Suelo decir que la formación nos transforma poco a poco y que se desarrolla a través de la adquisición de nuevos conocimientos, la experiencia de la vida comunitaria, la vida de oración y saber abrirse para compartir alegrías y desafíos con los hermanos.
En Guaraciaba do Norte (Ceará, Brasil), mi localidad natal, tuve la primera experiencia de vida en comunidad durante el aspirantado. Esta experiencia fue creciendo en compromiso y motivación en los siguientes pasos, como lo fue el estudio de la Filosofía en Franca (São Paulo), ya en el postulantado y prenoviciado.
Fueron muchos los desafíos que tuve que enfrentar; estudiar filosofía era un cambio grande para mí y no fue fácil comprender algunos conceptos y métodos. Gracias a Dios, con dedicación y gran esfuerzo, no solo lo superé, sino que realmente lo que adquirí se ha demostrado importante para mi crecimiento personal y espiritual.
El siguiente paso fue el noviciado. Fue realmente hermoso, además con la experiencia añadida de conocer otra cultura, otro mundo. Poco antes hice un viaje corto a México para aprender español y conocer un poco de las comunidades y ministerios en ese país.
El noviciado fue verdaderamente gratificante, tanto por lo que significó para mi vocación como por lo aprendido en la formación puramente dicha. Y estoy muy agradecido por haber podido crecer y desarrollarme fuera de mi cultura original, es una gran riqueza.
Uno de los aspectos clave del noviciado fue introducirme en la historia de la Recolección, además en una casa de tanta trascendencia para la Familia Agustino-Recoleta como es Monteagudo, un convento que significó la salvaguarda histórica de la Orden y es hoy un centro eminente de espiritualidad.
Me impactó mucho la devoción de los frailes mayores que, tras haber dedicado toda su vida a los demás, ahora están en una etapa, digamos, más tranquila. Su testimonio me animó a continuar adelante con mi propio proceso y compromiso.
El siguiente paso, ya como religioso profeso, fue la Casa de Formación San Agustín de Las Rozas (Madrid, España). Aquí pude profundizar más en nuestra fe y aprendí cómo enfrentarme en el futuro al trabajo pastoral. No quiero obviar los conflictos que, en general, han influido también en mi crecimiento. No existen las comunidades perfectas, ni las personas perfectas: hay dificultades y tristezas junto con alegrías y triunfos. Caminar juntos, ayudándonos unos a otros fue la mejor lección.
El siguiente paso es en el que me encuentro, el año de inserción comunitaria y pastoral. Lo llevo a cabo en la Misión de Lábrea, en el Amazonas brasileño, en la comunidad de Tapauá. Es otra experiencia transformadora. La mentalidad intelectual de los estudios se enfrentan a una realidad dura y diferente social y culturalmente. A pesar de ser brasileño, en el Amazonas he descubierto otro Brasil, bonito y transformador, exigente y que te pone muchos interrogantes en la cabeza.
En los ámbitos espiritual, comunitario y pastoral me siento muy activo en Tapauá. Mis hermanos me dan la oportunidad de trabajar e involucrarme, y esto me anima mucho. Es un mundo por descubrir, que disfruto mucho, especialmente la vida en el ámbito rural, sirviendo a los pueblos ribereños que viven con tanta devoción y dedicación, algo que me conmueve. Me gusta destacar la fe de esa gente, su esperanza.
Al concluir el curso especial de preparación para la profesión solemne que he realizado en Colombia junto a varios de mis connovicios y otros dos religiosos que no conocía previamente por ser filipinos, me he centrado mucho en el tema principal: “Volver a mi primer amor”.
A menudo, las correrías de cada día y las ocupaciones ministeriales nos hacen poner al margen ese primer amor, aquel primer compromiso con el que todo comenzó. Otro tema debatido ha sido reflexionar sobre mi voluntad de ser religioso y cómo he ido creciendo y modelando esta aspiración y deseo desde que entré en el aspirantado.
Los encuentros y reencuentros con estos hermanos y amigos que comparten el mismo camino me piden ser mejor persona, más alegre, mejor dispuesto a seguir a Cristo en esta Familia Agustino-Recoleta, con una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios.



