Capítulo 4: Roma – una vida entera en la Curia

Llegar para quedarse

Hay viajes que no terminan al llegar. Se prolongan en el tiempo hasta confundirse con lapropia vida. El del padre Ángel Martínez Cuesta a Roma, en 1962, fue uno de ellos.

Apenas llevaba once meses en Filipinas cuando recibió la orden de trasladarse. El viaje,largo y denso, lo realizó en un avión de la compañía KLM. Años después lo evocaba con una mezcla de precisión y humor: el zumbido constante de los motores, el olor metálico de la cabina, la sensación de estar atravesando no solo distancias geográficas, sino también una frontera interior.

Al aterrizar en Roma –una ciudad que aún conservaba el aire sobrio de la posguerra– leesperaba un chófer que, sin demasiadas palabras, lo condujo hasta su nuevo destino:Viale dell’Astronomia, número 27, sede de la Curia General. Allí comenzabauna etapa que nadie podía imaginar que se prolongaría durante más de sesenta años.

La sorpresa de un mundo nuevo

Hay detalles aparentemente menores que revelan el impacto de un cambio. El padre Ángel solía recordar uno con especial simpatía. En cada rellano de la escalera del edificio podía leerse primo piano, secondo piano, terzo piano…. Aún sin dominar elitaliano, aquellas palabras le sonaban musicales. Durante un tiempo pensó, divertido,que aquel edificio debía de estar lleno de pianos, como si cada planta fuese uninstrumento distinto.

Era la reacción natural de quien llega a un mundo nuevo. Con el paso de los años,aquella lengua extraña se convertiría en parte de su vida cotidiana. El italiano pasaría aser su segunda lengua. Y Roma, su casa.

Inicialmente fue destinado a la comunidad de Via Sistina 11, al Collegio Internazionale Santo Tommaso da Villanueva, más cercana a la Pontifica Universidad Gregoriana. Perono tardaría en regresar a la Curia General. Allí, entre pasillos silenciosos y despachosllenos de documentos, se desarrollaría la mayor parte de su vida.

Entre papeles y personas

Podría pensarse que su existencia en la Curia se redujo al estudio y la investigación.Pero esa sería una imagen incompleta.

Es cierto que su jornada estuvo marcada por el trabajo intelectual: horas prolongadasentre documentos, libros, notas y proyectos. El Archivo General de la Orden no fue solo su lugar de trabajo, sino un espacio vital, casi una extensión de sí mismo. El olor del papel antiguo, la textura de los legajos, el silencio concentrado… formaban parte de su día a día.

Pero junto a ese mundo, hubo siempre otro: el de las personas.

La capilla de la Curia fue un lugar clave en esa dimensión. Allí, entre la luz filtrada por las vidrieras y el aroma del incienso, ejerció un ministerio constante, discreto, pero profundamente significativo. Escuchaba, orientaba, acompañaba. Sin prisas. Sin protagonismo.

A lo largo de los años fue tejiendo una red de relaciones humanas que iba más allá de lo circunstancial. No eran pocos los casos en los que había celebrado el matrimonio de lospadres, bautizado a sus hijos y, tiempo después, a sus nietos. Su vida quedó asíentrelazada con la historia de muchas familias.

El sacerdote cercano

En sus primeros años en Roma, antes de cumplir los cincuenta, desarrolló también unaintensa labor con los scouts. Participaba en campamentos, caminatas y actividades formativas. No destacaba –según él mismo reconocía– en las tareas más prácticas: montar tiendas o animar las veladas nocturnas. Pero eso no le impedía estar presente.

Había algo más importante que la habilidad: la cercanía. Compartía el esfuerzo, el cansancio, la convivencia. Y desde ahí acompañaba.

Con el paso del tiempo, su actividad pastoral se fue concentrando en el acompañamiento espiritual y en la dirección de la Legión de María, responsabilidad heredada del padre Jenaro Fernández. Una tarea constante, silenciosa, pero de gran alcance, que prolongaba en el tiempo su servicio a la comunidad.

Testigo de una historia viva

Vivir más de seis décadas en un mismo lugar no significa repetir lo mismo. Significa,más bien, ser testigo de una historia en movimiento.

Durante esos años, el padre Ángel conoció a ocho priores generales de la Orden. Decada uno guardaba recuerdos, anécdotas, matices. Su memoria –siempre precisa– le permitía reconstruir escenas con viveza.

Le gustaba evocar, por ejemplo, la ocasión en que, en Lábrea (Brasil), una pequeña avioneta no pudo despegar porque el peso del padre general superaba la capacidad decarga. Lo contaba con humor, como quien sabe que incluso los episodios más simples forman parte de una historia mayor.

Pero no todas las memorias estaban teñidas de ligereza. Algunas tenían un peso distinto.

El recuerdo del padre Jenaro Fernández ocupaba un lugar especial. Fue testigo cercano del accidente que acabaría con su vida. Cuando hablaba de él, su tono cambiaba. Había respeto, emoción, una especie de veneración silenciosa. No era solo un superior o un colega. Era alguien que había dejado en él una huella profunda.

Una presencia que permanece

La vida en la Curia no fue solo una sucesión de tareas. Fue, sobre todo, una forma depresencia.

En ese mismo espacio convivieron otros religiosos que permanecieron durante largos años, desempeñando servicios humildes: cocineros, refitoleros, hermanos que sostenían la vida cotidiana. Nombres como el hermano Emilio o el “Fratello Serafino” forman parte de esa memoria compartida.

Pero, entre todos, el padre Ángel ocupa un lugar singular. Porque su permanencia no fue parcial. Fue total.

La Curia general fue su segundo destino… y el definitivo. Salvo el breve periodo en Via Sistina, no tuvo otro. Allí vivió, trabajó, rezó. Allí transcurrió su vida.

Más allá de los muros

Sin embargo, reducir su existencia a ese espacio sería insuficiente. Porque, aunque arraigado en Roma, el padre Ángel no vivió encerrado.

Desde la Curia, su trabajo lo llevó a recorrer buena parte del mundo donde está presentela Orden. Cursos de formación, conferencias, encuentros con religiosos… su voz y su pensamiento llegaron a comunidades de distintos continentes.

Pero siempre regresaba al mismo lugar. Como si ese punto fijo le permitiera moverse sinperder el centro.

Una vida entretejida

Con el paso del tiempo, su figura se fue integrando en el paisaje cotidiano de la Curia. No como alguien que destaca, sino como alguien que permanece.

Su jornada, marcada por la oración fiel, el trabajo constante y la acogida discreta, fuedejando una huella silenciosa. No buscada, pero real.

Quienes lo han tratado coinciden en subrayar esa combinación de rigor intelectual y sencillez de vida. Un hombre de palabra precisa, con fino sentido del humor y una mirada penetrante sobre la realidad. Un religioso que supo unir estudio y cercanía,disciplina y humanidad.

El peso del tiempo, la fuerza de la fidelidad

Sesenta años en un mismo lugar podrían interpretarse como inmovilidad. En su caso, son todo lo contrario.

Son la expresión de una fidelidad sostenida. De una vocación que no necesitó cambiarde escenario para crecer. De una vida que encontró en la estabilidad no un límite, sinouna forma de profundidad.

Porque, en el fondo, este cuarto episodio no habla solo de Roma. Habla de algo más esencial: de la capacidad de permanecer.

En un mundo marcado por la prisa, el cambio constante y la provisionalidad, la vida del padre Ángel aparece como un signo distinto. No de resistencia estéril, sino de arraigofecundo.

Un viaje que no terminó al llegar. Que, en realidad, no ha dejado de hacerse.

Nacimos en 1588. Seguimos el carisma de san Agustín con el impulso de la Recolección.

«Lo primero por lo que os habéis congregado en la comunidad, es para que habitéis unánimes en la casa, y tengáis una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios».
De la Regla de san Agustín.