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Día del teléfono móvil: ¿Puede afectar al carisma y la espiritualidad de la vida comunitaria?

El próximo viernes 3 de abril se celebra viernes santo, pero es también en todo el mundo el señalado como “Día del móvil”. Los celulares han llegado para quedarse en la vida cotidiana de todas las personas: también de los consagrados y en sus comunidades.
3 de abril, día del móvil.

Tanto el software de los móviles como las redes sociales se diseñan para captar y retener la atención del usuario y crear hábitos cercanos a la adicción. La sociedad dirige esta preocupación hacia los menores y las personas vulnerables, pero también ha llegado a las comunidades religiosas.

Las relaciones virtuales fragmentan la interioridad, debilitan la vida fraterna (que es, ante todo, presencial), y empobrecen la misión (que tiene un evidente componente presencial, aunque pueda iniciarse “en modo virtual”).

El mundo virtual prima sistemas de recompensa intermitente, similares a los de las máquinas tragaperras, que generan placer y dependencia. El resultado es una atención fragmentada, una dificultad creciente para el silencio, la espera y la profundidad.

Desde esta perspectiva, el móvil puede “hackear” el cerebro y producir un efecto acumulativo: la incapacidad de sostener una presencia consciente y unificada.

¿Cómo leer este fenómeno desde el carisma agustino-recoleto? San Agustín, muchos siglos antes de la neurociencia, identificó con lucidez este mismo problema cuando escribió: “No salgas fuera; vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad” (De vera religione, 39,72).

La vida religiosa agustino-recoleta nace de esta convicción: sin interioridad no hay verdad, sin verdad no hay libertad. Si el móvil coloniza el tiempo y la atención, se erosiona el recogimiento, la oración, la escucha de Dios, vencen los ruidos.

La Familia Agustino-Recoleta dice en sus textos carismáticos y espirituales que la oración es fuente de unidad de vida. Con la atención dispersa, la oración puede convertirse en un acto formal, sin hondura ni continuidad, un acto más entre otros.

Otro factor de máximo riesgo es la sustitución de las relaciones reales por virtuales. En la vida religiosa, la fraternidad solo se construye en “modo real”. San Agustín recuerda el corazón de esta forma vida: “Ante todo, vivid unánimes en la casa y tened una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios” (Regla, 1,2). La comunidad religiosa es un lugar teológico donde Dios se manifiesta y habla, pero un lugar real, tangible, visible.

La vida comunitaria comparte espacios, presencia, atención, silencios, ocio. En este ambiente real, el móvil es una forma sutil de ausencia: cuerpos presentes, mentes ausentes. Con los ojos en la pantalla no hay conversación espontánea, escucha paciente o conversaciones de calidad.

Es evidente que la evangelización y el servicio pastoral tienen sitio en el mundo virtual. Pero las herramientas del apostolado no pueden ser un fin y absorber energías, tiempo y atención de forma desproporcionada.

La necesidad de estímulos rápidos constantes reduce la tolerancia a la frustración y puede derivar en cansancio precoz, pérdida de profundidad. El apostolado virtual permite un primer enganche y estímulo, pero ha de seguirle un apostolado real que derive en un verdadero acompañamiento personal.

Una misión fecunda brota de un corazón unificado, no disperso. Para la Familia Agustino-Recoleta la misión, hacer pastoral, es una prolongación natural de la vida contemplativa y fraterna. Primero Cristo te conquista: después quieres que Cristo esté en la vida de todos. El misionero no es un gestor de tareas, es un compañero de camino que presenta con su testimonio una ruta de felicidad. Esto no se puede hacer solo con un móvil.

También están los espacios de descanso. Cuando el móvil entra en ellos, disminuyen las horas de sueño, de silencio, de paz, de desconexión. Y la persona se cansa, se irrita, pierde la frescura y gana en desidia y/o en ansiedad.

Por último, no puede ser un testigo creíble quien vive en el desaforo y el mundo enfadado o maniqueo del enfrentamiento constante. Esa palabra que hoy llena tertulias, la polarización, tiene en el binomio digital buena parte de su motivación. Y no cabe en la vida fraterna comunitaria.

No estamos ante un asunto tecnológico sino espiritual y antropológico. El problema no es el móvil, sino saber usarlo y saber dejarlo, que sea un instrumento y nunca un fin. La vida consagrada cuenta desde sus inicios con un arma, cuya palabra puede causar miedo por desconocimiento o prejuicios: ascesis.

Se trata, tan solo, de ser honesto con uno mismo: ¿qué importancia y lugar le doy al móvil? ¿Invade mi vida? ¿Cuántas horas tengo mis ojos en la pantalla? ¿Me acerca o me aleja de los que viven a mi lado?

Decía san Agustín que la libertad no consiste en hacer lo que queramos, sino en querer lo que nos humaniza. ¿Llegó el momento de establecer criterios comunitarios para el uso de esta herramienta, de cuidar determinados tiempos y espacios, de educarnos mutuamente en un uso más consciente y evangélico, de usar las propias herramientas del móvil para cuantificar cuándo y cómo lo usamos y aplicar criterios y discernimiento?

“El corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confesiones, I,1). Ningún dispositivo, por sofisticado que sea, puede ofrecer ese descanso.

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