la fe en comunidad, en la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta, al estilo de san Agustín: “Vueltos hacia el Señor, Dios Padre omnipotente, démosle con puro corazón, en cuanto nos lo permite nuestra pequeñez, las más rendidas y sinceras gracias”.

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