La oración de intercesión atraviesa toda la Sagrada Escritura y sigue transformando vidas hoy. Un misionero, un laico y una monja contemplativa comparten cómo han experimentado la fuerza de saberse sostenidos por la oración de otros y cómo esa experiencia les ha llevado también a rezar por los demás.
La oración forma parte de la vida de todo cristiano. Rezamos para dar gracias, pedir perdón, alabar a Dios, presentar nuestras necesidades o interceder por los demás. Desde Moisés rogando por el pueblo en el desierto (Nm 21), pasando por el centurión que suplica por su criado (Mt 8), Marta y María pidiendo por Lázaro (Jn 11) o la Iglesia reunida orando por Pedro en la cárcel (Hch 12), la Biblia presenta la intercesión como una expresión del amor. Dios quiere contar con la oración de su pueblo para derramar su gracia sobre otros.
A menudo acudimos a Dios con intensidad cuando llega la dificultad. Es una oración sincera, nacida de la necesidad. Pero la fe también nos invita a descubrir su presencia en tantos dones cotidianos que recibimos sin apenas detenernos a contemplarlos. Solo un corazón agradecido aprende a reconocer que todo bien tiene su origen en Él.
Esto lo ha vivido en primera persona fray Javier Hernández, en sus años sirviendo como misionero en el Amazonas. Javier vivió con asombro y alegría la consecuencia de la oración de muchos desde otros lugares. Afirma que, ante los problemas materiales y pastorales propios del lugar, se encontraban con la providencia. Las dificultades se solucionaban de forma admirable y rápida, y los frailes miraban al cielo agradeciendo al Padre, con la certeza en el corazón de que las bendiciones que experimentaban eran don suyo, en respuesta a la plegaria de sus hermanos desde otras parroquias de la orden.
Y probablemente las personas que oraron por las misiones, por los misioneros y por las necesidades concretas de la comunidad de fray Javier no fueron nunca conscientes del impacto. Quizá nunca supieron que aquella oración coincidió con una ayuda inesperada, una dificultad resuelta o una comunidad fortalecida. Pero Javier sí lo recuerda. Y, mirando atrás, reconoce la huella de tantas personas que sostuvieron la misión sin haber pisado nunca el Amazonas. En cada don, hubo un corazón agradecido, aliviado y confortado, que miró al cielo y vió el rostro de su Padre.
Vida sostenida por el amor
Sin embargo, no es necesario viajar tan lejos para experimentar la fuerza de la oración. Desde la oficina de ARCORES Internacional en Madrid, Eduardo Antonio Sogliani González, Técnico de Administración y Fundraising, nos demuestra cómo hasta el testimonio más sencillo lleva la huella de quien ha rezado por él. Este joven ha experimentado con claridad la luz en su vida consecuencia de la oración de quienes le aman. Su testimonio nos ilustra un don especial de la oración: hace presente el amor.
La intercesión no solo pide cosas a Dios. También comunica algo profundamente humano: «alguien piensa en mí».
Para Eduardo, saber que otras personas rezan por él no solo le llena de esperanza; le recuerda que es amado. Y ese amor recibido termina convirtiéndose en amor entregado. Quien experimenta la fuerza de ser sostenido acaba sintiendo el deseo de sostener también a otros con su oración. Es por ello que en el diálogo con el Amado el amor se hace presente y se multiplica. Nos da fuerzas para seguir, para encomendar y para amar de forma pura y sincera.
Consagrar la vida a la oración
Por último, nos movemos a un convento de clausura en el corazón de Granada. Allí encontramos un testimonio radical de lo que el amor en la oración puede significar en la vida de una mujer. Mientras muchos dedican unos minutos al día a rezar por quienes aman, hay personas que hacen de esa intercesión toda una vocación. Sor Alicia, Agustina Recoleta del convento de Granada, decidió consagrar su vida a orar por los demás. Para ella se trata de una fuerza que te impulsa a cambiar la mirada, que sostiene, conforta y acompaña. Para ella, interceder por los demás es parte del corazón de su vocación. Cree que rezar por los demás le ayuda también a ella, moldeando su corazón para amar más y acercar su corazón al de aquellos que pasan cualquier tipo de necesidad. Rezar por otros implica salir de uno mismo, y eso nos lleva al encuentro con Dios que habita en el otro.
«La oración hecha con fe y humildad, con corazón puro transforma como la gota que va cayendo poco a poco, pero con constancia y va perforando la piedra. Así la oración es bálsamo para las heridas, cercanía donde hay distancia, paz donde hay dolor. La oración sana.»
Sor Alicia, Agustina Recoleta
Y si esto es verdad… ¿a qué me mueve?
Si la oración puede sostener a un misionero en la selva, hacer presente el amor en la vida de un laico y convertirse en la misión de una contemplativa, entonces merece la pena preguntarnos: ¿por quién quiere Dios que rece hoy?
En los próximos meses diez frailes Agustinos Recoletos recibirán la ordenación sacerdotal. Están a punto de pronunciar un «sí» que marcará toda su vida. Desde ese día administrarán el Bautismo, reconciliarán en nombre de Cristo en el sacramento de la Penitencia, ungirán a los enfermos, anunciarán el Evangelio y celebrarán la Eucaristía, haciendo presente a Cristo para el pueblo de Dios.
En rezaporunfraile.recoletos.org puedes recibir el nombre de uno de estos futuros sacerdotes y acompañarlo con tu oración en este momento decisivo de su vocación.
Porque tu oración tiene el poder de ser regalo, luz y consuelo para alguien más.



