Creo que el Hogar Santa Mónica es muy necesario, es un proyecto que requiere de gran intensidad en tu servicio y entrega. Ni el pasado ni las decisiones de futuro de las beneficiarias están en tu mano, pero sí su presente. En esa presencia hay que dar lo mejor de una misma, inspirar y dar esperanza para que ellas crean que, de verdad, la vida puede ser diferente, que alguien puede amarlas de buena manera.
Cada persona solo puede dar hasta donde llega, y la base es nuestra propia experiencia de vida. En el Hogar sentía que me pedían el 100% de mí, no hacer cosas en un horario concreto sino vivir y completar todo un día junto a ellas. Allí todo puede cambiar en un instante, hay que estar alerta y pendiente de cómo actúan, de cómo tratarlas. En definitiva, hay que estar muy presentes todo el tiempo para las beneficiarias.
En el Hogar cada uno tiene un papel con el objetivo de llegar a todos los ámbitos de la vida de cada beneficiaria. Las madres sociales trabajan con el cariño de una madre en la convivencia en las casas-hogar, las Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús atienden la salud y dan a conocer a Dios sin imponerlo, en una misión evangelizadora…
También está el necesario orden y limpieza, el acompañamiento psicológico, el refuerzo escolar, la continua resolución de conflictos, llevar y traer a las beneficiarias a cada cita (escuela, servicios sanitarios…), organizar y gestionar las visitas de familiares… En definitiva, se trabaja en todos los aspectos vitales, se acompaña en cada etapa con un trato personalizado que muestre la importancia y el porqué de cada acción y decisión.
Buscamos transformar sus vidas con una nueva luz de esperanza para que puedan optar y crear un futuro mejor, que vuelvan a soñar y que les demos todas las herramientas para aprender algo nuevo.
El mayor desafío ha sido entender cómo se trabaja con el menor en Brasil, en instituciones que tienen un carisma propio. Es un desafío saber posicionarse con empatía en la vida de las beneficiarias, entenderlas y guiar sus actitudes y comportamientos.
Hay que conocer de dónde nace esa agresividad, esa desconfianza, esa desgana casi general hacia casi todo para, solo así, transformarlo poco a poco. Por eso es un servicio total y permanente, desde las muestras de cariño y la complicidad. Ellas, desde el primer día, consiguen quieras permanecer allí, darles lo mejor, alegrarte y que tu entrega no dependa del tiempo o de la situación, sino de tu voluntad.
Las actividades se preparaban según el clima, exteriores o interiores: psicomotricidad, música y danza, juegos, junto con otras más tranquilas o de concentración como hacer llaveros o pulseras, diseñar estuches personalizados para la escuela…
Queríamos saber qué piensan y sienten. Por ejemplo, a la pregunta sobre cómo es vivir en el Hogar, una decía que allí se siente “querida y feliz”, otra que “no me siento sola”, o “es vivir con amigas y jugar y celebrar mucho”. Dan gran valor a las actividades, a aprender cosas nuevas o a compartir los juegos y la vida más cotidiana.
Sobre las voluntarias, una dijo que “hay que amarlas, de ellas se pueden aprender muchas cosas”, o “nos ayudan cuando estamos tristes”, o “nos hacen sentir importantes”, o “compartir con ellas la comida nos une y nos gusta”, o “aprendemos cosas en español y hacemos muchas cosas nuevas, manualidades, bailes. Resumía otra: “son muy buenas porque nos enseñan cosas, aunque a veces tengamos conflictos entre nosotras, pero ellas son siempre muy cariñosas”.
Nos decían que les gustaría que nos quedáramos más tiempo, “para siempre” y, de hecho, nos preguntaban constantemente sobre nuestra partida. Era una forma de hacernos sentir valiosas, en medio de lo que viven en nosotras encontraban cariño y esperanza.
















