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“La sencillez, la cercanía al pueblo y amistad con la gente son rasgos característicos de la historia de los Agustinos Recoletos en Chihuahua”

La revista Recollectio y una edición especial en México en formato libro acaban de presentar la historia de los Agustinos Recoletos en Chihuahua, con texto original del agustino recoleto Germán Sanz y edición técnica del historiador Ángel Martínez Cuesta, al que entrevistamos.
Historia de los Agustinos Recoletos en Chihuahua. 2026.

¿Cuál ha sido el desafío principal en la publicación de esta historia?

El principal reto fue transformar un relato muy personal en una obra con una perspectiva más histórica y pastoral. El texto original, en primera persona, reflejaba experiencias concretas de vida y misión. Se ha reorganizado el material para situar en el centro la figura del agustino recoleto Justo Goizueta (1912-1991), obispo de la Prelatura desde su fundación hasta 1988, y su evolución posterior como territorio eclesial.

Fue necesaria una redacción prácticamente nueva de algunos pasajes y dar unidad al relato, eliminar contradicciones y subrayar que la construcción de la Prelatura fue una labor colectiva de los Agustinos Recoletos, con el obispo como principal referente. El resultado es una lectura personal de la presencia recoleta en Madera con un enfoque centrado en la vida de la Iglesia local y en el papel que desempeñó su obispo.

¿Qué rasgos del obispo Goizueta influyeron con más fuerza en la Prelatura?

Destacaría su cercanía con el resto de los religiosos misioneros, su valentía para asumir riesgos y afrontar dificultades y la enorme cantidad de trabajo silencioso que realizó. El libro permite descubrir muy bien ese día a día de la Prelatura desde sus inicios.

Goizueta estaba constantemente en movimiento. Recorrió todo el territorio y procuró mantener buenas relaciones con la jerarquía eclesiástica, algo no siempre sencillo en la época. En la Conferencia Episcopal se le consideraba un obispo de “territorio de avanzada”, que exigía energía, capacidad de sacrificio y entusiasmo misionero.

Sin embargo, tuvo un perfil diferenciado al de otras grandes figuras misioneras de su Familia, como Rodrigo de San Miguel, san Ezequiel Moreno o Nicolás Casas. Justo Goizueta no fue un gran misionero en el sentido clásico, sus cualidades estaban más orientadas a la vida parroquial, a la organización pastoral y al gobierno institucional.

De hecho, supo dar estructura y orden a la Prelatura, que bajo su dirección fue elevada a Diócesis por su capacidad organizativa y la consolidación que logró.

¿Qué ha significado la misión de Chihuahua para la Familia Agustino-Recoleta?

Refleja muy bien esa etapa de gran entusiasmo misionero en los Agustinos Recoletos que, tras aceptar la responsabilidad, trabajaron con mucha entrega. El objetivo era crear comunidades cristianas autosuficientes y consolidar una Iglesia estable.

Los Agustinos Recoletos no han tenido un perfil misionero tan definido como las Congregaciones más especializadas, pero supieron responder a las necesidades que surgían con un estilo propio de sencillez, cercanía al pueblo y amistad con la gente.

La Prelatura de Madera era eminentemente rural —“popular”, decía Goizueta— y él se adaptó muy bien a ese contexto. Favorecía un trato sencillo y fraterno, tanto con los fieles como entre los misioneros.

¿Cómo es ese espíritu misionero de la Familia Agustino-Recoleta?

Apareció muy pronto en la Reforma recoleta, apenas cinco o seis años después de su nacimiento. Sus dos primeros siglos fueron intensamente misioneros y expansivos en Filipinas, Japón, las islas del Pacífico, Colombia, Centroamérica…

Pero la intensa dispersión misionera debilitaba la vida comunitaria y se reconsideró este modelo, preocupación especialmente visible en el siglo XX. En 1941 la Provincia de San Nicolás de Tolentino impulsa la apertura de colegios porque se piensa que, frente a las misiones, fortalecen la vida de comunidad sin dejar de prestar un servicio social.

Hoy quizá habría que volver a intensificar ese espíritu misionero, en cierta manera debilitado. El desafío es unir ambas dimensiones: la vida comunitaria y la misión. En la práctica no siempre es fácil, porque se termina poniendo el acento en una de las dos.

Aunque la misión tradicional se caracterizaba por evangelizar territorios y pueblos no cristianos, uno de los rasgos más característicos de los Agustinos Recoletos es que no han seguido tanto ese modelo, sino que su aportación ha consistido en saber insertarse en la vida ordinaria y colaborar en la construcción pastoral de las Iglesias locales.

Aunque la educación y otros apostolados desplazasen a parte de la actividad misionera, la identidad misionera de la Familia Agustino-Recoleta nunca desapareció. Es parte de nuestra historia y espíritu, aunque hoy quizá necesite ser recuperada y revitalizada.

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