Por razones familiares, desde pequeño escuché hablar de la labor de los Agustinos Recoletos y también recibí formación en valores y en la idea de siempre poner a la persona en el centro. Con estos antecedentes estudié trabajado social, y entonces empecé a sentir que aquello no era solo una historia familiar heredada, sino una responsabilidad personal.
Quería dedicar parte de mi vida a acompañar a personas en situación de vulnerabilidad y a trabajar por la justicia social. Cuando surgió la oportunidad de colaborar en la Ciudad de los Niños, proyecto socioeducativo de los Agustinos Recoletos en Costa Rica, sentí que era el momento de iniciar mi propia experiencia de servicio y compromiso.
Los beneficiarios de la Ciudad de los Niños me han enseñado que la dignidad humana no depende de circunstancias, sino del valor propio de cada uno. He conocido historias difíciles llenas de desafíos familiares, económicos o emocionales; pero también he visto grandes capacidades de resiliencia, esperanza y superación. Más allá de las dificultades, hay que pasar a reconocer la fuerza de cada uno.
Esta experiencia en Costa Rica me ha hecho más humilde, más paciente y más consciente de la importancia de escuchar sin juzgar. Cada día, al trabajar con los beneficiarios, veo que detrás de sus historias hay un potencial enorme; solo esperan que aparezcan las oportunidades para poder desarrollarse.
Ellos también me han hecho cuestionarme muchas ideas preconcebidas. Por ejemplo, la pobreza es mucho más compleja de lo que imaginamos. No es solo la falta de recursos, tiene que ver con oportunidades, con el acceso a redes de apoyo y con la confianza que una persona desarrolla sobre sí misma.
En la Ciudad de los Niños es patente el inmenso poder transformador de la educación cuando va acompañada de afecto, de un acompañamiento cercano y de un sentido de pertenencia. Quizá la verdad más transformadora que esta realidad me ha enseñado es que nosotros no cambiamos la vida de los demás; los cambios reales ocurren cuando la persona encuentra espacios donde descubrir sus propias capacidades y creer en ellas.
Antes pensaba que transformar vidas dependía de un buen proyecto, de recursos o ideas innovadoras. Hoy entiendo que el verdadero cambio nace de las relaciones humanas y de la constancia. Un proyecto social con alma no se construye solo con programas o actividades, sino con personas comprometidas que creen en el otro incluso cuando él ha dejado de creer en sus posibilidades.
Ciudad de los Niños me ha enseñado que acompañar procesos requiere paciencia, cercanía y visión a largo plazo; y que el éxito de una institución no se mide únicamente por resultados cuantificables, sino por el impacto humano en cada beneficiario y cada educador o acompañante.
Siento una profunda gratitud y una convicción muy fuerte de la importancia del acompañamiento humano. De la Ciudad de los Niños sé que me llevaré los nombres, las historias, las conversaciones y las lecciones aprendidas junto a tantos jóvenes que me han permitido formar parte de su camino.
También me llevaré la certeza de que la esperanza se construye día a día, en medio de las dificultades. Costa Rica y la Ciudad de los Niños ocuparán siempre un lugar especial en mi corazón, porque aquí he confirmado mi vocación de servicio y he aprendido que, cuando uno se entrega con sinceridad a los demás, termina recibiendo mucho más de lo que imaginaba dar.























