El comentario al Evangelio de este IV Domingo de Pascua, conocido como el Domingo del Buen Pastor, ha sido preparado por fray Luciano Audisio, OAR. A partir del Evangelio de san Juan, el autor nos invita a entrar en el misterio pascual desde una imagen provocadora: Cristo como puerta y pastor. En este tiempo pascual, la Palabra nos llama a atravesar nuestros propios umbrales, a discernir la voz que nos guía y a descubrir que en Jesús se abre el paso definitivo de la muerte a la vida.
Cristo, la puerta: el umbral de la Pascua
Atravesar la puerta, escuchar la voz: el misterio pascual del Buen Pastor
En este IV Domingo de Pascua, conocido como el Domingo del Buen Pastor, la Palabra de Dios nos introduce en uno de los símbolos más densos y provocativos del Evangelio de Juan. Jesús no solo habla del pastor: antes de revelarse como tal, se presenta con una imagen desconcertante: “Yo soy la puerta de las ovejas” (ἐγώ εἰμι ἡ θύρα τῶν προβάτων).
Este lenguaje no es inmediato. Juan construye un entramado de símbolos: la puerta y el pastor, que se entrelazan hasta desembocar en la gran revelación: “Yo soy el buen pastor” (Ἐγώ εἰμι ὁ ποιμὴν ὁ καλός). Pero antes de llegar allí, el Señor nos invita a detenernos en la puerta. ¿Por qué?
Porque la puerta es el lugar del paso. Es el umbral. Es aquello que permite dejar atrás un espacio y abrirse a otro nuevo. Pero hay algo más profundo todavía: la puerta, en su esencia, es un vacío. Una puerta abierta es una ausencia, un espacio que no está ocupado, y justamente por eso permite atravesar.
Y aquí aparece la primera provocación del Evangelio: Jesús se identifica con esa “ausencia”. Como la puerta, no se impone, no se deja poseer, no se puede retener. No podemos aferrarlo como quisiéramos. Y, sin embargo, es precisamente en ese “vaciamiento”, como diría san Pablo, donde se vuelve acceso para nosotros. Al despojarse, al entregarse, al no retener nada para sí, se convierte en el lugar por donde podemos pasar.
¿Y cuál es el paso por excelencia? La Pascua. El paso de la muerte a la vida.
Por eso, cuando Jesús dice “Yo soy la puerta” (ἐγώ εἰμι ἡ θύρα), está diciendo: Yo soy el lugar donde se atraviesa la muerte. Yo soy el umbral por el que se entra en la vida nueva. No hay Pascua sin puerta, y esa puerta es Él.
Esto nos remite a la experiencia fundante de Israel: la noche de la liberación, cuando las puertas de las casas fueron marcadas con la sangre del cordero. Aquella puerta sellada con sangre se convirtió en lugar de salvación. Hoy comprendemos que esa figura alcanza su plenitud en Cristo: la verdadera puerta es la cruz, marcada con la sangre del Cordero definitivo.
Discernir la voz: el corazón como lugar de encuentro
Pero el Evangelio da un paso más. Jesús advierte: “el que no entra por la puerta… es ladrón y salteador” (ὁ μὴ εἰσερχόμενος διὰ τῆς θύρας… ἐκεῖνος κλέπτης ἐστὶν καὶ λῃστής). No está hablando solo de una historia pasada, de invasiones o profanaciones del templo. Está hablando de nuestra vida.
También nuestro corazón es un redil. También en nosotros pueden entrar voces, pensamientos, deseos que no vienen de Dios, que nos roban la paz, que nos dividen, que nos desfiguran. Por eso la vida espiritual es, en gran parte, vigilancia: aprender a discernir por dónde dejamos entrar lo que entra en nuestra vida.
Y aquí aparece la figura del pastor: “las ovejas escuchan su voz… y a las propias ovejas llama por su nombre” (τὰ πρόβατα τῆς φωνῆς αὐτοῦ ἀκούει… καὶ τὰ ἴδια πρόβατα φωνεῖ κατ’ ὄνομα).
Este es el corazón del Evangelio de hoy: hay una voz que nos llama por nuestro nombre. No de manera genérica, no en masa, sino personalmente. En la Biblia, conocer el nombre es amar. Dios no nos trata como números, sino como hijos.
Pero hay también otras voces. Voces que no nos llaman por nuestro nombre, que no nos conocen, que nos usan, que nos manipulan, que prometen vida pero dejan vacío. El discernimiento espiritual consiste en aprender a distinguir estas voces.
El buen pastor no grita, no invade, no fuerza. Su voz es reconocible porque toca lo más verdadero de nosotros. Porque, cuando la escuchamos, algo en el corazón dice: “este soy yo”.
El Buen Pastor: atravesar para vivir
Y finalmente, volvemos al punto culminante: “Yo soy la puerta de las ovejas” (ἐγώ εἰμι ἡ θύρα τῶν προβάτων) y “Yo soy el buen pastor” (Ἐγώ εἰμι ὁ ποιμὴν ὁ καλός). Dos imágenes que no se oponen, sino que se iluminan mutuamente. Jesús es la puerta porque es el paso. Jesús es el pastor porque es quien guía en ese paso.
Y el Evangelio concluye con una promesa silenciosa pero inmensa: entrar y salir. Entrar y salir… dos verbos simples que contienen toda la Pascua. Entrar en la muerte con Cristo. Salir a la vida con Él.
Celebrar este domingo del Buen Pastor es dejarnos conducir por Aquel que no solo nos guía, sino que se ha hecho camino para nosotros. Es animarnos a atravesar nuestras propias “puertas”: nuestros miedos, nuestras pérdidas, nuestras cruces, sabiendo que no son el final.
Porque en Cristo, cada umbral se vuelve Pascua. Cada paso, incluso el más oscuro, puede convertirse en paso hacia la vida. Y entonces sí, podremos reconocer su voz y seguirlo.

