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“El Centenario en Lábrea es una ocasión para reavivar, reforzar y valorar con conciencia nuestra identidad misionera, católica y universal”

El agustino recoleto Cenobio Sierra (Salamanca, Guanajuato, México, 1940) ha sido el tercero de los agustinos recoletos que más tiempo de su vida dedicado a misión del Amazonas. Profesor y religioso, sembró la Palabra y las palabras para que muchos creciesen humana y espiritualmente. Este es su testimonio.
Cenobio Sierra, misionero agustino recoleto.

Estuve durante 31 años en la imponente región amazónica. Viví y trabajé en las cuatro parroquias de la Prelatura de Lábrea (Amazonas, Brasil), en Tapauá y Canutama en dos veces distintas en cada una de ellas, así como en Lábrea y en Pauiní.

Mi primer destino fue Canutama. Cuando llegué no esperaba grandes sorpresas, porque antes de llegar procuré informarme y acceder a todos los datos y noticias posibles sobre el lugar. Además, durante años había oído las experiencias de algunos de los misioneros en Brasil cuando se acercaban a las comunidades donde yo estaba.

En seguida me di cuenta de lo diferente que es una realidad entre lo que lees y escuchas, respecto a experimentarlo: me sorprendió la alimentación tan precaria de la gente, ese clima de calor y humedad excesivos… Recuerdo que un periodista describrió la Amazonia como el “infierno verde” por las plagas continuas de bichos. De día aparecen los pium y las mutucas y, cerca de las orillas de los ríos, el meruim. Por la noche atacan más las muriçocas. Todos dispuestos a infernizar la vida de la gente.

Un dato curioso para el visitante es que no hay las cuatro estaciones del año. Solo son dos: verano e invierno. Hay una expresión adecuada que describe esta realidad así: “En verano llueve todos los días, en invierno llueve todo el día”.

Otra situación chocante es el nivel educativo de la población en general: pobrísimo y asustador. De esto me di cuenta enseguida a base de realidad. En una de mis primerísimas salidas solo, sin compañía de otro misionero, a las comunidades ribereñas, antes de la celebración de la Eucaristía pregunté a algunos jóvenes que estaban por allí:

– ¿Alguien puede leer en la celebración?

Dos jóvenes, en seguida, respondieron unánimes y seguros:

– ¡ Felipe! ¡Él sabe leer!

Felipe, cierto, se ofreció feliz. Cuando comenzó a leer me dejó muy asustado. Aquello no era una lectura, sino deletrear de inicio al fin, de manera pésima, lastimosa. Cuando terminó la celebración, intercambié unas palabras con él, cuando me dice:

– Yo, aquí, soy el profesor.

En ese momento me vino a la mente aquel versículo bíblico y pensé: si esto se hace en el palo verde, qué no se hará en el seco.

El primer año en Canutama mi compañero misionero, prior y párroco, era fray Miguel Ángel González Villalba. Me recomendó dedicarme al aprendizaje del portugués. Mi primera escuela fue la plaza, con un grupo de niños y jóvenes que cada noche, al final de las tareas del día, se reunían a conversar. Se reían mucho por mi manera toda confusa de hablar, les encantaba la situación que daba a aquel momento un punto de humor.

Además, siempre había tenido de pasatiempo el inglés, lo que luego me rindió óptimos dividendos. Estando en Canutama, por carambola, me volví profesor de inglés de Tapauá. El agustino recoleto Ricardo Cornwall impartía aulas de inglés en el colegio de la localidad. Sabiendo de mi afición, y como él iba de vacaciones a su tierra, a Estados Unidos, sugirió que atendiese su compromiso docente durante un mes.

A la vuelta a Canutama nos pidieron que enseñase inglés en el colegio. No había profesores formados en ningún municipio de la Prelatura, y los directores de las escuelas nos pedían casi de rodillas ser parte del cuadro docente. Con acuerdo en la comunidad, comencé a dar clases en las últimas cuatro series de fundamental (de 12 a 15 años).

Para nosotros era una forma de conseguir recursos para la comunidad y un acceso directo a los jóvenes, también los no católicos. Hice la oposición a maestro del Estado, y aprobé. Desde entonces siempre fui profesor en la escuela de la localidad donde viviese.

Advertía a los directores que primero yo era misionero, y después profesor; si en algún momento un compromiso coincidía, yo privilegiaría la parroquia. Nunca tuve problemas, ni siquiera cuando visitaba por 15, 20, 30 días las comunidades ribereñas de la zona rural, a las que solo se puede acceder navegando grandes distancias.

Un año, en Pauiní, la directora del colegio, Lucía, me encomendó atender a niños algo más pequeños, de tercero de primaria (9 años). En aquel grupo había un alumno inquieto con muchísima popularidad. La primera vez que hice la llamada de presencia, al llegar al nombre “Francisco Soares”, resonó firme una voz:

– ¡El Musculoso!

Continué pasando lista. Al final pedí a Francisco Soares que se pusiese en pie. Tenía algo más de edad y altura que sus compañeros, unos 13 años, y era extremadamente flacucho.

– Así que tú eres el musculoso.

– Sí, profesor, así me llaman.

Es parte de la filosofía de vida amazónica y brasileña: el buen humor y las bromas.

En Tapauá, al final de mi estancia en el Amazonas, un domingo tras la misa, al volver a la sacristía, apareció un joven bien vestido, distinto, y me saludó en inglés con desparpajo, de forma espontánea y con buena pronunciación. Luego, ya en portugués, siguió:

— Soy Rogelio Pontes, y usted fue mi profesor de inglés hace 15 años en Lábrea.

— ¡Rogelio! Ni te había reconocido. ¿Qué haces aquí?

— Trabajo en el Banco Bradesco y soy el nuevo gerente de la nueva sucursal de Tapauá.

Rogelio había sido un joven especial, de una inteligencia privilegiada. Era tan aventajado, que cuando hacía exámenes orales, como mi oído ya no funcionaba bien, me apoyaba en él para saber si los alumnos lo habían hecho bien, regular, o mal. Su historia llena de esperanza: la educación puede dar a las personas una vida mejor.

En el primer centenario de la Misión de los Agustinos Recoletos en el Amazonas, comprendo y afirmo sin sombra de duda que los misioneros han realizado un servicio incalculable en todos los aspectos: religioso, espiritual, social, humano. No está de más recordar a los que dejaron en ello su vida: Ignacio Martínez, Jesús Pardo, Mario Sabino, Cleusa Carolina.

El Centenario es toda una ocasión para reavivar, reforzar y valorar con conciencia nuestra identidad como miembros de una Iglesia y de una Familia Agustino-Recoleta siempre misionera, católica y universal.

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