La rapidez en conseguir las metas que uno se proponga es hoy algo importante y un recurso común en la publicidad: “aprenda el inglés sin esfuerzo en cinco semanas”; todos sabemos que no puede ser verdad: dominar un idioma requiere de mucho más tiempo; si, además, se renuncia al esfuerzo, el postulado ya deriva en engaño. Pero siempre habrá gente que gaste su dinero en ello atraído por la propuesta.
¡Qué distinto panorama el del evangelio! Jesús parece no saber vender bien su mercancía. Ni se anda con chiquitas ni da rodeos para endulzar su propuesta. La propone a carne viva, con palabras directas y sin que parezca importarle demasiado cuántos acogerán el mensaje.
Hemos oído que “mucha gente lo acompañaba”. Esos mismos, ¿le seguirían luego de escucharle tales consignas de fuego? A pesar de lo sorprendente y radical, no busquemos otra cosa en el evangelio: el seguimiento de Jesús no es posible a medias tintas, guardándose ases en la manga, nadando y guardando la ropa.
Frente a él, el absoluto, todo lo demás es basura o, a lo más, relativo. ¿Quién, en sus cabales, podría pedir una renuncia total para seguirle y no ser tildado de insensato? Hasta la familia es un valor menor para quien quiera ser discípulo de este raro Maestro.
Podríamos darle la vuelta al argumento: si la familia es tan importante, si en ella está el ambiente y el calor para crecer equilibradamente, si es fuente de seguridad, cariño, comprensión y amor; y, por otra parte, Jesús pide posponerla cuando entra él en escena: ¿no es porque Él es más importante y sagrado, más imprescindible y absoluto?
El Maestro -por pedir, que no quede-, se atreve a lo imposible. “No puede ser mi discípulo” el que no renuncia a sus bienes (coche, móvil, internet, casa, patinete y paraguas, mascotas y vacaciones, vestidos y comida) e incluso a sí mismo (el yo y sus satélites y afanes, ser el primero, recibir el elogio, blindar la vida contra las inclemencias, el ridículo, el fracaso y el riesgo de perder la salud).
Esta página del Evangelio es igual de auténtica que esas otras que da gusto oír porque hablan del amor o de la solidaridad. Pero, en definitiva, esto también va del amor, de un amor purificado, pedido en la oración, llorado en la tentación y cantado en la victoria.
Como sabe el Señor que esto de ser santo no se consigue en tres veranos, nos hace rezar como el salmista: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato”. Hoy es un día pintiparado, al hilo de lo escuchado, para pedir sabiduría, o sea, un corazón cuerdo y juicioso, tejido de sentido común y atrevimiento, de prudencia y valentía, amor y visión de fe.
Es lo mismo que se desprende del libro de la Sabiduría: nuestros pensamientos son tan mezquinos y nuestros razonamientos tan falibles, que andamos como palpando a duras penas dónde pisar. Sólo la sabiduría del cielo permite andar por el camino recto y llegar a Dios felizmente. Y no os confiéis pensando que “aún es pronto”. Decía el estadista inglés Lord Chesterfield: “Si no plantamos el árbol de la sabiduría cuando somos jóvenes, no podrá prestarnos su sombra en la vejez”.
Seguir a Cristo exige opciones valientes y personales; tomar la cruz y renunciar a sí mismo, a las apetencias más instintivas o a las sugerencias de este mundo. No se trata de saber verdades, sino de aceptar un estilo de vida; ni renunciar por masoquismo (renunciar no es odiar ni despreciar), sino porque la perla preciosa merece todos los esfuerzos y sacrificios y proporciona la felicidad más honda a la que aspire un corazón.
Seguir a Jesús, como ha recordado la segunda lectura, incluye tratar bien a todos, hombre y mujeres, familiares y extraños; usar con todos de misericordia y tolerancia, y perdonar siempre, aunque hayamos sido objeto de ofensas o injusticias.
Que el Señor nos conceda su sabiduría para ver claramente y su gracia para seguirle con coherencia y fidelidad.
Adaptación de un texto del agustino recoleto Santiago Marcilla (1950-2016).



