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Domingo XXV del tiempo ordinario: “No olvidéis los muchos sacrificios humanos ofrecidos al dios dinero”

Lecturas: Amós 8, 4-7; Salmo 112, 1-2. 4-6. 7-8 R/. Alabad al Señor, que alza al pobre; I Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13: “Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.
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Después del Vaticano II se puso de moda en el plan de estudios eclesiásticos una asignatura novedosa por la que sentíamos casi todos mucha afición: se llamaba “teología de las realidades temporales”. Allí cabía todo y, naturalmente, también el dinero.

Quevedo ya decía que “poderoso caballero es don Dinero”. Pero el naturalista suizo Jean Louis Agassiz, cuando le ofrecieron una suma espectacular por unas conferencias, respondió: “No puedo perder tiempo en ganar dinero”.

Cicerón sentenció que “no hay fortaleza tan bien defendida que no pueda conquistarse con dinero” y Jacinto Benavente dejó escrito en sus Rosas de otoño: “El dinero no puede hacer que seamos felices; pero es lo único que nos compensa de no serlo”.

Podríamos multiplicar las citas, porque es una de las realidades que más preocupación lleva a la mayoría, sea porque lo tienen y hay que guardarlo o aumentarlo, o porque carecen de él y hay que imaginar y luchar por conseguirlo.

El obispo de Auxerre, Jacques Amyot, en el siglo XVI, dijo: “El dinero no puede entrar en casa del honrado más que por la puerta de la virtud”. De nuestra postura cristiana ante el dinero hablan hoy Amós y Jesús.

No podéis servir a Dios y al dinero.

Solo hay un Dios y nosotros lo llamamos Padre, Hijo y Espíritu Santo. En la vida se concreta en una serie de decisiones, como no competir con Dios, único valor absoluto, norma y medida de todo, lo único imprescindible y necesario, lo que por sí mismo basta y lo que presta importancia a las demás realidades.

Cualquier cosa que pretendiera robarle la honra debida a Dios se convertiría en un ídolo. Aquí caben muchos adoradores: los que viven exclusivamente para el placer; los que han planificado su biografía para conseguir a toda costa la influencia y el poder, a veces, tan degradado (incluid aquí los negocios más sucios y las mafias más repelentes); quienes han apostado por el “yo soy el rey” y sus orgullosos satélites (al despotismo feroz suele unirse el desprecio, la corrupción y la arbitrariedad); o los que cifran todo su interés en el dinero y por él sacrifican -convertido ya en ídolo insustituible- esfuerzos, familia y hasta la propia conciencia.

En aras de este ídolo se han ofrecido muchos sacrificios humanos. ¡Cuánto dolor por la esclavitud, la trata de personas, el tráfico de drogas y armas, el trabajo infantil… ¡Cuántas guerras iniciadas! Amós denuncia la torpeza de los ricos sin escrúpulos que estrujan a los pobres. Y advierte: “Jura el Señor que no olvidará jamás vuestras acciones”.

El dinero es necesario, pero nunca puede convertirse un competidor de Dios, porque atrae dolor, sufrimiento, injusticia y odio. Por tanto, no podéis servir a Dios y al dinero.

La astucia de este mundo

La gente con negocios se despliega para alcanzar el éxito. Salvando las distancias, se parecen al administrador de la parábola. No proceden con improvisación, se preparan con carreras durísimas, masters y pruebas competidísimas; renuncian a vacaciones y descanso; se arman de paciencia con los clientes, aun con los más pelmas, con simpatía derrochadora y la sonrisa en los labios, siempre tan amables.

Y para los religiosos, por ejemplo, ¿no ha de servirnos esta habilidad de estímulo al sembrar el evangelio? Preparar las homilías, organizar la catequesis, ensayar los cantos, atender a la gente, hacer celebraciones dignas, colaborar con otras iniciativas.

Podemos tener un corazón ferviente de aficionado pero trabajar con la preparación y el interés de un profesional. Los talentos hay que devolverlos con réditos e intereses y hemos sido investidos de muchos dones para que den abundante fruto.

Ganaos amigos con el dinero injusto.

Para san Lucas, el dinero injusto es vil metal. Y Jesús no nos induce a sobornar a nadie, sino a solidarizarnos con los desfavorecidos y poner los bienes a su servicio. En vez de la execrable hambre del oro (como la llama el poeta Virgilio), lo que ha de arrastrar nuestro corazón es la justicia que reparte según las necesidades e iguala las escandalosas diferencias económicas y sociales.

El servicio al dinero produce competencia, egoísmo y ambición, con la consiguiente desigualdad e injusticia. El servicio a Dios trae consigo la fraternidad y las obras del amor. Con ellas nos hacemos imagen del Señor, que “levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre”.


Adaptación de un texto del agustino recoleto Santiago Marcilla (1950-2016).

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