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Convertir la mirada: el Reino de Dios ya está cerca

Comentario al evangelio: “Convertíos”. La conversión como cambio de mirada para reconocer el Reino en lo cotidiano y responder a la llamada de Jesús.
Close up of flowing sands in sandglass on a black background.

En el inicio de su vida pública, Jesús comienza a predicar no desde un lugar ideal, sino desde la frontera: Galilea y Cafarnaúm. En este comentario al evangelio dominical, fray Luciano Audisio nos invita a comprender la metánoia como un cambio de mirada capaz de reconocer la cercanía del Reino en lo cotidiano, y a descubrir que la misión nace siempre como respuesta a una necesidad concreta: allí donde falta una voz, Cristo habla y llama a caminar con Él.

“Convertíos”: reconocer el Reino que ya está entre nosotros

Estamos al inicio de la predicación de Jesús, en ese momento decisivo en el que su palabra comienza a resonar públicamente. Pero el Evangelio nos hace comprender que nada de esto es improvisado. Antes de hablar, Jesús ha escuchado; antes de anunciar, ha atravesado el Jordán y el desierto. El bautismo recibido de Juan y los cuarenta días en el desierto han sido una verdadera escuela de discernimiento: allí se ha confrontado con la misión, ha aprendido a distinguir, a elegir, a esperar el tiempo justo. Y ese tiempo llega cuando Juan el Bautista es arrestado. Cuando la voz del profeta es silenciada, Jesús comprende que ha llegado su hora. No entra en escena por ambición ni por protagonismo, sino porque hay un vacío que no puede quedar sin respuesta. Allí donde falta una voz, Él habla; allí donde hay una ausencia, Él se ofrece.

Este dato es profundamente iluminador también para nuestra vida. La vocación no nace de un deseo genérico de realización personal ni de una inclinación interior aislada, sino de una necesidad concreta que se impone ante nuestros ojos. Dios llama allí donde algo falta, donde hay sufrimiento, injusticia, desierto, silencio. Jesús comienza su misión cuando otro ya no puede cumplir la suya. Así se revela una lógica fundamental del Evangelio: la llamada surge siempre como respuesta a una carencia, a una herida de la historia que clama por ser sanada.

Galilea: la periferia donde la Palabra se hace carne

El Evangelio nos dice que Jesús va a Galilea y se establece en Cafarnaúm, «junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí». No es un simple traslado geográfico. Galilea es una tierra de frontera, una región mezclada, habitada por judíos y paganos, conocida como la Galilea de los gentiles. Es un espacio marginal, una periferia existencial, donde la identidad religiosa no puede vivirse de manera protegida ni cómoda. Vivir allí significaba exponerse a la diferencia, a la impureza, a la complejidad de la vida real. Y es precisamente allí donde Jesús decide habitar. No elige un lugar idealizado, sino una ciudad de pescadores, ambigua, atravesada por tensiones y contradicciones. Cafarnaúm no es una ciudad de santos, sino una ciudad real. Y es en medio de esa realidad concreta donde la Palabra de Dios se hace carne.

Esto nos revela algo esencial: Dios no espera a que nuestra vida sea perfecta para hacerse presente. Nos habla en la cotidianidad, en las zonas grises, en los espacios donde convivimos con nuestras fragilidades y contradicciones. Es allí donde puede resonar su voz, si aprendemos a escuchar.

Metánoia: un cambio de mirada para reconocer el Reino

La primera palabra que Jesús pronuncia es clara y exigente: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos». La conversión, metánoia (μετάνοια), no es ante todo un esfuerzo moral ni un simple cambio de conducta. Es un cambio profundo de mirada, una transformación del modo de comprender la realidad. Metánoia significa ir más allá del propio modo de pensar, aprender a ver de otra manera. En este sentido, está muy cercana a la raíz latina de inteligencia, intus legere: leer dentro, atravesar las apariencias.

Convertirse es aprender a leer la realidad en profundidad, reconociendo que detrás del gran telón de la existencia – las relaciones, el trabajo, la vida cotidiana – está Dios actuando. El Reino de los cielos que está cerca no es una amenaza apocalíptica ni un anuncio del fin del mundo. Es la cercanía misma de Dios, hecha visible en Jesús. Él no solo anuncia el Reino, Él lo encarna. En su persona descubrimos que Dios está presente en lo ordinario, en lo pequeño, en lo que muchas veces nos parece irrelevante. La conversión consiste en dejarnos transformar por esta presencia y permitir que cambie nuestra manera de mirar el mundo, a los otros y a nosotros mismos.

Pero Jesús no vive esta misión en soledad. Inmediatamente después de anunciar el Reino, llama a otros. La Palabra no se anuncia en aislamiento. No hay Evangelio sin comunidad, no hay misión sin relaciones. Es como si Jesús dijera también hoy a cada uno de nosotros: te necesito. Te necesito dentro de una historia compartida, dentro de un nosotros que haga creíble el anuncio.

Llamados en lo cotidiano: una fraternidad que anuncia el Reino

Jesús camina junto al mar de Galilea y ve a dos hermanos. No ve individuos aislados, ve una relación. Ese espacio, entre el mar y la tierra firme, evoca el gesto creador de Dios en el Génesis. Es un lugar de frontera, de nueva creación. Allí, dos hermanos que podrían vivir en rivalidad son llamados juntos. Su testimonio no será solo con palabras, sino con su modo de estar juntos, con la fraternidad vivida. El Reino se anuncia a través de relaciones transformadas.

Están echando la red al mar, inmersos en su trabajo cotidiano. Jesús los llama allí, no fuera de la vida, sino en medio de ella. Echar la red es un gesto de espera, de confianza, de esperanza abierta. Y es en ese momento cuando Jesús les dice: «Os haré pescadores de hombres». No les quita lo que son; lo lleva a su plenitud. La vocación no anula la identidad, la cumple. Simón llega a ser verdaderamente Pedro solo en el encuentro con Jesús.

Ser pescadores de hombres, en la tradición bíblica, significa salvar, rescatar del exilio, devolver a la vida. No se trata de dominar, sino de liberar. Lo mismo ocurre con Santiago y Juan, llamados también en su lugar de trabajo. Dejan las redes, la barca, incluso al padre. No porque rechacen sus vínculos, sino porque la llamada de Jesús reordena todo desde el Reino.

Así, el Evangelio nos muestra que la salvación acontece en lo concreto de la vida, que la conversión es un cambio de mirada, y que la misión nace siempre de una respuesta a una necesidad. Hoy también, el Señor pasa por nuestra orilla, en medio de nuestra vida cotidiana, y nos llama a reconocer su presencia, a dejarnos transformar por ella y a convertir nuestras relaciones y nuestra historia en lugar vivo del anuncio del Reino.

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