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“Aquellos días los misioneros católicos en Sierra Leona se enfrentaron a una difícil decisión: esconderse o huir”

El misionero Raúl Buhay (San Miguel, Surigao del Sur, Filipinas, 1962) fue miembro de la comunidad fundadora recoleta en Sierra Leona. Hoy dirige el campus Malamban de la Universidad San José Recoletos de Cebú (Filipinas). Fue uno de los protagonistas de uno de los hitos históricos que recordamos en este Año Misionero Agustino Recoleto.
Primera comunidad de los Agustinos Recoletos en Sierra Leona.

Cuando apenas llevábamos cinco meses en la misión de Kamabai (Condado de Biriwa, Provincia Norte, Sierra Leona) comenzó la guerra civil con un golpe de estado. La violencia se intensificó paulatinamente hasta diciembre de 1998, cuando todo se quebró.

El golpe de Estado de mayo de 1997 había instaurado un gobierno de coalición de militares golpistas y rebeldes. Los primeros no imaginaron que los rebeldes eran tantos, mucho más numerosos, mejor armados, los superaban en número. Así, los militares se convirtieron en una mera figura decorativa, mientras que los rebeldes se hicieron con los Ministerios de Defensa, Minería y Educación, departamento este dirigido por un rebelde que solo había estudiado hasta segundo año de Primaria.

Sierra Leona sufrió un embargo internacional, y el resto de las naciones africanas, deseosas de que los golpes de estado no dañasen la imagen de todo el continente, crearon una fuerza internacional, el ECOMOG, para atacar al nuevo gobierno ilegítimo golpista y expulsarlo de la capital.

Las fuerzas rebeldes respondieron con una operación que llamaron “Págate a ti mismo”. A esta campaña le siguieron otras, más crueles según perdían territorio: “Operación Ninguna Virgen” y, cuando aumentó su desesperación, “Operación Ningún Ser Vivo”. Su crueldad y violencia llenaron los noticiarios de todo el mundo.

Tres de los agustinos recoletos en Sierra Leona (Manuel Lipardo, Patrick Diviny y Luis Antonio Fernández Aguado) huyeron justo antes de la Misa del Gallo de Navidad de 1998. Los acontecimientos se precipitaron cuando los Javerianos de Bínkolo llegaron a la misión recoleta en Kamabai. Los rebeldes habían incendiado su iglesia y su casa. Recomendaron a los tres recoletos que los acompañasen ya, sin esperas, hacia Kamakwie para intentar cruzar la frontera con Guinea Conackry.

El 13 de febrero de 1998, tras dos días de bombardeo de la ECOMOG, los rebeldes se hicieron presentes en donde nos encontrábamos el resto de los recoletos. Según llegaban a nuevos lugares, confiscaban los vehículos y saqueaban residencias y negocios. Yo me encontraba con las Misioneras de la Caridad.

Los rebeldes nos visitaron varias veces. Una noche, un grupo muy violento nos obligó a formar una fila a las ocho hermanas y a mí. El líder nos dijo que nos llevarían al monte, pero la superiora, Rosemarie, se negó. Transmití al líder: “Podéis dispararnos aquí, pero no iremos con vosotros”. La mayoría de los rebeldes, que aún eran niños, heridos, con vendajes en la frente y drogados, pidieron a su jefe: “¡Vámonos, déjalos!”. Y finalmente no nos llevaron.

Fueron días de experiencias muy reveladoras. En cierta ocasión tuvimos que pasar la noche escondidos en una misma habitación y varias hermanas iban constantemente al baño a vomitar, a causa del miedo y de la intensa aprensión que sufríamos todos.

Pensé en irnos con un camión que los rebeldes habían olvidado, pero cuando pregunté a las hermanas si podían ponerse ropa de calle y cambiarse su hábito, muy conocido, popularizado por Teresa de Calcuta, un sari blanco y azul, respondieron: “Preferimos morir, si ese es el caso”.

Aquellos días todos los misioneros católicos tuvieron que tomar difíciles decisiones. Los Javieranos, las Misioneras de la Caridad y yo nos quedamos, mientras que los Josefinos, los Hermanos Cristianos, el clero local y los seminaristas huyeron a las montañas. Algunos de estos regresaron, porque no había comida en ningún sitio y toda la zona rural estaba abandonada.

La única opción de quienes nos quedamos era escondernos en el Centro pastoral, más aislado. Temprano por la mañana, caminamos por la parte trasera de las casas para llegar a la carretera principal. Allí nos unimos a toda una fila de refugiados de todas las edades que marchaban fuera del pueblo con sus pertenencias.

En el gran salón del Centro pastoral nos instalamos 78 personas. Era necesario proveer comida. Yo guardaba algo de dinero enterrado y de vez en cuando usaba parte para comprar arroz. Todas las tiendas estaban en manos de los rebeldes y enviábamos a los niños a comprar pequeñas cantidades hasta que lográbamos acumular lo suficiente.

Conseguimos sobrevivir dos semanas hasta nuestra liberación, el 2 de marzo. Conventos, escuelas, iglesias, hospitales y centros de pastoral quedaron abandonados, en ruinas o calcinados. El regreso gradual de los misioneros tuvo lugar a partir de 2002.

Respecto al resto de la comunidad agustino-recoleta de Kamabai, algunos huyeron ya desde la primera noche de ataque de los rebeldes, intentando esconderse sin alejarse demasiado de la misión. La primera noche la pasaron en una aldea cercana, Kassasi. Allí, como el agustino recoleto Santiago Marcilla no conseguía conciliar el sueño, buscó consuelo en la pequeña capilla. Un rebelde a punta de fusil AK-47 le despertó pero, al ver que no tenía nada de valor, se marchó y lo dejó en paz.

Desde Kassassi tomaron rumbo a Bumbuna, una presa que contaba con un grupo de defensa privado italiano. Tres hombres de Kamabai (Medo, Labor y Samuel) acompañaban y guiaban a nuestros frailes. Por fin el 5 de marzo fueron evacuados, alguno muy enfermo.

Medo, musulmán, era uno de los colaboradores más cercanos de la misión católica. Durante todo ese tiempo no cejó en su empeño de proporcionar alimentos a los religiosos recoletos mediante la caza, estuvo a la entera disposición de los frailes y supo mantenerlos lo más lejos posible del peligro, negociando y tratando con cuantos se encontraban en la huida. Su papel fue crucial para que, al final, todos los religiosos recoletos sobreviviesen aquella época y circunstancia.

Otro recoleto, José Luis Garayoa, se encontraba enfermo, ingresado en el Hospital de los Hermanos de San Juan de Dios en Mabesseneh, junto a Lunsar. Allí fue secuestrado en febrero de 1998 por el Frente Revolucionario Unido (RUF) junto a otros dos hermanos de la comunidad del Hospital, Fernando Aguiló y Vicente Mateu. Fueron retenidos durante varias semanas en condiciones precarias, siempre al filo de la muerte, antes de ser liberados en marzo.

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