Aurora Campos nos acerca a la figura del beato Francisco de Jesús, uno de los mártires agustinos recoletos del Japón del siglo XVII. Compañero de misión del beato Vicente de San Antonio, recorrió durante años las montañas y aldeas ocultas de Nagasaki sosteniendo la fe de las comunidades cristianas perseguidas. Su vida, marcada por las despedidas, la misión y la fidelidad hasta el extremo, culminó en el martirio el 3 de septiembre de 1632. Su historia constituye uno de los testimonios más luminosos de la evangelización cristiana en Japón.
Un misionero forjado en la renuncia y la fidelidad
Aunque los beatos Vicente de San Antonio y Francisco de Jesús habían puesto pie en Japón en la misma expedición misionera, muy pronto los caminos de ambos habrían de separarse. Aquella despedida, que parecía una simple exigencia de la prudencia, era en realidad el primer capítulo de una nueva prueba que la Providencia tenía reservada para ellos.
Las circunstancias lo exigían. Francisco de Jesús era español, y desde 1623 las autoridades japonesas habían expulsado de sus dominios a todos los comerciantes procedentes de España, acrecentando la vigilancia sobre cuantos pudieran estar relacionados con ellos. Pero existía además una razón todavía más grave: la persecución contra los cristianos se había vuelto feroz. Cada mes llegaban noticias de nuevas detenciones, de catequistas desaparecidos, de familias enteras obligadas a ocultar su fe bajo amenaza de muerte. Los sacerdotes y religiosos eran perseguidos con particular empeño, como si arrancando a los pastores pudiera dispersarse el rebaño.
Así, mientras Vicente de San Antonio permanecía en Nagasaki protegido discretamente por la comunidad portuguesa, Francisco tuvo que internarse en las agrestes montañas que rodeaban la ciudad. Allí comenzó una existencia errante y silenciosa. Entre senderos cubiertos de niebla, bosques de cedros centenarios y aldeas escondidas entre las laderas, aprendía la lengua japonesa mientras administraba los sacramentos y fortalecía la fe de los cristianos ocultos.
Las noches transcurrían a menudo en humildes chozas de madera. El olor de la leña húmeda impregnaba las estancias. El viento descendía desde las cumbres haciendo crujir los bambúes, y en la oscuridad apenas rota por la luz vacilante de una lámpara de aceite, el joven misionero escuchaba las confesiones de aquellos fieles que arriesgaban la vida por seguir a Cristo. El murmullo de las oraciones se mezclaba con el rumor lejano de los arroyos de montaña. A veces bastaba el ladrido inesperado de un perro para sembrar el temor de una redada.
Sin embargo, la persecución no intimidaba al beato Francisco de Jesús. Había aprendido a convivir con el peligro durante los años que pasó en Zambales, en Filipinas, entre 1620 y 1622. Aquellas tierras abruptas, habitadas por pueblos especialmente hostiles a la presencia de los misioneros, habían curtido su espíritu. Allí había visto correr la sangre de algunos evangelizadores y había comprendido que el anuncio del Evangelio no pocas veces florece regado por el sacrificio de quienes lo predican.
Durante tres años recorrió los montes de Nagasaki, sembrando la fe con paciencia y valentía. Pero el cerco de la persecución se iba estrechando. Las patrullas aumentaban, los escondites comenzaban a ser conocidos y las delaciones se multiplicaban. Finalmente, convencido de que su presencia resultaba cada vez más peligrosa para las comunidades cristianas que atendía, decidió partir hacia el norte de Japón junto con otros religiosos.
Era abril de 1626 cuando emprendió aquel largo viaje. Los caminos polvorientos, los puertos azotados por el viento y las interminables jornadas a pie lo alejaron más de dos mil kilómetros de su hermano de hábito, Vicente de San Antonio.
Mientras avanzaba hacia aquellas regiones remotas, una extraña melancolía fue ocupando su corazón. Aquella nueva despedida le hizo comprender que toda su vida había estado tejida con hilos de separación y renuncia.
Recordó entonces a su madre, fallecida en Villamediana cuando él apenas contaba dos años. Apenas conservaba de ella más que una sombra difusa y algún recuerdo transmitido por otros, pero aquella ausencia había acompañado silenciosamente toda su existencia. También vino a su memoria la muerte de su padre cuando tenía seis años, dejándolo huérfano a una edad en la que los niños apenas comienzan a comprender el mundo.
Después recordó a los dos tíos sacerdotes que lo acogieron y educaron durante su infancia. Ellos le enseñaron las primeras oraciones, le mostraron el camino de la fe y cuidaron de él como verdaderos padres. Pero también de ellos tuvo que despedirse para marchar a estudiar al colegio de los jesuitas de Palencia. Más tarde dejó atrás a aquellos maestros para continuar sus estudios en Valladolid.
Y fue precisamente en Valladolid donde escuchó otra llamada, más profunda y definitiva. Entre los muros austeros del convento de los agustinos recoletos descubrió una belleza distinta de la que ofrece el mundo. El silencio de los claustros, el sonido de las campanas rompiendo la madrugada, el perfume de la cera encendida durante los oficios nocturnos y el ejemplo de aquellos religiosos encendieron en él un fuego que ya nunca se apagaría. Allí se despidió para siempre de las ambiciones humanas y abrazó la vida religiosa, profesando como agustino recoleto en 1615.
Ahora, mientras atravesaba Japón perseguido por causa de Cristo, comprendía que todas aquellas despedidas no habían sido pérdidas. Dios había ido vaciando sus manos para llenarlas únicamente de sí mismo.
En las tierras del norte encontró comunidades cristianas hambrientas de consuelo y de esperanza. Allí, entre aldeas dispersas y caminos apenas trazados, el beato Francisco de Jesús continuó sembrando el Evangelio. El Señor bendecía abundantemente sus trabajos. Allí donde llegaba, los cristianos recuperaban el ánimo; los catecúmenos pedían el bautismo; las familias perseguidas encontraban fortaleza para perseverar. Sin embargo, el misionero sabía que ninguna obra apostólica le pertenecía realmente. Era apenas un sembrador que avanzaba dejando la semilla en manos de Dios.
Permaneció en aquella región aproximadamente un año. Después llegaron cartas, mensajes y noticias procedentes de Nagasaki. Su hermano de hábito, el beato Vicente de San Antonio, solicitaba su regreso. Había además, como él mismo escribiría discretamente en una de sus cartas, «otras muchas razones». Sin vacilar, emprendió nuevamente el camino hacia el sur.
Al regresar a Nagasaki volvió a sumergirse en el corazón mismo de la tormenta. La persecución había recrudecido. Los espías se multiplicaban. Los registros eran constantes. Los cristianos aprendían a reconocerse mediante discretas señales y a reunirse bajo la protección de la noche. Más de una vez Francisco tuvo que escapar precipitadamente de sus perseguidores. En una ocasión logró salvar la vida disfrazándose de mujer, atravesando sin ser reconocido algunos controles de vigilancia.
Aquella escena, que con los años arrancaría más de una sonrisa a quienes escuchaban el relato, despertó en él recuerdos lejanos. Le vinieron a la memoria los días pasados en Salamanca, en 1619, cuando todavía era un joven religioso lleno de proyectos y entusiasmo. Recordó las ocurrencias de los estudiantes, las bromas ingeniosas, los debates interminables en las aulas y corredores universitarios. Allí había escuchado con claridad la llamada de Dios a partir hacia las misiones de Filipinas. Nunca habría imaginado entonces que aquella voz terminaría conduciéndolo hasta los confines del Japón.
Entre los cristianos ocultos de Nagasaki
Qué remotas parecían ahora aquellas jornadas juveniles. Sin embargo, incluso aquellas experiencias habían sido preparaciones discretas de la Providencia, que lo había ido formando para sobrevivir entre persecuciones y peligros.
La vida en Nagasaki se convirtió entonces en una peregrinación constante. Nunca permanecía más de dos días en el mismo lugar. Una noche dormía en una humilde vivienda de pescadores junto al olor penetrante de las redes húmedas y el sonido de las olas golpeando la costa. Otra noche encontraba refugio en alguna choza perdida entre los bosques, donde el aroma de los pinos y el canto de los insectos llenaban el silencio. Vivía siempre alerta, dispuesto a partir en cualquier momento.
Pero precisamente aquella vida precaria daba aún más fuerza a su testimonio. Los cristianos veían en él a un padre que compartía sus sufrimientos y riesgos. Muchos encontraron en su ejemplo la valentía necesaria para permanecer fieles a Cristo.
Entre ellos destacaba una joven japonesa que habría de convertirse en una de las figuras más luminosas del cristianismo nipón: Magdalena de Nagasaki. Catequista fervorosa y terciaria agustino recoleta, acompañó al beato Francisco de Jesús en numerosas correrías apostólicas por las montañas. Conocía los senderos ocultos, las casas seguras y las familias cristianas dispersas por la región. Escuchó de sus labios innumerables enseñanzas y aprendió de él la firmeza de la fe. Años después, cuando el misionero hubiera entregado ya su vida por Cristo, ella continuaría su obra evangelizadora hasta alcanzar también la gloria del martirio.
Entretanto, la persecución seguía creciendo como una sombra amenazadora. Aun así, el destino quiso conceder a los dos religiosos recoletos una última alegría. El 28 de agosto de 1629 pudieron celebrar juntos la fiesta de san Agustín. Quizá compartieron recuerdos de España, evocaron sus años de formación religiosa o comentaron los desafíos de la misión. Tal vez rezaron juntos las palabras del santo de Hipona que tanto amaban. Ninguno de los dos imaginaba que aquella sería su última fiesta agustiniana en libertad.
Tres meses más tarde, el 18 de noviembre de 1629, Francisco fue apresado en las montañas cercanas a Nagasaki. Su escondite había sido descubierto después de que un cristiano, sometido a terribles torturas, revelara involuntariamente el lugar donde se encontraba.
Las cadenas no tardaron en cerrarse sobre sus muñecas.
Fue conducido a la cárcel de Nagasaki. Allí encontró a un viejo compañero de misión: el agustino Bartolomé Gutiérrez, el veterano misionero que llevaba más años evangelizando en Japón y que los había acogido al llegar al país seis años antes. Poco después también ingresó en la prisión Vicente de San Antonio. A ellos se unirían Antonio Ygida y el franciscano fray Gabriel.
Las estrechas celdas resonaban con el ruido metálico de las cadenas y el gemido de los prisioneros. Sin embargo, lejos de convertirse en un lugar de desesperación, aquella cárcel terminó transformándose en una especie de monasterio del sufrimiento. Los religiosos rezaban juntos, se animaban mutuamente y fortalecían a quienes compartían su cautiverio.
Dos semanas después fueron trasladados a la temida prisión de Omura.
El martirio del beato Francisco de Jesús
El lugar parecía diseñado para quebrar cuerpos y espíritus. El aire estaba cargado de humedad. Los muros exhalaban un olor agrio a enfermedad y encierro. Durante cerca de dos años permanecieron encerrados en estrechas jaulas de madera, apenas capaces de moverse. El invierno penetraba por las rendijas helando los huesos; en verano el calor se volvía insoportable. Sin embargo, los mártires seguían alentando a los demás prisioneros a perseverar.
En 1631 fueron conducidos nuevamente a Nagasaki y después al lugar más temido de todos: Unzen, el llamado «infierno de Arima».
Aún hoy las montañas volcánicas de aquella región exhalan vapores sulfurosos. El olor acre del azufre impregna el aire y dificulta la respiración. El suelo hierve bajo los pies. Allí los perseguidores habían encontrado un instrumento de tortura particularmente cruel.
Los cristianos eran sumergidos repetidamente en aguas hirvientes cargadas de minerales volcánicos. El propósito no era matarlos rápidamente, sino arrancarles una apostasía pública.
Vicente de San Antonio quedó prácticamente destruido después de cinco sesiones. Bartolomé Gutiérrez ni siquiera fue sometido al tormento, pues su estado físico era tan precario que los verdugos temían que muriera antes de tiempo.
Francisco, en cambio, parecía fuerte. Su constitución robusta y su firmeza al responder a las autoridades provocaron la furia de sus jueces. Por ello le aplicaron siete sesiones completas.
La carne se abrió en innumerables heridas. Las llagas cubrían brazos, piernas y espalda. El dolor era constante. Cada movimiento desgarraba nuevamente la piel. Sin embargo, quienes lo contemplaban quedaban impresionados por su serenidad.
De aquellas heridas surgió probablemente la única reliquia física conservada del mártir: un pañuelo empapado en sangre que un dominico logró rescatar y enviar a Manila al provincial de los agustinos recoletos. Con el paso de los siglos aquella reliquia, junto con tantas otras procedentes de los mártires japoneses, acabaría desapareciendo cuando la histórica iglesia de San Nicolás de Intramuros fuera destruida durante la Segunda Guerra Mundial.
Tras treinta y un días en aquel verdadero infierno fueron devueltos a Nagasaki.
Durante nueve meses más permanecieron en prisión. Las heridas abiertas seguían supurando. El dolor no concedía tregua. Sin embargo, cada amanecer los acercaba un poco más a la meta anhelada.
Finalmente llegó el día.
Era el 3 de septiembre de 1632.
Los soldados condujeron a los condenados hacia la colina de los mártires. El sendero ascendía suavemente frente a la inmensa bahía de Nagasaki. El mar brillaba bajo la luz del sol. Las embarcaciones parecían pequeñas sombras deslizándose sobre el agua.
Mientras avanzaba, Francisco levantó la mirada hacia el horizonte.
Entonces recordó otro puerto, otro océano y otro viaje. Recordó el día en que embarcó en Acapulco rumbo a Oriente. Volvió a sentir la inmensidad del Pacífico, el crujido de la madera de la nao y el rugido de las tormentas en alta mar.
Durante diez años había recorrido miles de kilómetros sobre aquel océano inmenso.
Ahora comprendía que todos aquellos viajes habían sido una sola travesía.
La nave de su vida llegaba finalmente al puerto definitivo.
Al acercarse al lugar de la ejecución se arrodilló. Besó el madero al que sería atado y dio gracias a Dios por haberlo considerado digno de participar en la pasión de Cristo.
Los verdugos obedecían órdenes precisas. Ataron a los mártires únicamente por los pulgares, dejando abierta la posibilidad de retractarse en cualquier momento.
Pero quienes habían soportado cárceles, tormentos y años de persecución no estaban dispuestos a retroceder.
Cuando la leña fue humedecida y comenzaron a acercarse las antorchas, los mártires elevaron sus voces en oración.
Las llamas crecieron lentamente.
El humo ascendió envolviéndolos.
Todavía pudieron escucharse salmos, himnos y alabanzas dirigidas a Dios. Los cristianos que observaban desde la distancia lloraban y rezaban. Aquellas voces, debilitadas por el humo, continuaban exhortándolos a permanecer fieles hasta la muerte.
Poco a poco el silencio sustituyó a los cantos.
Los cuerpos fueron consumidos por el fuego.
Después las cenizas fueron arrojadas al mar, como si las autoridades quisieran borrar para siempre cualquier recuerdo de aquellos hombres.
Pero el mar no guarda aquello que pertenece a Dios.
Siglos después, en la iglesia parroquial de Villamediana, su pueblo natal, un cuadro sigue representándolo con los brazos abiertos, atado al árbol del suplicio mientras las llamas ascienden a sus pies. Es la imagen de un hombre que pasó toda la vida despidiéndose de cuanto amaba para quedarse únicamente con Cristo.
El 7 de julio de 1867 el papa Pío IX lo proclamó beato junto con otros mártires del Japón. Desde entonces la Iglesia celebra su memoria cada 28 de septiembre.
Pero su verdadera fiesta había comenzado mucho antes, aquella mañana luminosa de septiembre de 1632, cuando desde la colina de Nagasaki contempló por última vez el océano y comprendió que, tras tantas tormentas, el viaje había terminado.



