Este año, en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en La Junta (Chihuahua, México) tuvimos un bautismo de 23 neófitos. Lo excepcional no fue la administración del sacramento, común en toda parroquia, sino quiénes fueron bautizados: bebés, niños y muchachos de la etnia rarámuri o tarahumara. Al final de la ceremonia, agradecieron a Dios en su lengua nativa antes de hacer su danza tradicional:
— “Kuira, nígame támuje onorá” (Hola, yo soy hijo de nuestro Padre)
Este bautismo estaba programado para el 26 de julio del año pasado, pero como coincidió con la época de poda de los manzanos, hubo que retrasarlo un año. Para ellos no cuenta el tiempo, las agendas o los programas: manda el ritmo de la vida y de la naturaleza. Así, se cumple el dicho: “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.
La Junta es la puerta de entrada a la Sierra Tarahumara, y es habitual ver caminar por sus calles a familias enteras de tarahumaras, numerosas, con los pequeños a la espalda, envueltos con telas. Las mujeres usan faldas amplias y coloridas de algodón y blusas sueltas. Los hombres se han occidentalizado más, pero suelen cubrirse la cara con pañuelos y la cabeza con gorra, solo los ojos al descubierto. Ellos y ellas usan huaraches (sandalias) y bandas de tela en la cabeza.
Es un pueblo muy trabajador, aunque se han extendido entre ellos dependencias químicas como el alcohol o el pegamento. Proclives al catolicismo, mezclan lo cristiano con sus creencias ancestrales y su profunda conexión con la naturaleza. Su fiesta más importante es la Semana Santa, celebran la vida y la renovación. Dios es Onóruame, y hacen danzas sagradas para agradecer las cosechas, pedir la lluvia o curar a los enfermos.
Una de estas danzas son los matachines, que han pasado a la cultura popular mexicana en las fiestas patronales. Bailan durante toda la noche ante el patrón con vestidos de colores, con representaciones de la Virgen de Guadalupe, con penachos y maracas que marcan el ritmo de su peculiar música. Aguantan toda la noche tomando “tesgüino”, una bebida fermentada de maíz.
En la Iglesia mexicana existe la Diócesis de la Tarahumara, donde se les brinda una atención más especializada. Por eso fueron novedad en La Junta estos bautizos. Los 23 candidatos consiguieron, no sin dificultad, sus documentos, dada su vida itinerante.
El sábado anterior organizamos la plática de preparación con la duda de si esta vez iban a asistir; finalmente conseguimos dar la catequesis a papás y padrinos. Todas las mamás asistieron; papás, faltaron muchos; es algo que también forma parte de su cultura.
Una vez que ha había 23 nuevos hijos de Dios rarámuris, los pobres y los preferidos de Papá Dios, como son un pueblo muy comunitario, todos juntos compartimos los alimentos: frijoles molidos, chile colorado, chicharrones y refrescos.
El siguiente será el sacramento de la Eucaristía, que ya han solicitado. Ojalá sea un renacer espiritual de este pueblo marginado, y un reto para esta Parroquia, que nos hace volver la mirada a este pueblo hermano que vive y camina con nosotros.
Los rarámuri son el pueblo indígena más numeroso de Chihuahua, con parte de su población en Sonora y Durango. Son entre 120.000 y 130.000, y 2/3 conservan su lengua, de la familia lingüística yuto-azteca.
El significado más difundido de su nombre es «los de los pies ligeros» o «los corredores a pie«, aunque algunos señalan que el término también puede entenderse simplemente como «la gente» o «las personas«.
Sus antepasados llegaron al norte de México hace miles de años, entre las migraciones que poblaron América. Antes de la llegada de los españoles vivían en comunidades dispersas, practicando agricultura, caza y recolección. El contacto con los no indígenas comenzó a principios del siglo XVII, con los misioneros jesuitas.
La colonización y la explotación minera los empujaron a refugiarse en las zonas más abruptas de la Sierra Tarahumara, lo que contribuyó a preservar su cultura y lengua. Su organización comunitaria mantiene autoridades tradicionales, como el siríame (gobernador tradicional), que coordina la vida de la comunidad.
Se hicieron mundialmente famosos por correr ultramaratones con huaraches y sin entrenamiento deportivo moderno. Para ellos correr ha sido históricamente un medio de transporte, comunicación y diversión comunitaria.
Conservan una identidad cultural muy fuerte, pero afrontan enormes desafíos: pobreza y aislamiento geográfico; acceso limitado a sanidad y educación; conflictos por la tierra y los recursos naturales; migración urbana; y presencia del crimen organizado.
Son uno de los pueblos indígenas mejor conservados de Norteamérica y un símbolo de la riqueza cultural de México y de la extraordinaria adaptación humana a entornos montañosos y exigentes. Suelen habitar en lugares de acceso muy difícil. Para llegar hasta sus ranchos de madera y adobe hay que ir por estrechos caminos de terracería, con zonas de piedra irregular, y atravesar arroyos sin puentes.
Sus asentamientos están en tierras pobres donde sólo se puede sembrar avena y, si llueve —son frecuentes las sequías—, maíz, frijol y papas (patata). En lo único que es rica su tierra es en su belleza escénica y en madera, sobre todo coníferas. Es muy común encontrarse por su zona con “bolilleras”, camiones que transportan los “bolillos”, o sea, la madera de pinos ya cortada con una misma medida y grosor.
Debido a lo remoto de sus espacios vitales, los narcos (que ellos apodan como “los chicos malos”) suelen utilizar los asentamientos rarámuri para sembrar marihuana, y los obligan a salir forzosamente. La pobreza de esas tierras, la presencia de la delincuencia organizada y su nomadismo les hace salir en busca de trabajo buena parte del año, que encuentran en la agricultura extensiva de la zona.
Durante el deshaije —la poda del manzano—, echan la leña en bidones y la prenden para elevar la temperatura ambiente y evitar que los árboles se hielen. A la recolección de las manzanas se le llama la pisca. También suelen participar en la recogida de las papas.
Cuando están fuera de sus aldeas como peones agrícolas, viven en albergues públicos. Aunque la mayoría después regresan a sus aldeas, algunos ya se han establecido en La Junta, habida cuenta de que les cuesta integrarse con el resto de la población. Este es el mismo motivo por el que llegaron a pedir esta ceremonia de bautismos propia.

























