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Jenaro Fernandez, si no soy santo, para que quiero vivir.

Jenaro fermandez
Jenaro fermandez

Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II.

Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.

“He nacido en una familia santa”. Así describía fray Jenaro Fernández a los suyos, una manera de reconocer el influjo de sus padres y hermanos en su carácter, su vocación y su forma de ser y hacer. Nació el 19 de enero de 1909 en Dicastillo (Navarra, España), en ese momento con unos 1.400 habitantes, frente a los menos de 600 de hoy.

Era una sociedad donde vida, política y religión caminaban íntimamente entrelazadas. La jornada discurría a la sombra de la iglesia y a la voz de la campana; los toques del alba, del mediodía y del anochecer marcaban el ritmo cotidiano; la misa dominical y el rezo de vísperas, el de la semana; y la Navidad, la Semana Santa, el Corpus Christi y las fiestas patronales de san Emeterio y san Celedonio a fines de agosto, el del año.

Sus padres, Epifanio Fernández e Hilaria Echeverría, educaron a su familia con profundos sentimientos cristianos, y cinco de sus nueve hijos abrazaron la vida religiosa. “Nueve hermanos, nueve cristianos, nueve adoradores de Dios en la tierra”, definió Jenaro. Además, ocho de los sobrinos de Jenaro también fueron sacerdotes, religiosos o religiosas, tres de ellos agustinos recoletos.

De la juventud de fray Jenaro sabemos poco. Cabe deducir su probable colaboración en las labores agrícolas de la familia tras la marcha al seminario de sus hermanos mayores y de la enfermedad que afectó a su padre en sus últimos años de vida.

El amor a la familia penetró hasta los senos más recónditos del corazón de Jenaro, y eso que desde octubre de 1922, al ingresar en el colegio apostólico de los Agustinos Recoletos en Ágreda (Soria), sólo en contadas ocasiones y de modo esporádico pudo compartir su vida con ellos. Solo desde 1950 las visitas pudieron ser algo más frecuentes.

Esto no comprometió su relación con sus hermanos y sobrinos, ni disminuyó el interés por sus cosas ni enfrió su afecto filial. Sus cartas eran frecuentes; y su recuerdo en la oración, continuo. En 1990 su sobrina Cándida recordaba emocionada que sus visitas eran cálidas, llenas de cariño y espontaneidad.

Jenaro aprendió en su familia a dar una orientación cristiana a su vida y a descubrir en ella la voluntad de Dios. En ella bebió dos de sus devociones favoritas: la del Sagrado Corazón y la de san José; y en su vocación jugó un papel importante su hermano Saturnino: “mi hermano Saturnino era un sacerdote de una pureza angélica. ¡Cuánto ha influido en mi alma!”.

Repasamos a continuación, en ocho capítulos, su vida adulta: en los dos primeros, su formación como religioso, sacerdote y canonista; y luego los distintos papeles y tareas que su comunidad religiosa y la Iglesia le solicitaron: la investigación histórica, el apostolado, la asesoría, el estudio del carisma y la espiritualidad agustino-recoletas, su participación en el Concilio Vaticano II y el apoyo a la vida consagrada postconciliar.

Índice

I. Primera formación (1922-1931)

Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.

“Mi único ideal de vida ha de ser imitar a Jesús, asemejarme a Jesús, ser otro Jesús”.

El 4 de octubre de 1922, con casi 14 años de edad, Jenaro salió de la casa paterna e ingresó en el colegio apostólico (seminario) que los Agustinos Recoletos habían abierto ocho años antes en Ágreda (Soria). De su paso por él no tenemos noticias concretas, aunque algo podemos deducir del reglamento del centro.

La disciplina era severa y dejaba poco tiempo libre. La jornada comenzaba a las 6 de la mañana y concluía a las 8:50 de la noche; entre ambos extremos, casi 15 horas distribuidas entre el estudio (siete horas y cuarto), la oración e instrucción religiosa (dos horas y tres cuartos), las refecciones (1 hora y veinte minutos) y la higiene y el esparcimiento (tres horas y media).

Una intensa vida de piedad, la gimnasia y el recreo, en el que el fútbol comenzaba a reclamar un puesto de privilegio, completaban la formación. La vida de piedad incluía prácticas diarias como la misa, el rosario, la lectura espiritual y la instrucción moral. La confesión era semanal; y cada mes había un día de retiro.

El programa académico, desarrollado en tres cursos, comprendía cinco asignaturas principales (lenguas castellana y latina, aritmética, geografía e historia) y otras cinco secundarias (griego, música, caligrafía, dibujo y urbanidad). Jenaro obtuvo en todas la calificación de meritissimus.

Algo mayor que sus compañeros y con mejores dotes intelectuales, aprobó en un solo año las asignaturas de los dos primeros cursos y fue enviado al noviciado al término del segundo. El 14 de octubre del año 1924 vistió el hábito recoleto. Su maestro de novicios fue fray Pedro Corro, estudioso de la historia de la Orden y enamorado de sus tradiciones.

Sus primeros apuntes espirituales, que datan de este año, reflejan una vida religiosa muy intensa y muestran uno de los rasgos fundamentales de su carácter, la constancia y, al menos en esbozo, muchos de los rasgos de su espiritualidad madura: autocontrol, laboriosidad, aceptación del dolor, custodia de la lengua, horror al pecado, percepción clara del amor de Dios y de su presencia en la vida de cada día…

Con esas intenciones pronunció sus primeros votos el 15 de octubre de 1925 y prosiguió sus estudios en Villaviciosa de Odón (Madrid) y Monachil (Granada). Volvió a obtener las máximas calificaciones. Entre sus formadores hubo religiosos notables: Feliciano de Ocio sería luego prior general; Antonio Rubio fue predicador afamado; y en Monachil volvió a encontrarse con Ricardo Imas, que le había llevado a Ágreda y luego, en Roma, le acompañó en su cantamisa. De él recibió las primeras lecciones de piano, instrumento del que haría uso frecuente en su apostolado.

El 29 de enero de 1930 hizo la profesión solemne. De esos años debe de datar su inscripción en la Liga de Víctimas del Sagrado Corazón, una asociación de personas generosas que ofrecían a Cristo su ser en reparación de las ofensas de la humanidad.

Su figura espiritual se forjó en estos años. Sus líneas se irán purificando y fortaleciendo con el correr del tiempo, pero sus rasgos fundamentales ya saltan a la vista. Del año 1927 datan unas ideas que, con otras palabras, repetirá a lo largo de la vida:

“Mi único ideal de vida ha de ser imitar a Jesús, asemejarme a Jesús, ser otro Jesús, de tal modo que Jesús y yo seamos una misma cosa, un mismo pensar, un mismo querer, un mismo todo”.

A veces, prorrumpe en exclamaciones y se explaya en aspiraciones; pero de ordinario, su innato pragmatismo lo libera de vaguedades y sensiblerías y lo lleva a refugiarse en planes y propósitos concretos.

II. Estudios en Roma (1931-1938)

Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.

El 17 de julio de 1931, nada más terminar su formación inicial, salió de Villaviciosa rumbo a Roma, a donde llegó el 30 del mismo mes. Allí se encontró con otros diez recoletos inscritos en la Facultad de Teología de la Universidad Gregoriana. Él, al tener ultimados los estudios teológicos, se matriculó en la Facultad de Derecho Canónico.

En el primer año, introductorio, alternó el estudio del Derecho Público y Privadocon el de la Teología Moral. Obtuvo el bachiller, necesario para inscribirse en la licenciatura, con su habitual brillantez y tres materias opcionales: Economía social, Apologética y Los milagros de Cristo en la Iglesia Católica, opciones que revelan sus intereses pastorales.

Donde aparecen con nitidez es en las notas de sus cuadernos. Transcribe pensamientos de autores famosos, pero lo que realmente atrae su atención son la vida de los santos y la la defensa y difusión del mensaje cristiano. Con singular gusto debió de seguir la Apologética, en la que Sebastián Tromp desarrolló un tema que siempre fue de su agrado: Sobre métodos prácticos para defender y proteger la fe.

El 24 de enero de 1932 se ordenó de sacerdote en San Juan de Letrán y el 2 de febrero celebró su primera misa solemne, ante la Curia general en pleno, sus compañeros y 14 agustinos descalzos que reforzaron el coro para la Missa cum jubilo. En la estampa-recuerdo reprodujo un texto atribuido a san Agustín sobre la dignidad del sacerdote, “en cuyas manos se encarna el Hijo de Dios al igual que lo hizo en el útero de la Virgen”.

A fines de octubre de 1932 se matriculó en el primer curso de licencia con cuatro materias obligatorias y una opcional. Las obligatorias eran Código de Derecho Canónico, Derecho Romano y Filosofía y Fuentes del Derecho. La opcional, dictada por Félix Capello, era Derecho misional. Desde el 8 de marzo al 24 de mayo frecuentó la Academia para los ejercicios prácticos de la Facultad de Derecho, en la que actuó de secretario. En ella leyó un escrito sobre la naturaleza del magisterio eclesiástico.

En el segundo curso las materias obligatorias fueron Código Derecho Canónico, Derecho Público y Derecho Romano, y añadió una opcional sobre Derecho Internacional. El 6 de julio de 1934 presentó el examen oral de final de carrera, al día siguiente hizo el ejercicio escrito y el 9 se licenció con la nota magna cum laude.

La consecución de la licencia podría haber puesto punto final a sus estudios y a su estancia en Roma. Quizá fuera esa su convicción cuando el 10 de septiembre subió al tren que lo condujo a España. Pero no eran esos los planes de sus superiores.

El 7 de noviembre estaba de vuelta en Roma para inscribirse en el Doctorado. Era el primer agustino recoleto que optaba al título tras la promulgación de la constitución Deus Scientiarum Dominus (24 de mayo de 1931), que exigía para ello la redacción de una tesis sobre un tema relacionado con el campo cubierto por la facultad respectiva.

El primer año cursó Derecho Político-Administrativo, Elementos de Derecho Civil e Historia del Derecho Canónico, más un curso de Teología moral dictado por Francisco Hürth y el ejercicio escrito, que debió de versar sobre la Regla de san Agustín, texto que luego reprodujo casi íntegramente en su tesis doctoral.

Los tres años siguientes elaboró su tesis doctoral en condiciones nada fáciles. El tema, La figura jurídica de la Recolección agustiniana, era novedoso y resbaladizo. Faltaban investigaciones de base y la literatura secundaria era escasa y de baja calidad. Era un asunto inmerso en la fase del sentimiento y, por tanto, difícil de afrontar con objetividad.

Jenaro saltó por encima de esos obstáculos con entusiasmo y constancia. Su laboriosidad, su sentido de la responsabilidad y su amor visceral a la Recolección le sostuvieron. Esa total identificación podría haber comprometido su objetividad, pero ese peligro quedó contrarrestado por su serenidad y una connatural honradez que no le permitía adoptar actitudes contrarias a los dictámenes de su conciencia.

No fueron esos los únicos escollos, pues surgieron otros que habrían podido dar al traste con la tarea. El 2 de septiembre de 1935 tuvo que abandonar Roma y dedicarse a trabajos que exigían dedicación completa. De octubre de 1935 a junio de 1936 fue el maestro de espíritu de los seminaristas recoletos en San Sebastián y Artieda (Navarra).

Luego fue requerido en Granada para resolver sus problemas con el servicio militar. Cuando había logrado zanjarlo, el 18 de julio estalla la guerra civil en España y una enfermedad le obligó a guardar cama 36 días. Continuó después en Granada lejos de los libros, dedicado a asistir enfermos y hasta condenados a muerte.

El 7 de marzo de 1937 pudo salir por fin de España y, tras tres días de viaje, llegó a Roma en compañía de los recoletos Javier Berdonces y Julio Miranda. Inmediatamente reanudó la tesis. El 10 de diciembre firmaba el escrito para su defensa, donde resumía su contenido en quince puntos:

  • Agustín fundador.
  • Continuidad de la Orden de San Agustín.
  • Regla de san Agustín.
  • Autor de la Recolección.
  • Enunciado de su figura jurídica.
  • Su fin: deseo de mayor perfección.
  • Su primera configuración jurídica.
  • Su legitimidad.
  • Primer desarrollo.
  • La Recolección como Provincia (1602-1621).
  • La Recolección erigida en Congregación (1621).
  • Principales vicisitudes: incorporación de la Recolección colombiana (1604-1668), visita apostólica de fines del siglo XVII, visita regia (1770), desamortización (1835).
  • La Recolección elevada a Orden independiente (1612).
  • Constituciones de 1928 y de 1937.

Terminaba con unas palabras sobre la importancia de este trabajo y el deseo de que redundara en honor de su madre, la Recolección: “por amor la elaboré y por amor continúo perdiendo la vista en los Archivos Vaticanos”.

El 17 de enero de 1938 cumplió el penúltimo requisito con la presentación de la lectio magistralis ante un tribunal formado por Miguel Mostaza, Fabio Cappello, Ramón Bidagor, José Nemesio Güenechea y Juan Lo Grasso. Expuso la naturaleza del estado religioso según los cánones 487 y 488 del Código de Derecho Canónico de 1917. Mereció la calificación de summa cum laude, misma nota que obtuvo cuatro días después en la defensa pública.

Este triunfo académico culminó el 7 de noviembre con un acto solemne en el que el cardenal Eugenio Pacelli le entregó la medalla de oro de la Faculta de Derecho de la Universidad Gregoriana.

Los Recoletos reconocieron inmediatamente el valor de la tesis de Jenaro e imprimieron 550 ejemplares que los religiosos recibieron con general aplauso. Lo mismo cabe decir del mundo académico, pues las recensiones en revistas especializadas fueron numerosas y elogiosas.

III. Investigador y apóstol (1938-1940)

Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.

“He dado mi salud en el servicio de la Orden y en el apostolado”.

La brillante defensa de esta tesis condicionó su futuro. Se le veía con respeto: en su Provincia seguían sus artículos en el Boletín y algunos religiosos acudían a él en demanda de consejo. Los superiores de la Orden pensaron haber encontrado al religioso capaz de elaborar un Bullarium que se venía reclamando desde hacía decenios.

Por otra parte, su corazón sacerdotal le impulsaba al apostolado. José Abel Salazar, que tantos años convivió con él y con él compartió ilusiones, aficiones y responsabilidades, defendía que la investigación nunca habría podido llenar el corazón de Jenaro, quien poseía alma de apóstol, necesitada de procurar el bien espiritual del prójimo.

III.1. Bullarium de los Agustinos Recoletos

Se ignora la fecha en que el Consejo General encargó a Jenaro esta compilación de todas las bulas papales y documentos del Vaticano que tuviesen que ver con los Agustinos Recoletos. El término “bullarium” fue acuñado por el canonista Laertius Cherubini en 1586, cuando publicó bajo este título 922 constituciones papales.

A partir de octubre de 1938 Jenaro frecuenta asiduamente el Archivo Apostólico Vaticano, que de forma más esporádica venía visitando desde 1935. Hasta 1943 repasa sistemáticamente y recopila Breves desde fines del siglo XVI hasta 1788.

Luego estudió los fondos de la Nunciatura de España, los legados Borghese y Pío y la Congregación de Obispos y Regulares. En 1942 consiguió permiso para investigar en la Congregación de Ritos y visitó los archivos de Propaganda Fide y de los Agustinos.

Desde 1943 ensancha el campo a España. Durante tres meses repasó los archivos recoletos de Marcilla y Monteagudo, y los nacionales de Madrid y Sevilla. Sorprende que en esta primera búsqueda dejara al margen el de Simancas (Valladolid).

Regresa a Roma por deseo expreso del prior general, que quería presentar al Capítulo general de 1944 la tarea, que alabó y pidió no interrumpirla hasta que se pudiera publicar. Los dos siguientes años reanudó y amplió la investigación mejorando la metodología. Esto exigía un tiempo que en la Curia general no comprendían.

En abril del 1946 el secretario general, por orden del prior general, le escribió una carta que turbó su habitual serenidad. No llegó a crearle un conflicto de conciencia ni a ponerle ante una disyuntiva real, porque para él la voz del superior era siempre la voz de Dios; pero por vez primera sintió la necesidad de exponer razones y desaconsejar la ejecución de una orden recibida. A finales de octubre le autorizaron a tomarse más tiempo.

Por desgracia, las fuerzas comenzaron a fallarle y a finales de diciembre de 1948 el prior general decidió enviarle a España. Salió de Roma el 16 de enero de 1949 con rumbo al colegio que su Provincia poseía en San Sebastián. A los cinco meses le llamaron a Madrid para ayudar a su hermano Agustín en la preparación del informe de estado general de la Orden. El 20 de septiembre volvió al norte como director del Colegio apostólico de Martutene, junto a San Sebastián.

Por fortuna, este periodo anómalo en que se vio zarandeado de una a otra ocupación fue breve. El Capítulo general de 1950 imprimió una dirección definitiva a su vida al elegirlo procurador general de los Agustinos Recoletoscon residencia en Roma y encomendarle la continuación de la investigación del Bullarium hasta su publicación.

El 15 de julio llegó a la Ciudad Eterna. Sus ocupaciones iban a ser muchas y gravosas, dentro y fuera de la Orden, pero siempre le quedaría algún tiempo para culminar su obra. Tras confrontar sus copias con los originales, añadió más documentos y, finalmente, los distribuyó en cuatro volúmenes.

El primero (1586-1623) debería haber salido aún en 1954, pero no vio la luz hasta julio del año siguiente. La Orden lo recibió con alborozo. El prior general, de visita en Brasil, se apresuró a mandar a Jenaro una calurosísima felicitación. No menos entusiasta fue la acogida en la revista oficial de la Orden y en los boletines provinciales. La crítica especializada también fue muy positiva.

El éxito del primer volumen preparó el camino a los tres siguientes, que, a pesar de las ocupaciones de Jenaro, aparecieron con periodicidad razonable: 1961, 1967 y 1973, año de su muerte, “feliz de haber cumplido la misión que me confiaron los Capítulos generales”.

III.2. “La turba de mis penitentes y enfermos”

Esta faceta de su vida está menos documentada. Abundan los testimonios sobre su asiduidad en el confesonario, sobre la ayuda a los empobrecidos y sus visitas a barrios marginados de Roma. El 29 de diciembre de 1948, al recibir la orden de regresar a España, confió a su diario este desahogo:

“La conciencia está tranquila, porque he dado mi salud en el servicio de la Orden y en el apostolado. Dejo Roma y toda la turba de mis penitentes y enfermos, contento de ofrecer amorosamente este sacrificio a Jesús. Con Él y donde Él quiera hasta el fin”.

Su apostolado fue siempre callado y discreto, sin publicidad; con la escucha, de persona a persona o, a lo sumo, de pequeños grupos, atento a las necesidades espirituales, psicológicas y materiales de la persona; en el confesonario, en la sala de visitas, por teléfono o carta, en hospitales, residencias de ancianos, cárceles y barrios deprimidos. Y siempre acompañado de una sonrisa, palabras de ánimo, consejos y estímulos a adoptar una vida cristiana con el objetivo de la santidad.

La palabra santidad afloraba espontáneamente en sus labios y en su pluma. Esa aspiración a la santidad y de suscitar su deseo impregna las páginas de sus apuntes, pláticas y cartas. “Jesús, hacedme santo para que santifique a los demás”, escribió en su diario en 1949 cuando le encomendaron la dirección del seminario de Martutene.

Las páginas de su copiosa correspondencia están llenas consejos como este: “Llénese de Dios para poder darlo a los demás. Sea usted un alma ardiente para expandir el fuego por dondequiera que pase”. A los más preparados les recomendaba consagrarse a Dios con votos privados, cuyo alcance su mente de canonista siempre se preocupaba de precisar. Un formulario de los años 50, dirigido con toda probabilidad a Luisa Antinoro, legionaria de María y desde 1954 terciaria agustino-recoleta, muestra la prudencia de Jenaro en campo tan delicado.

Durante la guerra y la postguerra visitaba con frecuencia el campo de refugiados de Buozzi. En la primavera de 1943 dirigió allí unos ejercicios espirituales. El primer día habló del amor que Jesús nos ha manifestado y preguntaba cómo manifestar nosotros a Jesús nuestro amor; y respondía: pensando en Él, teniendo el crucifijo en casa, oyendo la misa, haciendo la comunión, llamándolo en la hora de la muerte. El segundo día lo dedicó a María, después de Jesús la creatura más bella y más grande.

Quienes escuchamos sus homilías percibimos siempre la misma ingenuidad, la misma lógica, la misma relación cordial con los fieles y la misma atención al detalle práctico. El primer sermón que ha llegado hasta nosotros es del 19 de junio de 1936 en Artieda (Navarra), en la fiesta del Sagrado Corazón. Predicó triduos a santa Rita en vía Sixtina, pláticas sobre el dolor y el sufrimiento…

También queda memoria de una homilía de primera Comunión de 1942, celebración que arrebataba su alma. En una postal de 1949 a su sobrina Cándida con motivo de esta ceremonia, estampó esas ideas que repetiría de mil formas en situación semejante:

“Cándida es tu nombre, cándida sea tu alma.
A Jesús, blanco lirio, ofrécele un regalo:
tu corazón, un corazón puro, ardiente, amoroso.
¡Jesús todo lo merece! ¡Es tan bueno!”.

En 1949-1950, siendo director en Martutene, confesaba semanalmente a los seminaristas del Colegio Santa Rita de San Sebastián. La escasez de documentos impide entrar en más detalles; sí hay testimonios sobre su fervor apostólico de esos años. Fray José María Echeverría convivió con Jenarodesde 1939 a 1942:

“Su labor pastoral en la iglesia y en la visita a enfermos y minusválidos era extraordinaria: incasable en atender a los que acudían al sacramento de la penitencia. […] Capítulo aparte merecen los desvelos por atender a los necesitados. En este tiempo [de guerra] se dejó sentir el hambre y muchos acudían al padre Jenaro en demanda de ayuda material. Él se las ingeniaba para recabar fondos con que poder ayudarles”.

Este suelto del diario católico Il Quotidiano se publicó a principios de 1949 con motivo de su regreso a España:

“El domingo pasado en la encantadora iglesuela de via Sistina 11 celebró por última vez el reverendo padre Jenaro Fernández Echeverría. […] Deberá partir para la casa madre de Madrid, a donde le ha llamado la paterna solicitud de sus superiores.

Durante diez años el óptimo religioso ha derrochado su bondad sin límites, su inteligencia y su salud en socorrer moral y espiritualmente a cuantos tenían necesidad de su óbolo, de sus consejos, de su elevada palabra de sacerdote pío y culto.

Acudían a él gentes de todas las categorías: banqueros, hombres de negocios, religiosos, gente humilde y gente noble, pobres y ricos. A todos visitaba, feliz de correr al lecho de un enfermo o de un moribundo, de dar todo lo que él recibía o, mejor, multiplicándolo, para que la oferta fuera más generosa […].

La multitud reunida en esta ocasión estaba conmovida al saludarle y al escuchar por última vez su voz, que siempre incita al amor fraterno y a la caridad cristiana”.

Otra muestra de su apostolado está en su actividad literaria. De febrero de 1939 a julio de 1941 publicó en la revista Santa Rita y el Pueblo Cristiano una veintena de artículos bajo el epígrafe de Vida católica sobre la situación de la Iglesia en el mundo. Sus temas favoritos eran las misiones en China y África, con particular atención a las de los Agustinos Recoletos, y los ejemplos de vida cristiana en la familia y en el trabajo.

IV. “He amado a mi Orden como a una madre”

Jenaro Fernández (1909-1972) es una figura clave que llevó a la Recolección Agustiniana a fijar, conocer, promover y divulgar sus orígenes carismáticos tras el Vaticano II. Con la ayuda del historiador recoleto Ángel Martínez Cuesta nos acercamos a este religioso que quería ser amable, sonriente y un misionero diseminador del evangelio: quería ser santo.

En el Capítulo general de 1950 fray Jenaro fue elegido procurador general con residencia en Roma para, en palabras de las Constituciones, “tramitar todos los asuntos de la Orden ante la Santa Sede”. No era nuevo para él. En 1943 había acompañado a su hermano Agustín en el desempeño de ese oficio y en 1947-1948 había ayudado a fray Pedro de la Dedicación, muy limitado tras un accidente de tráfico. También con frecuencia respondía consultas canónicas de los religiosos y en 1942-1944 atendió a tres consultas del cardenal Alessandro Verde.

El cargo marcó un hito fundamental de su vida y aseguró su permanencia en Roma, único lugar donde ultimar sus investigaciones y el más a propósito para desarrollar sus múltiples cualidades. Incluso como canonista experimentó un cambio notable; antes se le interpelaba como persona particular experta, ahora intervendría de oficio en las cuestiones que frailes e instituciones de la Orden ventilaban en Roma.

Además, el cargo le colocó en puesto más visible, y, en consecuencia, aumentaron estas consultas, que ya no solo procedían de religiosos particulares, sino también de la Curia general y de los mismos Dicasterios romanos.

Este servicio a la Orden, a la Iglesia y a los fieles serán las tres ocupaciones que llenarán su agenda sus restantes 22 años de vida. Los doce primeros como procurador general, los seis siguientes como consejero general y los cuatro últimos de nuevo como procurador y, desde 1970, como postulador de las causas de canonización de la Orden.

IV.1. Recoletas y Descalzas

Tras conseguir la autonomía jurídica en 1912, surgió en los Agustinos Recoletosun nuevo interés por fortalecer su vinculación espiritual con las Agustinas Recoletas, la rama femenina contemplativa. Ellos y ellas compartían partida de bautismo, el acta V del Capítulo de la Provincia de Castilla agustina en Toledode diciembre de 1588, que mandó “destinar o levantar de nueva planta tres o más monasterios de varones y otros tantos de mujeres en los que se practique una forma de vida más austera”.

Durante el siglo XIX, tan anómalo para la vida consagrada en España, esa relación quedó desdibujada. Apenas la Recolección masculina gozó de libertad para organizar su vida, reafloró la conciencia de su identidad carismática con las Agustinas Recoletas y fue fortaleciéndose día tras día, hasta su consolidación definitiva durante el generalato de fray Eugenio Ayape(1950-1962).

El fruto más visible del despertar carismático, quizá también más granado, fue la Federación de las Agustinas Recoletas de España. En julio de 1954, en sintonía con la Constitución Apostólica Sponsa Christi (1950), los 31 monasterios de recoletas en el país la constituyeron para ayudarse mutuamente y mejorar la formación inicial y permanente.

En 1955 eligieron al primer Consejo federal y abrieron el primer noviciado común en Valdemoro (Madrid), trasladado a Madrid en 1962. También el propósito de ayudar a los monasterios más necesitados de personal encontró rápida aplicación. En marzo de 1955 eran 22 las monjas que prestaban servicio en monasterios diferentes al de origen.

La intervención de fray Jenaro fue determinante. Exploró la voluntad de las monjas, sugirió el nombre del encargado de seguir la marcha del expediente, fue el principal redactor de los Estatutos federales, dirigió la Asamblea en la que se aprobaron y quedó definitivamente encauzada la Federación (marzo de 1953), y respondió a las dudas y cuestiones ante un organismo tan nuevo y alejado de la tradición monástica femenina.

La aprobación de los Estatutos por la Congregación de Religiosos y el posterior nombramiento de fray Gregorio Herce como primer asistente (9 de noviembre de 1954) habrían podido poner fin a su intervención en este asunto. Pero no fue así. Tanto Herce como su sucesor, Juan Manuel Anchuela, siguieron consultándole sobre legados, dotes, clausura, formación, traslados de monjas y cuestiones de gobierno y disciplina.

Jenaro se sentía obligado a prestar esas ayudas. En agosto de 1955 animaba a Herce a preguntarle “cuanto quiera, que ese es mi oficio”. Se sentía a gusto tratando asuntos de unos monasterios en los que encontraba “tesoros de espiritualidad”. Su correspondencia con los asistentes y las prioras fue siempre continua, buena parte se conserva y constituye un balcón privilegiado para asomarse a su interior.

Finalizado el Vaticano II volvió a ocuparse de ellas. En diciembre de 1966 consiguió que fray Eugenio Ayape las acompañara en la redacción de sus Constituciones postconciliares y él mismo facilitó la tarea con una circular y tres anexos.

El primero contenía 14 textos conciliares que podrían servir de arranque en puntos como los votos, la liturgia, la inserción en la Iglesia local, la formación inicial y el apostolado. Este último reproducía el número 40 del decreto Ad Gentes sobre la participación de los institutos de Perfección en la obra misionera de la Iglesia.

El segundo anexo era un amplio cuestionario que todas las monjas debían responder individual o colectivamente. Jenaro le dio mucha importancia, tanto por estar ordenado en el motu proprio Ecclesiae Sanctae como porque insistía en que redactar sus Constituciones era tarea de las monjas: “Lo que yo escriba”, dirá, “lo han de ver las religiosas”; son ellas las que “las han de vivir, no yo”. El tercer anexo señalaba los principios para su elaboración.

Sus esfuerzos por erigir la Federación de Agustinas Recoletas de Méxicocorrieron peor suerte. De 1952 a 1962 movió todos los resortes disponibles y en 1956 llegó a conseguir que la Congregación de Religiosos la aprobara. Pero ahí terminaron sus logros.

Los obispos, influidos por la neta oposición del arzobispo de México, se negaron a ejecutar el decreto romano. La implantación de la clausura, condición indispensable para las Federaciones, no sería, según el primado, ni posible ni conveniente. Al final del Concilio las monjas quisieron reanudar las gestiones, pero Jenaro no se hizo ilusiones: la Federación estaba en manos de los obispos y Roma nunca pasaría por encima de ellos.

A lo largo del proceso Jenaro hizo gala de notable flexibilidad. Nunca dudó de la necesidad de tener en cuenta las peculiaridades mexicanas. Incluso se mostró dispuesto a arrinconar sus preferencias por los votos solemnes y la clausura papal estricta, si eran óbices insuperables para la Federación, de la que él esperaba un fortalecimiento de la identidad agustino-recoleta de las monjas y una mejora de su formación.

Más intensa, duradera y frecuentísima fue su colaboración con las Agustinas Descalzas de San Juan de Ribera a partir de 1952, veinte años en los que las monjas requirieron su consejo en la constitución y consolidación de su Federación, en la adaptación de sus Constituciones al Concilio o en múltiples cuestiones menudas.

El ambiente era complejo y delicado. La relación entre Recoletos y Descalzasno era tan evidente como entre Recoletos y Recoletas; venían, ciertamente, del clima de plenitud religiosa que había alumbrado a los Recoletos, pero la historia de ambas comunidades había discurrido por caminos distintos. Las Descalzasse mantuvieron siempre en la órbita del Arzobispado de Valencia y su espiritualidad tenía tintes carmelitanos.

Aparecieron escollos como la adhesión en 1953 de las Descalzas de Almansa y Denia a la Federación Recoleta o la intervención en 1955 de Claudio Burón, promotor de la Federación de los monasterios femeninos españoles de la Orden de San Agustín.

El desinterés personal de fray Jenaro, su competencia, su respeto por las peculiaridades de la Orden y el halo de santidad que le rodeaba hicieron posible la Federación de seis de los siete conventos de Descalzas y la adaptación de sus leyes a las directrices romanas sin el menor menoscabo de su identidad espiritual y de su autonomía jurídica. En agosto de 1970 pudo subrayar ese empeño por mantener su espíritu primitivo:

“He conservado todo cuanto se ha podido conservar de las Constitucionesprecedentes, que las monjas justamente aman, porque transmiten el espíritu del fundador y proceden, casi al pie de la letra, de las Constituciones de santa Teresa de Jesús. También se hace uso abundante del epistolario de san Juan de Ribera. En él aparece la verdadera razón de ser de las Agustinas Descalzas”.

Las monjas fueron las primeras en percatarse de la belleza del alma de fray Jenaro, pero no fueron las únicas. El obispo auxiliar de Valencia, a pesar de disentir abiertamente con el fraile recoleto, no pudo menos de reconocer en una de sus cartas: “Ya sé que es usted hombre de mucha experiencia y de suma delicadeza espiritual y humana”.

IV.2. Instituto histórico, Agencia Misional AMAR y Ratio institutionis

La recuperación y cultivo de la tradición recoleta fue una de las líneas prioritarias del generalato de fray Eugenio Ayape (1950-1962), mismas ideas que anidaban en el ánimo de fray Jenaro. Les fue fácil colaborar en iniciativas que dieron frutos sazonados.

Una de ellas fue el Instituto Histórico de los Agustinos Recoletos (diciembre de 1957). Jenaro ya había pensado en él dos años antes, pero la idea, novedosa, no encontró el debido eco. Luego pudo abrirse camino. Los vocales del Capítulo general de 1956 dudaban de su utilidad, pero no se atrevieron a rechazar una idea que contaba con el apoyo decidido de Ayape. La recogieron en esta acta redactada por el mismo fray Jenaro:

“A fin de que las gestas de los nuestros sean conocidas por propios y extraños y crezca de día en día el amor y el aprecio de la Orden, se ordena la fundación del Instituto Histórico de la Recolección del modo que parezca al definitorio general”.

Algunos pensaban que las circunstancias no eran las idóneas para su creación, pero Ayape y Jenaro lograron que el 19 de diciembre de 1957 el Definitorio general diera luz verde. Ese mismo día Ayape ejecutó el proyecto, fijó su sede en Roma y nombró como miembros por oficio a los cronistas de la Orden y de las Provincias.

El día de Navidad, en una extensa circular, encareció al estudio de la historia con citas de san Agustín y Pío XII. El 21 de febrero de 1959 confió su dirección a fray Jenaro, con Jesús Berdonces, Esteban Soria y Jesús Villanueva como colaboradores, recién egresados de las facultades romanas de Misionología e Historia Eclesiástica.

Jenaro asumió el cargo con su habitual seriedad y durante los trece años que estuvo al frente se esforzó. sin fortuna. por darle vida. Prácticamente su actividad se redujo a la de su director, que continuó enriqueciendo la bibliografía histórica con la edición de las Actas de los Capítulos generales (1601 a 1829), del II Libro Registro del generalato (1690-1846) y de monografías sobre la Prefectura Apostólica de Palawan, la erección de la Provincia de Santo Tomás de Villanueva y la autonomía jurídica de la Recolección.

En julio de 1959, a los pocos meses de su nombramiento, propuso temas concretos a algunos religiosos, pero sin éxito. Ese mismo año pensó en la conveniencia de dotar al Instituto de una revista y tres años más tarde sugirió la celebración en Roma de un congreso de cronistas. Ninguna de estas propuestas llegó a cuajar.

Mejor suerte corrió la participación de la Orden en la Exposición Universal “La Iglesia Hoy”, celebrada en Roma en la apertura del Vaticano II. En esta y en otras iniciativas contó con la colaboración de fray Jesús Berdonces, después su brazo derecho en la Agencia Misional Recoleta (AMAR), creada en junio de 1958 y puesta bajo su dirección.

Entre 1950 y 1961 el deseo en la Iglesia de mejorar la formación de sacerdotes y consagrados produjo una serie de documentos pontificios. El más importante fue la constitución Sedes Sapientiae (31 de mayo de 1956).

La Curia general se apresuró a llevarla a la práctica. El 3 de septiembre dedicó una sesión a su estudio y a renglón seguido la transmitió a los priores provinciales, la imprimió en la revista oficial Acta Ordinis y encargó a una comisión (fray Jenaro, Martín Braña y Gregorio Armas) un estudio para llevarla a la práctica, que a finales de diciembre estaba casi ultimado. Luego debieron de surgir inconvenientes. La redacción definitiva, de Jenaro y José Abel Salazar, fue aprobada por el Definitorio general el 26 de agosto de 1957 y por la Congregación de Religiosos el 2 de febrero de 1959.

Eran casi cien páginas que abarcaban todo el ciclo formativo en sus vertientes religiosa, académica, espiritual, apostólica y agustino-recoleta. Incluso dedicaba algunas páginas a la formación permanente, con indicaciones sobre el estudio personal, la asistencia a congresos y semanas de estudio, el año de perfección y el cuidado de las bibliotecas. Hoy se advierte la pobreza del capítulo dedicado a la formación agustino-recoleta: aún no había llegado la revalorización de los carismas particulares del Concilio.

IV.3. Capítulos generales

Fray Jenaro participó en cuatro Capítulos generales consecutivos: 1950, 1956, 1962 y 1968. En el primero participó como discreto o perito. A los otros tres asistió en virtud del cargo que desempeñaba. En todos tuvo una actuación destacada y activa en los debates de carácter jurídico y práctico.

Jenaro buscó la recuperación de la tradición espiritual recoleta, la elevación del nivel cultural y la atención a las misiones. Quería que la Orden optara por una vida espiritual más intensa, “fin específico de nuestra Recolección y su principal ocupación a lo largo de la historia”, e insistió en la necesidad del recogimiento, de confeccionar libros de piedad, cambiar el Ceremonial(desprovisto de todo hálito recoleto), de introducir del año de perfección, de potenciar la vida litúrgica, de organizar reuniones espirituales abiertas a laicos, la renovación anual de los votos y la fundación de una casa en Talavera de la Reina (Toledo), donde estuvo el primer convento recoleto, un “foco de espiritualidad, casa de ejercicios para superiores, lectores, etc.”.

Para elevar el nivel cultural propuso mejorar la colación del lectorado y abrir una casa en Salamanca para favorecer la cercanía con el “movimiento científico”, participar en asambleas y congresos, y fundar una revista cultural. También veía con buenos ojos las asambleas y congresos propios. Hizo frecuentes llamadas de atención sobre la higiene, la alimentación, la gimnasia, el juego, las vacaciones, el recreo y el esparcimiento.

En el proceso, siempre movido y a veces frenético, previo al Capítulo general de 1968, desempeñó un papel muy activo. Como vicario general le tocó constituir las Comisiones, examinar las respuestas de los religiosos, resolver dudas, firmar nombramientos y mantener una asidua correspondencia con los implicados. Como perito en derecho se le encomendó la elaboración del ordo capituli, la agenda temática capitular.

Fue el vocal que en más temas intervino y quizá también el más respetado. Su participación en la preparación previa y, sobre todo, su sólida preparación canónica, su familiaridad con la historia de la Orden, su conocimiento de los documentos pontificios y de la jurisprudencia de la Congregación de Religiosos, de la que era consultor y miembro de la Comisión de capítulos generales, resultaron preciosas.

Su simple presencia infundía confianza. Sus intervenciones desembrollaron más de una situación y contribuyeron a aclarar dudas sobre la colegialidad, a distinguir el texto fundamental del adicional, a perfilar las figuras jurídicas del prior general y su Consejo, a formular los textos con lenguaje jurídico y a sintonizar con las ideas vigentes en otros Institutos de vida consagrada.

Sus relaciones con la Curia vaticana le permitieron ilustrar al Capítulo sobre la nueva fórmula usada por la Congregación Consistorial en la encomienda de los territorios misionales a los Institutos religiosos, y a disuadirle de demorarse en la formación por ser tema que se estaba ventilando en las Congregaciones romanas.

Esperaba que el Capítulo dejara bien asentada la identidad carismática de la Orden. Toda ocasión era buena para recordar sus orígenes, subrayar sus valores paradigmáticos y tratar de incluirlos en el edificio legal que se estaba construyendo.

Insistió en la necesidad de insertar profundamente a la Orden en la vida de la Iglesia y crear un espíritu de Orden que dejara atrás sus manifestaciones más provincianas, así como en una discreta combinación de los aspectos doctrinales, jurídicos y parenéticos, que, según las directrices pontificias, debían estar en todo texto constitucional.

Se declaró a favor de una mayor integración de los hermanos no clérigos en el tejido comunitario y le inquietaba el predominio de los aspectos jurídicos sobre los familiares y pastorales en la descripción de la figura del prior provincial y de las visitas canónicas.

En general, se mostró abierto, partidario de la libertad del Capítulo y sin miedo a cambios y ensayos contra derecho, siempre que respetaran la naturaleza de la Orden y las orientaciones romanas. Incluso le habría gustado ver en el Capítulo a las prioras generales de las cinco Órdenes y Congregaciones recoletas femeninas.

IV.4. Consejero general (1962-1968)

En octubre de 1962, tras la renuncia del prior general y la automática promoción del vicario general, ascendió a vicario general de la Orden. El nuevo general era muy distinto, pero también él contó en todo momento con la experiencia y disponibilidad de Jenaro. Le confió papel relevante en la preparación del Capítulo de 1968, le encomendó la presidencia de los Capítulos de 1963 y 1966 de la Provincia de Santa Rita y la visita canónica a la mayoría de los ministerios latinoamericanos.

En diciembre de 1962 fue nombrado representante de la Provincia brasileña ante la Curia general, oficio apenas sin entidad que él no tardó en dar. Con la Provincia de Santa Rita, recién erigida y necesitada de ayuda, mantuvo una corriente de simpatía por el resto de su vida. Se informó de sus necesidades y ofreció cuanta ayuda pudo proporcionar, y la Provincia no cesó de acudir a su consejo.

La relación se hizo más estrecha cuando el prior general le confió la presidencia del Capítulo provincial de 1963. Jenaro dejó un gratísimo recuerdo por su habilidad en conjugar las exigencias de una vida austera y acorde con la tradición contemplativa y comunitaria de la Orden con la afabilidad, el espíritu eclesial y el progreso de la Provincia. El Consejo provincial solicitó de nuevo su presencia en el Capítulo de 1966, siendo además un deseo común de muchos religiosos brasileños.

En ambos Capítulos Jenaro se esforzó por robustecer la identidad carismáticade la Provincia. En el primero instó a los capitulares a dar un rumbo justo y, para no perderse, respetar tres señales: intensa vida espiritual y cultural, oración mental en común y dedicación a los empobrecidos. En el segundo insistió en la fidelidad a la Iglesia.

El 27 de noviembre de 1965 el prior general le encomendó la visita canónica a las comunidades de Argentina, Brasil, Colombia, Perú y Venezuela. Partió de Roma el 6 de octubre y no regresó hasta 245 días después. Vivió la experiencia con intensidad, como una gracia que Dios le deparaba para conocer la obra de sus hermanos, y la llevó a cabo con la responsabilidad que ponía en todo. Plasmó día tras día en un diario sus impresiones y la actitud con que cumplió la encomienda, gravosa y honorífica a la vez.

Con meticulosidad y respeto a las normas y usos, llegó a casi todos los lugares donde había recoletos, dialogó con los religiosos, visitó casas, templos y sacristías, revisó los libros oficiales, se interesó por las relaciones comunitarias, la vida de piedad, el cumplimiento de las disposiciones del generalato sobre la pobreza y animó cuanto se entendía por observancia religiosa, que era para él el “sostén de toda actividad”.

Rebasó este estrecho marco disciplinar y se preocupó de mejorar la formación permanente, actualizar los métodos pastorales y extender la acción pastoral con buena atención al confesonario, cuidado de la predicación e nuevos servicios que estimularan el fervor del pueblo. Dio a conocer el Concilio y aprovechó toda ocasión para aconsejar su estudio y su puesta en práctica, como dijo en Macuto(Venezuela):

“[El Concilio Vaticano II] ha imprimido un nuevo vigor a la vida cristiana y en lo relativo a las parroquias quiere movilizar a los laicos en el servicio de la Iglesia. Hay que ponerse al día en los métodos de apostolado, hay que instruir a los seglares en la doctrina conciliar y hacerlos partícipes en el desarrollo del culto, obras sociales, educativas…”.

Promovió el uso de la lengua vernácula en la liturgia, las misas vespertinas, el apostolado laico, la renovación de las asociaciones tradicionales –Orden tercera, Cofradía de la Consolación, Talleres de Santa Rita, hermandades– y la creación de la Legión de María, los Cursillos de Cristiandad, del Movimiento Familiar Cristiano y otras modernas.

Pedía a los religiosos involucrarse más en iniciativas sociales y prestar más atención a los empobrecidos. También puso sumo cuidado en no proyectar una imagen de simple inspector. Escribe el cronista sobre su visita a Santa Fe(Argentina):

“Durante la plática, hizo notar que no llegaba a esta casa con la austeridad y rigidez de un inspector o de un simple visitador, sino, más bien, como un padre que anhelaba ver a sus hijos, interesarse de sus problemas y dificultades, si las había, y alegrarse con sus éxitos. La afabilidad y serenidad que trasparentaba su rostro, rompían las barreras y facilitaban el intercambio de ideas”.

IV.5. Procurador general (1968-1972) y postulador (1970-1972)

El Capítulo general de 1968 le volvió a nombrar procurador ante la Santa Sede. No debería haber cambiado gran cosa el ritmo de su vida, pues los asuntos eran, más o menos, los mismos, y las personas le eran más conocidas, ya que con algunas mantenía relaciones de trabajo. La realidad fue distinta.

La crisis vocacional había llegado, las deserciones aumentaban y él las tramitaba. No es difícil imaginar el dolor con que estudiaría esos expedientes. Su sensibilidad se sentiría lacerada al ver tanta defección, aunque no dejó rastro a su diario.

El Consejo general continuó acudiendo a él. En 1969 le encomendó un estudio sobre el derecho de los exgenerales a participar en los Capítulos provinciales; en 1970 le encargó un proyecto de ayuda a la misión de Lábrea (Amazonas, Brasil). En 1971 redactó, junto con fray Abel Salazar, una fórmula de profesión religiosa y al año siguiente se le pidió opinión sobre el nombramiento de un consejero general.

Más novedoso fue el nombramiento de postulador de las causas de canonización. En su diario anotó que nunca había pensado “en cosa semejante. Lo quiere el Señor por medio de los superiores. Que se haga su voluntad”. Fue de su agrado, cuadraba con su vocación y, sobre todo, esperaba que se le pegaría algún polvillo del trato con los santos.

La muerte le sorprendió cuando apenas había podido trazar el plan de trabajo, entrevistarse con oficiales de la Congregación de Ritos e iniciar algunas gestiones sobre un presunto milagro atribuido al entonces siervo de Dios Ezequiel Moreno.

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