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“Creo que la Provincia desea pasar de una lógica de mantenimiento a una lógica de discernimiento y de proyección”

El agustino recoleto Gustavo Camarena (Arandas, Jalisco, México, 1986) ha sido el coordinador de la Comisión Precapitular nombrada para la preparación del 129º Capítulo de la Provincia de San Nicolás de Tolentino, que comienza el próximo lunes.
Gustavo Camarena, OAR.

¿Cómo has vivido tu participación en la coordinación de la Comisión Precapitular?

Lo que más destacaría ha sido constatar, por un lado, la dificultad real para implicarnos todos en procesos comunes, y por otro, la riqueza que emerge cuando sí se generan espacios de reflexión compartida.

No ha sido fácil animar a la participación. Allí donde se han aprovechado momentos de reflexión personal y comunitaria se generó una reflexión más serena, más sincera y comunitaria. Pero es innegable que también se percibe en algunos casos cansancio, dispersión o, directamente, desinterés.

Creo que no basta con ofrecer medios o estructuras; es necesario provocar procesos, acompañarlos y cuidar los espacios donde todos puedan expresarse con libertad y, principalmente, escucharnos.

Cuando esto sucede, aparece una profundidad que podría no percibirse en el día a día. Ahora comienza el trabajo de los capitulares. Considero importante que en el aula capitular se abran espacios de escucha en el Espíritu, para responder a lo que Dios nos llama como Provincia.

La Comisión preparó un retiro, un cuestionario y un formulario de presentación y posterior adhesión a propuestas personales o grupales. ¿Ganaron la atención de los destinatarios?

Todos fueron instrumentos para motivar la reflexión, pero creo que se podrían haber aprovechado mejor. La implicación ha sido limitada en términos cuantitativos: así, solo una pequeña parte han participado activamente en la formulación de propuestas y en la adhesión posterior a ellas. Esto no se puede ignorar y nos interpela directamente.

Sin embargo, cualitativamente, sí percibo una preocupación real por la vida de la Provincia. Las propuestas presentadas son numerosas, variadas y, en muchos casos, muy lúcidas. Reflejan inquietudes profundas: la pastoral vocacional, el riesgo del acomodo, la necesidad de reestructuración y el deseo de revitalizar el carisma.

Este es el matiz: frente al desinterés y desánimo, hay quienes no quieren ser indiferentes. Hay una conciencia, a veces silenciosa, de que necesitamos dar pasos nuevos y arriesgados. Creo que debemos escuchar a esa parte silencia y descubrir el sentir verdadero y las razones de quienes deciden no participar en estos procesos.

¿Qué has visto y sentido ante las propuestas y sugerencias al Capítulo?

Uno de los descubrimientos más significativos ha sido la convergencia en temas clave, a pesar de la diversidad de enfoques.

Son comunes las urgencias que se señalan: una pastoral vocacional más estructurada y transversal; fortalecer la vida fraterna; la preocupación por los mayores, las nuevas vocaciones y la formación inicial; la llamada a una reorganización valiente; y el deseo de volver al núcleo del carisma.

También ha sido revelador constatar que muchas propuestas nacen de experiencias personales: a veces del propio cansancio, frustración, desacuerdos o búsquedas; otras tienen con carácter más estructural y de futuro.

Esta combinación nos ayuda a entender que no solo se trata solo de buscar ajustes organizativos, sino de un cambio de mentalidad como Provincia y de una renovación interior. Creo que la Provincia desea pasar de una lógica de mantenimiento a una lógica de discernimiento y de proyección.

¿Qué le dirías a quienes siguen dudando a la hora de implicarse en un proceso capitular?

Le diría que un Capítulo no es un proceso externo o añadido, sino que tiene que ver directamente con su vocación y su vida real. No participar es dejar que otros decidan por uno mismo; e implicarse, aunque sea de manera sencilla, es ser corresponsable, es cuidar de sí y de los hermanos y aportar la propia experiencia al bien común.

Un Capítulo no va de estructuras o decisiones: nos construye como comunidad. Nos obliga a escucharnos, a salir de lo inmediato, a abrirnos al futuro con esperanza. Más que una obligación, es una oportunidad.

Es la oportunidad de sentirse parte viva de un cuerpo, de una historia y de una misión que va mucho más allá que cada uno personalmente, pero en la que todos tenemos algo único que aportar.

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