Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

“Bendito el que viene en nombre del Señor”: el Rey que viene en la humildad

Fray Luciano Audisio nos guía, a las puertas de la Semana Santa, del júbilo de los ramos al misterio de la cruz.
Giotto_di_Bondone_Entrada_Jesus_Jerusalen_Domingo_Ramos

La liturgia de este Domingo de Ramos nos introduce en un misterio profundamente paradójico: comenzamos con una procesión festiva y terminamos contemplando la Pasión. Aclamamos a Jesús con ramos en las manos, pero enseguida escuchamos el relato de su sufrimiento y de su cruz. Es el mismo Señor, pero reconocido de maneras muy distintas. La liturgia quiere hacernos participar de lo que vivió Jerusalén: Jesús entra en la ciudad y el pueblo intuye que algo decisivo está ocurriendo. Toman ramos, evocando la fiesta de las Tiendas (סֻכּוֹת), la gran celebración de la esperanza, aquella en la que se esperaba que Dios reuniera definitivamente a su pueblo. Sin comprenderlo del todo, están proclamando que en Jesús llega el cumplimiento de la historia, que en Él se realiza aquello que durante siglos se había esperado y celebrado simbólicamente.

Un Mesías desconcertante: realeza en la humildad

Nada en este relato es casual. Jesús entra desde el Monte de los Olivos, lugar cargado de sentido mesiánico, como el sol que nace desde el oriente, imagen del Salvador que viene a iluminar la historia. Pero lo hace de un modo desconcertante: no entra con poder visible, ni montado en un caballo de guerra, sino en un asna. Su realeza no es la del dominio, sino la del amor; no la de la fuerza, sino la de la entrega. El pueblo extiende sus mantos, gesto propio de la entronización de un rey, reconociéndolo como Mesías, y al mismo tiempo, como ha intuido la tradición de la Iglesia, esos mantos se vuelven como una mesa extendida que prepara a Jerusalén para recibir al Cordero que será ofrecido en la Pascua. Desde el inicio, la gloria y la cruz aparecen inseparablemente unidas, anticipando que el verdadero trono de este Rey será la cruz.

La incomprensión ante un Mesías inesperado

Sin embargo, en medio de la aclamación aparece también la incomprensión. La ciudad se conmueve, se agita, porque Jesús no responde a las expectativas humanas. Esperaban un Mesías fuerte, triunfante según los criterios del mundo, y en cambio aparece manso, humilde, vulnerable. Por eso muchos no pueden reconocerlo y apenas alcanzan a decir: “Éste es el profeta Jesús”. Y aquí el evangelio deja de ser solo un relato del pasado para convertirse en una pregunta viva para nosotros: ¿quién es Jesús en mi vida? ¿Es solo alguien importante, una referencia espiritual, o es verdaderamente el Señor, el cumplimiento de mi historia, aquel que da sentido a todo lo que soy y a todo lo que vivo?

Jesús, cumplimiento también de nuestra historia

Porque el mensaje de este día es que en Jesús no solo se cumple la historia de Israel, sino también la nuestra. Él viene a encontrarse con nuestros anhelos más profundos, con nuestras búsquedas, con nuestras heridas y nuestras esperanzas, pero lo hace a su modo: en la humildad, en la paciencia, en el amor que se entrega hasta el extremo. Y muchas veces, como aquel pueblo, también nosotros esperamos otro tipo de salvador, uno que resuelva de inmediato, que se imponga, que triunfe según nuestros criterios. Por eso, cuando Jesús se nos presenta en la fragilidad, en la cruz, en las situaciones donde parece ausente el poder, nos cuesta reconocerlo y confiar en Él.

Caminar con Cristo en la Semana Santa

Hoy comenzamos la Semana Santa, no como un simple recuerdo, sino como un camino real que estamos llamados a recorrer. Es un camino para entrar con Jesús en Jerusalén, para acompañarlo en su pasión, para permanecer con Él incluso cuando todo parece oscurecerse. Es el camino del discípulo que aprende que el amor verdadero pasa por la entrega, que la vida se encuentra cuando se da, y que la cruz no es el final, sino el lugar donde se revela la fidelidad de Dios. Por eso, este día nos invita a una decisión interior profunda: no basta con agitar ramos ni con una fe superficial que aclama en los momentos de entusiasmo; se trata de una adhesión que permanece también en la prueba.

Una llamada a la fe auténtica

Pidamos al Señor la gracia de reconocerlo tal como Él viene, no como nosotros lo imaginaríamos, sino como verdaderamente es: el Mesías humilde, el Rey que reina desde la cruz, el Señor que ama hasta el extremo y que, precisamente por eso, puede dar sentido pleno a nuestra vida. Que esta Semana Santa nos encuentre dispuestos a caminar con Él, a dejarnos transformar por su amor y a renovar nuestra fe. Y que, al final de este camino, podamos proclamar no solo con los labios, sino con toda la existencia: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.

Compartir:

Únete a nuestra newsletter