Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. Con este motivo, Fray Alfonso comparte unas líneas sobre cómo Santo Tomás de Villanueva —tres siglos antes del dogma— predicó sobre la concepción sin pecado de la Virgen.
Cuando uno siente que llega tarde
Muchas veces siento que llego tarde a las cosas. Es un sentimiento que me acompaña constantemente en mi vida como consagrado, como cristiano, como hijo y como hermano. Pero hoy encuentro un pequeño consuelo: hay santos que llegan tarde a los dogmas… y santos que, sin saberlo, llegan antes.
Santo Tomás de Villanueva pertenece claramente al segundo grupo. Murió en 1555, tres siglos antes de que Pío IX proclamara el dogma de la Inmaculada Concepción en Ineffabilis Deus (1854). Pero basta adentrarse en sus sermones marianos para descubrir que, aunque no conoció la definición dogmática, sí conoció —y proclamó— la verdad que esa definición sellaría para siempre.
Una claridad sorprendente para su tiempo
Lo admirable no es solo que defendiera la santidad única de María, sino la precisión teológica con la que habla de su concepción sin pecado. En una época en la que la cuestión seguía siendo debatida, Tomás predicó con la naturalidad de quien contempla algo evidente.
Ya en el Sermón I, afirma que María “fue concebida sin pecado; porque, si no hubiera estado exenta de culpa, tampoco lo hubiera estado de castigo” . No es un rodeo retórico: es una afirmación nítida, directa y contundente.
En el Sermón III, lo explica de manera más clara y poética: “¡Oh María!, apareciste inmaculada en tu concepción” . Que un predicador del siglo XVI use exactamente esa expresión debería sorprendernos. Más adelante, insiste en la misma línea: María es “semejante por la carencia de pecado, semejante en la concepción sin mancha” . Es difícil encontrar una formulación más precisa del núcleo del dogma.
Pureza absoluta: ni original ni venial
Santo Tomás no solo excluye el pecado original: excluye incluso toda sombra de pecado venial. Afirma de la Virgen “no ver manchado su cuerpo con el más sutil pecado venial”.Y apoya su convicción en san Ambrosio: “Esta es la vara que no tuvo el nudo del pecado original ni la corteza del pecado venial” .
Además introduce una idea que anticipa claramente la noción de preservación: María “conservó intacta siempre la gracia que recibió desde el principio, sin arrojarla por el pecado”. Por si quedara alguna duda, añade: María “ni aun pudiera pensar en el pecado” .
Un dogma que reconoce, no inventa
Todo esto muestra que la definición de 1854 no inventó nada: reconoció solemne y definitivamente una intuición teológica viva en la Iglesia durante siglos.
Santo Tomás de Villanueva —como tantos otros santos— contempló antes lo que la Iglesia formularía después. Para él, la Inmaculada no era un tema de disputa, sino una evidencia espiritual: María es la llena de gracia porque nunca estuvo vacía de ella.
La enseñanza que necesitamos hoy
En un tiempo en que muchos reducen la fe a consensos o cálculos, la voz de un santo del siglo XVI nos recuerda que: los dogmas nacen de la oración, no de la burocracia; de la contemplación, no del cálculo; de la experiencia de Dios en los santos, no de teorías abstractas.
La Inmaculada no es un concepto. Es una mujer. Y santos como Tomás de Villanueva la vieron tal como ella es:
sin sombra alguna que apague el brillo de Dios en su vida.



