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“Dignidad, comunidad y felicidad describen lo que me he encontrado en las misiones en Brasil”

Guillermo González (Madrid, 1973) es guionista de Pueblo de Dios y ha coordinado al equipo que ha grabado y producido los documentales sobre los Agustinos Recoletos en Brasil que se estrenan este domingo en TVE (La 2, 11:30 hora de Madrid).
Pueblo de Dios en las misiones de los Agustinos Recoletos en Brasil.

Llevo 25 años en TVE y, como periodista, busco historias que lleguen al espectador y que le muestren la realidad de lo que vemos y vivimos allí donde vamos. A esa máxima general de la profesión, se une una de las esencias de Pueblo de Dios: contar lo mejor del ser humano, las historias de gente dispuesta a dejarlo todo para darse por completo a los más necesitados al tiempo que llevan la Palabra de Dios; incluso cuando para poner el foco en lo bueno, hay que denunciar lo malo.

Los viajes internacionales de Pueblo de Dios duran quince días. Esta vez, ocupamos casi seis solo para llegar y salir de Lábrea (Amazonas, Brasil). Hubo retos como atravesar la Transamazónica, ir en lancha con lluvia torrencial con la única protección de una capota de tela, o cuando cayó la noche a dos horas de destino y el piloto, un fenómeno, esquivó los troncos flotando en las aguas oscuras… O cuando casi nos quedamos atrapados en un manglar, si no llega a ser por su pericia.

Fue tan emocionante que no alcanzo a imaginar cómo fue la vida de esos misioneros que llegaron a esta parte del mundo cuando aún no estaba en ningún mapa. Pese a tantas dificultades logísticas y humanas que se encontraron para llevar la Palabra de Dios, durante cien años han dignificado al pueblo amazónico.

En Lábrea, en el corazón de la selva, me he encontrado un pueblo con los brazos abiertos, dispuesto a compartir todo y con una dignidad muy por encima de sus necesidades y dificultades. Para mí era un sueño conocer el Amazonas. Desde joven he seguido la obra de Sebastião Salgado, que ha retratado como nadie la vida de aquellos pueblos. Estar allí, vivir con sus gentes, compartir sus vidas en ese entorno tan brutal… Sí, estaba cumpliendo un sueño. Me he traído cerca de 2.000 fotografías.

Los misioneros y misioneras de la Familia Agustino-Recoleta nos decían que el pueblo brasileño tiene el mismo carisma de fraternidad y de compartir que ellos. El delegado de la Provincia de San Nicolás de Tolentino en Brasil, Juan Cruz Vicario, cuenta que llegó hace más de 35 años a dar fraternidad y a evangelizar, pero él ha sido el evangelizado por esa forma de ser, compartir y entender la vida. Sus esquemas se vinieron abajo y reconoció su propia vocación agustino-recoleta a través de la cultura amazónica.

Creo que esa declaración es lo que mejor describe el espíritu de esta Familia religiosa. Ha sido mi primera colaboración con los Agustinos Recoletos, pero no va a ser la última, porque he hecho amigos que siempre van a estar en mi corazón. He descubierto una misión donde se dan por completo, donde se emocionan y lloran por no poder hacer más. Sus testimonios ponen los pelos de punta a cualquiera.

En 2026 celebran el primer centenario de la presencia agustino-recoleta en el Amazonas. Allí te das cuenta de cuanto han hecho en ámbitos como la salud, la educación, la dignidad y los derechos de los pueblos, incluso han dado su vida por ello.

Los pueblos originarios, los indígenas, han avanzado en derechos gracias a la tarea de los misioneros y misioneras; y los ribereños, abandonados por las instituciones locales, reconocen la importancia de ese “solo estar con ellos”, como nos decía fray Luis Antonio Fernández.

Pienso que si no fuese por esa presencia centenaria seguirían muriendo niños por el simple hecho de beber agua; los pueblos indígenas podrían haber desaparecido por completo; los ribereños estarían abandonados; y, probablemente, los intereses económicos dominarían la Amazonia por encima de las personas.

Iban llegando esas escenas imprescindibles que no faltarán en lo que la gente verá en casa, como la emoción y cariño con que se trabaja en la Pastoral de las personas mayores. Acompañamos a la misionera agustina recoleta Inés y fuimos testigos del amor que transmite a Irene, una mujer muy mayor afectada por la lepra desde que tenía cinco años. O esa lucha por dar un mejor futuro a los jóvenes del Centro Esperanza.

Verdaderamente me impactó un testimonio en una comunidad ribereña. Viajamos ocho horas de ida (y otras tantas de vuelta) en lancha rápida por el Purús para encontramos en Bananal do Bande con fray Luis Antonio y la hermana Marisa (MAR). Antonio abrió su corazón por completo. Con sentir y emoción nos habló de los ribereños, del hecho de acompañar sus vidas, de la importancia de, simplemente, estar.

En Fortaleza estuvimos en el Hogar Santa Mónica, un proyecto de los Agustinos Recoletos que acoge, por orden judicial, a menores que han sufrido abusos y explotación sexual, casi siempre en el entorno familiar. A todo el equipo de TVE nos marcó esa experiencia compartida con las niñas y con los profesionales que intentan devolverles su infancia robada. En algunos casos, ni siquiera han cumplido aún cinco años.

Allí he dejado dos amigos, Luiza y Lucélio, volcados en restaurar esas vidas rotas; y a mi querida Larissa, un ejemplo para las niñas acogidas en el Hogar, por donde ella pasó hace años y que, con su experiencia, les habla de esperanza y de un futuro mejor.

El mejor modo de equilibrar la denuncia de la realidad con la esperanza de la gente son los testimonios de los protagonistas. Ellos dan el equilibrio. Sus historias, que buscamos o nos encontramos, harán llegar esa realidad tan dura que grabamos; pero, al mismo tiempo, también van a transmitir al espectador la esperanza.

En la Amazonia la gente es feliz con muy poco, basta compartir lo poco que tienen con los demás. ¡Cuánta enseñanza hay en eso! La imagen que me traigo es esa felicidad que los misioneros y misioneras transmiten continuamente en la labor tan dura que hacen, en la esperanza que transmiten a un pueblo tan necesitado de ella. Si tuviera que resumirlo en tres palabras, diría que son dignidad, comunidad y felicidad.

Ya en el Hogar Santa Mónica, tuve una experiencia personal que me ha llegado mucho al corazón: me lo dejaron lleno de “abrazos de avión”.

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