En este comentario al Evangelio del Domingo de la Divina Misericordia, fray Luciano Audisio, OAR, nos sitúa en la experiencia pascual de los discípulos (Jn 20), marcada por el miedo, la ausencia y el encuentro con el Resucitado. En este contexto, la fe aparece como una experiencia viva que nace en la comunidad, se alimenta del encuentro y se abre a la misión. La Pascua se revela así como una irrupción de vida nueva que transforma el corazón y lo envía al mundo.
El Resucitado entra en nuestras puertas cerradas
Estamos en el Domingo de la Divina Misericordia, el antiguo Domingo in albis, cuando los recién bautizados volvían a la comunidad revestidos de blanco. No era solo una vestidura exterior: era el signo visible de una vida nueva, de una existencia transformada por la Pascua. Ese vestido hablaba de una identidad distinta, de una manera nueva de estar en el mundo. Y, en el fondo, también nosotros hoy venimos “revestidos”, mostrando —quizás sin darnos cuenta— quiénes somos, cómo vivimos, qué llevamos en el corazón.
El Evangelio que escuchamos hoy es como una fotografía de ese corazón. Los discípulos están encerrados por miedo. Y si somos sinceros, también nosotros muchas veces vivimos así: cerrados, defensivos, marcados por heridas, por incertidumbres, por desilusiones. Y, sin embargo, en ese lugar cerrado irrumpe el Resucitado. No espera a que todo esté en orden, no exige condiciones previas: entra tal como estamos.
Y lo primero que dice es: “la paz sea con ustedes” (εἰρήνη ὑμῖν). Esta paz no es simplemente la ausencia de conflictos; es plenitud, es armonía, es la vida misma de Dios que se comunica. Es la primera palabra del Resucitado y es también la primera experiencia de toda verdadera oración: cuando hacemos silencio, cuando dejamos que la Palabra entre en nosotros, lo primero que acontece no es el esfuerzo humano, sino el don de una paz que nos precede.
Del miedo a la misión: el soplo de la vida nueva
Pero esa paz no es un refugio intimista. Inmediatamente Jesús añade: “como el Padre me envió, así los envío yo” (καθὼς ἀπέσταλκέν με ὁ πατήρ). La paz viene siempre acompañada de una misión. No es para guardarla, sino para transmitirla. Es entrar en la misma dinámica de amor que une al Hijo con el Padre y dejar que esa relación se prolongue en nuestra vida. La resurrección no es un recuerdo del pasado: es una fuerza que sigue actuando, que busca encarnarse en nosotros.
Y entonces Jesús realiza un gesto sorprendente: “sopló sobre ellos” (ἐνεφύσησεν). Es un gesto de una ternura inmensa, profundamente humano y, al mismo tiempo, divino. Evoca el momento de la creación, cuando Dios sopla sobre el hombre y le da vida. Evoca también el paso del Mar Rojo, cuando el viento abre un camino de libertad. Aquí, Jesús recrea a sus discípulos: no solo los consuela, sino que los hace nuevos. Les da su propio aliento, su propia vida.
Sin embargo, hay un detalle que no podemos pasar por alto: uno de los discípulos no estaba. Tomás está ausente. Y esto también nos toca de cerca, porque siempre hay ausencias en nuestras vidas. A veces nos ausentamos porque estamos cansados, porque algo nos ha decepcionado, porque no soportamos más un ambiente cargado de fracaso o de dolor.
Pero esa ausencia de Tomás es providencial. Porque en él estamos nosotros. También nosotros estábamos ausentes la mañana de Pascua. Ninguno de nosotros estuvo allí. Y, sin embargo, creemos. ¿Cómo es posible? Porque hemos escuchado el testimonio de una comunidad. La fe nace así: de una palabra que nos llega, que al principio quizá nos cuesta aceptar, pero que poco a poco nos abre a un encuentro.
Creer para que la vida brote
Tomás quiere ver, quiere tocar. Y Jesús no rechaza ese deseo. Al contrario, lo acoge y lo lleva más lejos: lo invita a tocar sus llagas. Porque el encuentro con el Resucitado no es un contacto con algo ideal o abstracto; es el encuentro con Aquel que ha sido herido, con Aquel que ha amado hasta el extremo. Las llagas permanecen, pero ya no son signo de derrota: son fuente de vida.
Aquí se revela algo muy profundo. Juan nos dice que todo esto ha sido escrito “para que, creyendo, tengan vida en su nombre” (ἵνα πιστεύοντες ζωὴν ἔχητε ἐν τῷ ὀνόματι αὐτοῦ). En la Biblia, el “nombre” no es una etiqueta: es la identidad, la presencia. En el Antiguo Testamento, el nombre de Dios era impronunciable, inaccesible. Y, sin embargo, todo el pueblo de Israel buscaba expresar quién es Dios sin poder encerrarlo en una definición.
Ahora, en la Pascua, ese misterio se revela. La resurrección es la manifestación del nombre de Dios, de su identidad más profunda. Dios se da a conocer como Aquel que da vida, como Aquel que atraviesa la muerte y la transforma. Pero sigue siendo un misterio que no podemos poseer ni controlar. Solo podemos entrar en relación con Él.
Por eso, los evangelios no son simplemente relatos del pasado. Son palabras escritas para ser oradas, para introducirnos en esa relación viva. No son una biografía de Jesús, sino una puerta. Nos enseñan a orar, a reconocer al Resucitado, a dejarnos transformar por su presencia.
Y entonces la pregunta para nosotros hoy es muy concreta: ¿desde dónde estamos escuchando este Evangelio? ¿Desde el miedo de los discípulos encerrados? ¿Desde la ausencia de Tomás? ¿Desde el deseo de tocar, de comprender?
Sea cual sea nuestro lugar, el Señor viene. Entra en nuestras puertas cerradas, pronuncia su paz, sopla sobre nosotros su vida y nos envía. Y nos invita a algo muy simple y muy profundo: a creer, no como quien posee una certeza fría, sino como quien se deja alcanzar por una presencia.
Creer es, en el fondo, dejar que la vida brote en nosotros “en su nombre” (ἐν τῷ ὀνόματι αὐτοῦ), es decir, en su misma presencia, que siempre nos supera, pero que nunca deja de buscarnos.

