La Misión de Lábrea (Amazonas, Brasil) representó toda una novedad para la Familia Agustino-Recoleta. Cuando llegaron a la Amazonia hace 100 años, los misioneros recoletos solo llevaban un cuarto de siglo en Brasil, en el centro y sur del país.
Llevaban consigo una larga tradición misionera, especialmente forjada en Filipinas, donde se relacionaron con el mundo indígena y con el clima tropical, planificaron ciudades y construyeron conventos, templos, escuelas, fincas agrícolas, presas y caminos.
Esa experiencia les fue muy útil al llegar, al inicio del siglo XX, a Panamá, Venezuela y Brasil. Pero en la Amazonia los nuevos condicionantes exigieron soluciones creativas y una buena dosis de ensayo-error.
La Prelatura de Lábrea es inmensa: unos 600 kilómetros de este a oeste y 400 de norte a sur, una extensión de 228.476 km2. En 1926 tenía 35.000 habitantes (hoy son tres veces más) y un número incalculado de indígenas. Lábrea, la villa mayor, tenía 400 (hoy, 35.000).
El río Purús es la espina dorsal y única vía que une los cuatro municipios (Pauiní, Lábrea, Canutama y Tapauá). Hay que navegar 3.000 km. por su sinuoso caudal para conectar los cuatro municipios.
Salvo en el caso de los indígenas, no era tierra de primera evangelización, pero dos condicionantes hicieron de Lábrea un lugar único respecto a las misiones anteriores de los Recoletos: la realidad social y la influencia protestante.
Los habitantes no indígenas del Purús llegaron allí huyendo de la miseria, sequías y hambrunas del nordeste brasileño. Dos grandes levas de millares de hombres jóvenes buscaron riqueza rápida en el caucho, primero entre 1879 y 1912, en la Revolución Industrial, y luego entre 1942 y 1945, durante la II Guerra Mundial.
Con el caucho unos pocos se hacían muy ricos a costa de una multitud de explotados controlados mediante la violencia. Se retiraba a los indígenas con métodos genocidas. La violencia dominó las relaciones sociales, laborales y afectivas. Los hombres llegados de fuera tomaron a las mujeres y surgieron los caboclos, mestizos de blancos nordestinos e indígenas amazónicos.
Los Recoletos llegaron a Lábrea en el momento de mayor decadencia local. El caucho había perdido su precio cuando el Imperio británico robó plantones en la Amazonia y diseminó el sudeste asiático de nuevas explotaciones y, después, con la producción industrial del caucho sintético. Aquellos caboclos fueron abandonados a su suerte.
Los Recoletos se toparon en 1926 con la miseria más absoluta, niños sin escolarizar, hambre, explotación en masa, violencia. La estructura humana de las parroquias y los mismos templos están en ruina.
El segundo condicionante eran las sectas neopentecostales, mayoritarias en Tapauá o en el río Passiá, con un único elemento común entre ellas, la confrontación con los católicos.
Pese a esta realidad, el peor reto para los Recoletos no era externo, sino interno. La falta de misioneros y recursos nunca fue enteramente satisfecha por los superiores y produjo dos graves crisis (1926-1930 y 1968-1971) que, por muy poco, no dieron al traste con la misión.
Hasta 1971 hubo solo entre dos y seis misioneros realmente activos en esa inmensa Prelatura. Lábrea fue la única comunidad recoleta de 1926 a 1942; ese año, un solo fraile se establece en Canutama; en 1949 llegan a Pauiní y en 1965 a Tapauá.
Para llegar a los fieles, los misioneros inventan las “desobrigas” o “desobligación”: la llegada del sacerdote un día al año permite cumplir con las obligaciones religiosas: la gente se casa, comulga, bautiza y confirma a sus hijos. Durante meses de navegación los misioneros salen, la mayor parte de las veces solos, a encontrarse con su pueblo.
A partir de 1972 los Agustinos Recoletos se tomaron más en serio la gestión de la misión, ampliando el número de misioneros y medios. Además, el Concilio Vaticano II y los documentos del episcopado latinoamericano (CELAM) cambian sustancialmente las formas de ser y hacer en la misión.
Los misioneros lanzan a los laicos a primera línea de la evangelización con la adopción de las Comunidades Eclesiales de Base. Cada comunidad (el barrio en la ciudad o la villa ribereña o indígena) celebra de modo autónomo su fe, dialoga, crea redes solidarias, presiona y exige a los políticos.
Los laicos gestionan y coordinan la liturgia, la catequesis, la atención a niños, adolescentes y ancianos, a las madres y gestantes, a los enfermos, a los indígenas y ribereños. Surgen sindicatos y asociaciones.
La configuración poblacional cambia. En el siglo XXI son más los habitantes urbanos de las sedes de los municipios que los rurales por las pequeñas comunidades ribereñas, en un porcentaje de 70/30.
El rostro actual de la misión amazónica es distinto al que encontraron los Recoletos hace 100 años. Es un rostro femenino: las mujeres son fundamento de actividad eclesial. Los fieles son más conscientes de sus derechos, denuncian las injusticias, viven más conectados.
Los misioneros se hacen más presentes en las comunidades rurales gracias a que hay mejores embarcaciones y a que cuentan con más medios y con muchos colaboradores locales.
La Amazonia es un lugar teológico para los católicos. Con la enorme fuerza de un Sínodo propio y la primera encíclica sobre la región, la Iglesia es actor clave y global por su defensa de la Ecología Integral y de la Casa Común.
La Iglesia está en la vanguardia de la creación de áreas de conservación para los ribereños y tierras demarcadas para los indígenas. Antes enemigos, ahora juntos defienden el patrimonio ecológico del bioma amazónico frente a quienes lo destruyen por avaricia bajo la premisa única del lucro.
Los Agustinos Recoletos han contado los últimos 50 años con la colaboración de otras Congregaciones y Asociaciones. Por épocas y/o etapas han trabajado o trabajan en la Prelatura de Lábrea las Misioneras Agustinas Recoletas, los Maristas, las Misioneras de Jesús Crucificado, las Oblatas de la Asunción, las Misioneras Marianas, los Frailes Menores Misioneros, las Franciscanas del Apostolado Parroquial, las comunidades laicales Epifanía y Misión Rescate, y las Diócesis de Vitoria (Espírito Santo), Ponta Grossa (Paraná), Crato (Ceará) y Campina Grande (Paraíba).












