A sus 96 años, el escultor José Ignacio Ferrer Mora-Figueroa, junto a su mujer y colaboradora, la pintora Milagros Lorente, han querido describir la intensidad, cariño y empeño que han puesto en sus trabajos artísticos en un álbum: “Es el resumen de un camino recorrido con amor y entrega que nos llena de alegría y que compartimos con vosotros con todo cariño”.
No ha sido una profesión, sino una vocación y proyecto de vida; para ellos, la imagen religiosa comienza por una oración para pedir inspiración, sigue por una ejecución que muestre el don artístico recibido de Dios y termina con la oración del fiel que se sirve de la imagen para fortalecer su espíritu.
José Ignacio Ferrer de Mora Figueroa nació en Madrid el 28 de abril de 1930. Estudió en los Marianistas de Jerez de la Frontera (Cádiz) y en la Academia Militar de la Armada en Madrid. Se dedicó profesionalmente al ámbito de las finanzas, pero por dentro sentía una necesidad diferente: transmitir un legado positivo y trascendente.
Una reflexión íntima cambió su futuro, una frase del libro del Éxodo (36,1): “Dios dijo a Moisés: he dotado de habilidad y destreza a los que van a decorar el Santuario”. Decide abandonar las finanzas y los bancos y centrarse en su vocación artística.
Se hace discípulo del escultor Pedro Bejarano Cortijo, a su vez discípulo de Mariano Benllure. Durante cuatro años aprende con constancia hasta que José Ignacio y Milagros montan su propio taller, él diseñando y modelando, ella pintando.
Hay imaginería de Ferrer en España, Italia, Estados Unidos, Taiwán, Honduras o Letonia; además, los Talleres de Arte Granda, una de las instituciones más influyentes del arte sacro español de los siglos XX y XXI, lo hacen proveedor habitual durante 33 años, por encuadrar bien en su filosofía de trabajo: la liturgia antes que el artista; la belleza conduce a Dios; materiales trabajados con dignidad y excelencia; corrección doctrinal; aunar tradición e innovación.
Manuel Jiménez, director Granda, escribió a Ferrer con motivo de la jubilación del escultor: “tus obras han contribuido a engrandecer y dignificar el arte sacro; (…) ese arte tuyo, grande y digno, ha servido de ayuda a tantos para relacionarse con lo sobrenatural. Porque el arte sacro (…) debe trascender: la belleza debe servirnos de vehículo de acercamiento a la Belleza Suma. En tu caso, lo has conseguido”.
Ferrer cuenta con al menos 140 piezas escultóricas (imágenes, relieves, bustos, monumentos y conjuntos) y medio centenar no escultóricas (tablas pintadas, azulejos, vidrieras, proyectos, dibujos). Muchos de ellos son réplicas y versiones de un modelo que después adapta, como su Virgen de la Consolación.
Una Virgen nazarena
En 1991 el prior general de los Agustinos Recoletos, Luis Garayoa, solicitó a Ferrer una Virgen de la Consolación para la Parroquia de esta Orden religiosa en el barrio de Tre Pini Poggio dei Fiori, al sur de Roma. De esta misma Consolación hizo después dos versiones más, una para Kaohsiung (Taiwán) y otra para Las Rozas (Madrid).
De madera policromada y 1,90 metros de altura, fue bendecida el 22 de marzo de 1992 “con el entusiasmo de todos”. Ferrer explicó así su obra al prior general recoleto:
“Ante todo he querido hacer una Virgen Nazarena. El ropaje greco-latino siempre me ha parecido distinto de aquella vestimenta hebrea de los tiempos de Jesús y María. Para ello, me he servido de pinturas del escocés William Hole, que estuvo 25 años estudiando costumbres y ambientes del tiempo del Señor en Palestina. Me han ayudado también algunas imágenes del libro Jesús de Nazaret de William Barclay, llevado al cine por Franco Zeffirelli, así como información que obtuve en la Embajada de Israel en Madrid.
He pretendido crear un conjunto que exprese, con miradas, proximidad y gestos, la tremenda unidad que en lo espiritual debió existir entre María y su Hijo. La mano derecha de María, reposando en el hombro de Jesús, habla de su influencia maternal. Con la mano izquierda se lo dice todo a Jesús, le anticipa aquella súplica que le hará en Caná de Galilea: “No tienen… Están necesitados…”.
Es un gesto sobrio, sencillo y elocuente. He medido la sobriedad de ese gesto para resaltar mejor la total identificación entre Madre e Hijo: no se necesita más.
El traje no tiene los colores ocres y pálidos de los días laborables, sino más alegres pero discretos, de los días de fiesta. En la Virgen predomina el azul (cielo y pureza) y en el Niño hay un adorno que expresa, de la forma más simplificada, un atributo de María que a mí me gusta mucho: “Templo de la Santísima Trinidad”.
En los dos vestidos he rozado los colores con doble intención: conseguir un efecto de rusticidad, como lo serían aquellos vestidos (algodón, lana o pelo de cabra, hechos a mano); y descubrir la madera, para que se vea la realidad de la obra, que nadie puede pensar que es de escayola o cartón piedra. En cuanto a la correa, he usado un rojo oscuro que, de lejos, parezca negro. Si hubiera puesto ese color, destacaría demasiado en el conjunto.
Un amigo me hizo la siguiente observación: “Esta Virgen es ecuménica: los cristianos la venerarán; los judíos, al verla con su vestido de nazarena, la verán también como algo suyo y cercano; los musulmanes, que ya consideran a Miriam como una de las tres mujeres santas, la podrán reverenciar con más facilidad al verla con ropa oriental”.
Podría añadir, para redondear, que también los protestantes la podrán mirar con agrado: el pintor W. Hole, que tanto me ha ayudado con sus pinturas, era anglicano, como también los entusiastas William Sinclair e George Adam Smith que prolongaron las publicaciones de sus obras.
Nuestra Virgen de la Consolación podría decirse que ha sido inspirada por un pintor protestante. Por lo original de su ropaje, podría desconcertar, por lo que me ha parecido necesario hacer estas aclaraciones.
Solo tengo un deseo: que nuestra Virgen ayude mucho a rezar”.






















