El Secretariado de Misiones de la Orden de Agustinos Recoletos, en colaboración con la RED Educar, organizó los días 23 y 25 de marzo dos encuentros virtuales que reunieron a estudiantes de colegios de Colombia, Argentina, Perú, Venezuela, España, Costa Rica, Panamá, Brasil, Guatemala y Estados Unidos.
Un encuentro global para anunciar a Cristo
La iniciativa, enmarcada en el Año Misionero Agustino Recoleto, permitió a cientos de jóvenes dialogar directamente con misioneros en activo, acercándose a la realidad concreta de la misión en distintos contextos del mundo.
No fueron clases, los encuentros se convirtieron en un espacio vivo de escucha, preguntas y testimonio, donde los estudiantes participaron activamente, planteando inquietudes sobre la vocación, el sentido de la misión y los desafíos de la evangelización hoy.
Tres misioneros, una misma entrega

Los encuentros contaron con el testimonio de tres religiosos con amplia experiencia misionera:
- Fray José Estebas, misionero en Chota (Perú), con décadas de servicio en los Andes.
- Fray Ismael Xuruc, consejero general y uno de los fundadores de la misión en Cuba.
- Fray José Manuel Fernández (“Espiri”), misionero en Marajó (Brasil).
En el segundo encuentro se sumaron además Francinete Souza, profesora del Colegio Santa Mónica de Breves, y los postulantes Igor y Gabriel, quienes ofrecieron también su mirada vocacional desde la experiencia misionera.
Cada uno, desde su realidad concreta, mostró el rostro diverso de la misión: desde las comunidades amazónicas accesibles solo por río, hasta las montañas andinas o la compleja situación social y económica de Cuba.
La misión que sana y transforma
Uno de los testimonios más significativos fue el de Fray José Manuel Fernández, quien compartió cómo la misión no solo transforma a quienes la reciben, sino también a quien la vive:
“Aquí me curé de todas esas enfermedades… dicen que soy el fraile de la alegría”.
Su experiencia en Marajó, marcada por el contacto con el sufrimiento y la pobreza —“el problema también del hambre… es real”— se convirtió en un camino de sanación personal y de entrega a los demás.
Por su parte, Fray Ismael Xuruc destacó el aprendizaje profundo vivido en Cuba, donde la escasez se convierte en escuela de vida:
“Tuve que aprender a sacar lo que Dios me había dado… y darlo”.
La misión, explicó, le enseñó a vivir con lo esencial, a valorar lo sencillo y a descubrir a Dios en medio de la fragilidad humana.
Una vida entregada con radicalidad
Desde los Andes peruanos, Fray José Estebas ofreció el testimonio de una vida completamente dedicada a la misión, marcada por la cercanía a las comunidades y el compromiso integral:
“El poder hacer el bien a los demás… es algo maravilloso”.
Su experiencia muestra una misión que no solo evangeliza, sino que también promueve el desarrollo humano: proyectos de agua potable, acompañamiento comunitario y apoyo a los más vulnerables, en colaboración con iniciativas como ARCORES.
Escuchar, amar y acompañar: claves de la misión
Uno de los temas más recurrentes en el diálogo con los estudiantes fue cómo ganarse la confianza en contextos culturales diversos.
Las respuestas coincidieron en una clave esencial: la autenticidad.
“Primero es escuchar, no hablar… llorar con ellos”, explicó José Manuel.
“Ser auténticos”, añadió Ismael.
“Dar todo lo que somos”, subrayó José Estebas.
La misión, lejos de imponerse, se construye desde la cercanía, el respeto y el amor concreto a las personas.
Jóvenes protagonistas de la misión

Los estudiantes no fueron espectadores, sino protagonistas. Sus preguntas abordaron cuestiones profundas: el sentido de la vocación, el miedo al compromiso, la convivencia con otras culturas o las dificultades de la misión.
Este diálogo generacional puso de manifiesto que la inquietud misionera sigue viva en los jóvenes y que necesitan espacios reales de encuentro y testimonio.
Los misioneros les animaron a comenzar desde su propia realidad:
“Sean misioneros en su propia vida”,
“No tengan miedo”,
“Ustedes son el rostro de Cristo”.
Una invitación abierta a la vocación
El encuentro concluyó con una llamada clara: la misión no es solo para algunos, sino una posibilidad abierta para todos.
Ser misionero no comienza necesariamente en tierras lejanas, sino en lo cotidiano: en la familia, en la escuela, en las relaciones diarias.
La experiencia compartida por estos religiosos dejó una certeza: la misión, vivida desde la fe y la entrega, no es una carga, sino una fuente profunda de alegría.

