En este artículo, la autora Aurora Campos nos acerca a la figura de Madre Esperanza Ayerbe, misionera agustina recoleta cuya vida quedó marcada por la entrega al Evangelio en tierras de China. A través de una narración rica en detalles y sensibilidad, el texto recorre su llegada a la misión, su vocación misionera y su profunda maternidad espiritual, mostrando cómo la fe se encarna en la historia concreta y transforma vidas en contextos de dificultad y esperanza.
La llegada a Kweiteh: el inicio de la misión en China
Después de dos meses de viaje, con una larga parada en Filipinas marcada por el vaivén del mar y el olor salobre que impregnaba las ropas, por fin se encontraba en la misión de Kweiteh (hoy Shangqui, China). Era el 19 de mayo de 1931. El cansancio del viaje aún pesaba en los cuerpos, pero la emoción mantenía despiertos los sentidos.
Lo que más llamó su atención en aquellos primeros instantes fue la enorme puerta negra que daba acceso a la misión católica. La madera, oscura y robusta, parecía haber resistido innumerables estaciones, lluvias y vientos. Sobre ella se alzaba una gran cruz que recortaba su silueta contra el cielo, y, justo debajo, tres ideogramas chinos pintados con trazos firmes y solemnes. Todo parecía envuelto en un silencio respetuoso, interrumpido tan solo por el leve murmullo del viento que rozaba los muros y el distante rumor de la vida en la ciudad.
Al advertir su sorpresa, Fr. Mariano Alegría, veterano misionero de China que las acompañaba —con la voz pausada de quien conoce bien aquellas tierras— le dijo a la Madre Esperanza y también a sus dos compañeras de misión, Sor Ángeles García y Sor Carmela Ruiz, que aquellos tres ideogramas significaban «Casa de Dios» o, en un sentido más amplio, «misión católica».
Así, las tres religiosas comprendieron que habían llegado a su casa, a la misión católica que los agustinos recoletos tenían en China. Aquella puerta negra ya no era solo una entrada: era un umbral sagrado, el inicio de una nueva vida.
Vocación misionera y maternidad espiritual en China
Pero el viaje existencial de Madre Esperanza había comenzado mucho antes, mucho más lejos que aquellas tierras orientales. En ese momento tenía cuarenta años, y de ellos había vivido catorce como religiosa de clausura en el madrileño Monasterio de la Encarnación de las agustinas recoletas. Allí, entre muros silenciosos impregnados del olor tenue de la cera y el incienso, se había desarrollado en ella no solo un profundo sentido de la presencia de Dios, sino también una infinita capacidad de asombro y una delicada sensibilidad hacia las necesidades del prójimo.
Todo ello se hallaba acompañado de una extraordinaria capacidad de trabajo y organización, y de una profunda espiritualidad que le otorgaba, incluso en los momentos más difíciles y tensos, una serenidad afable y un suave aplomo. Era una paz que no se improvisa, una calma que parecía descender lentamente sobre quienes se acercaban a ella, capacitándola para no dejarse vencer por la adversidad. Todo ello era reflejo de la obra que Dios, por su gracia, estaba realizando en su corazón, haciéndola vivir en grado heroico todas las virtudes. Y aquella luz que brillaba silenciosa en la clausura de Madrid, muy pronto iluminaría abiertamente el campo misional de la Iglesia.
Pero hubo otro detalle que impactó profundamente a Madre Esperanza aquel primer día, apenas cruzaron la puerta negra de la misión de Kweiteh: la enorme cantidad de niñas huérfanas o abandonadas que eran atendidas por los padres agustinos recoletos en lo que se llamaba «La Santa Infancia».
En cuanto aquellas niñas vieron a las tres religiosas, sus pequeños pasos resonaron sobre el suelo mientras corrían hacia ellas, movidas por la inocencia y por una esperanza instintiva. Sus risas, sus voces entrecortadas y el roce de sus vestidos llenaron el aire de vida. Sus rostros, algunos marcados por el abandono, se iluminaron de repente, como si hubieran reconocido en aquellas mujeres una presencia esperada desde hacía tiempo. De algún modo misterioso, comprendieron que ellas serían, desde ese instante, sus madres. Y no se equivocaron.
Desde aquel primer momento, las tres religiosas no solo descubrieron una de las encomiendas que Dios les confiaba en China, sino que también comprendieron con mayor profundidad espiritual su vocación a ser verdaderamente madres. Y como tales se comportaron con aquellas niñas durante los años que permanecieron en tierras chinas.
De China al mundo: una vida entregada a la misión
Madre Esperanza y sus compañeras vivirían momentos de gran gozo y alegría en los primeros años en China. Eran días llenos de trabajo, de risas infantiles, de cantos y oraciones que resonaban en los patios de la misión. Pero tampoco faltarían las tormentas, las dificultades y las penas, como la muerte prematura de una de las postulantes de la naciente Congregación de Catequistas Agustinas de Cristo Rey, cuyo recuerdo quedó grabado en el corazón de todas.
En 1940, nueve años después de su llegada a China, Madre Esperanza regresó a España. No lo hizo solo con el deseo de informar sobre la situación de la misión, sino con una visión clara y ardiente: abrir un noviciado para la formación de futuras misioneras destinadas a las tierras del Oriente.
Después de superar numerosas dificultades, consiguió el permiso para fundar una casa noviciado en su pueblo natal, Monteagudo (Navarra), lugar donde nueve años antes había comenzado la aventura misional. Allí, en la iglesia del convento de los agustinos recoletos, había recibido —en una solemne celebración eucarística presidida por el obispo de Kweiteh, el agustino recoleto Fr. Francisco Javier Ochoa— el crucifijo misionero. Aquel crucifijo, sostenido entre sus manos, pesaba poco en materia, pero mucho en significado.

