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La ausencia habitada por la promesa: la Ascensión como nueva presencia de Cristo

Comentario al Evangelio de la Ascensión del Señor por fray Luciano Audisio: una reflexión sobre la ausencia de Dios, la fragilidad de la fe y la promesa de Cristo que permanece con nosotros todos los días.
cielo

El comentario al Evangelio de la solemnidad de la Ascensión del Señor, escrito por fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a contemplar la Ascensión no como una despedida definitiva, sino como el comienzo de una nueva forma de presencia de Cristo. A partir del Evangelio de san Mateo, esta reflexión profundiza en la experiencia de la ausencia, la fragilidad de la fe y la promesa del Resucitado que sigue caminando con su Iglesia en medio de las dudas, las heridas y la esperanza.

La Iglesia de los “once”: una comunidad marcada por la fragilidad

La ausencia habitada por la promesa. Celebramos hoy la Ascensión del Señor, y podría parecer, a primera vista, la fiesta de una despedida. Jesús asciende al cielo y desaparece de la mirada de sus discípulos. Sin embargo, la liturgia nos invita a descubrir algo mucho más profundo: la Ascensión no es simplemente la ausencia de Jesús, sino el comienzo de una nueva forma de presencia.

Tal vez la primera experiencia que tenemos de Dios sea precisamente esta: experimentar su ausencia. Muchas veces quisiéramos verlo claramente, tocarlo, sentirlo de manera evidente en nuestra vida. Pero la fe suele comenzar en un espacio de búsqueda, de silencio y de espera. ¿Cómo vivir entonces esa ausencia sin apagar el deseo de Dios?

El Evangelio nos ofrece una clave muy hermosa. Los discípulos viven como quienes han recibido una cita. Jesús les ha prometido que lo verán nuevamente. Y cuando uno espera a alguien amado, la espera deja de ser vacío y se convierte en otra manera de estar unidos. Así vive la Iglesia: esperando, caminando y sosteniéndose en una promesa.

Por eso el Evangelio comienza diciendo: “los once” (Οἱ δὲ ἕνδεκα). Ese número contiene una herida. No son doce: falta uno. La comunidad aparece marcada por la ausencia, por la fragilidad y por la traición sufrida. Y esa imagen se parece mucho a nuestra propia vida. También nosotros vivimos sintiendo que algo falta. Siempre hay alguna ausencia en nuestras familias, en nuestras comunidades y en nuestro corazón. A veces es la ausencia de alguien que murió; otras veces, la de una relación rota, una culpa o un sueño perdido.

El Evangelio nos enseña que la vida cristiana no consiste en fingir perfección. La Iglesia comienza siendo “once”, es decir, incompleta. Y quizá la santidad no consiste en presentarnos perfectos, sino en no dejar nunca de buscar al “duodécimo hermano”, al que falta, al que se perdió, al que quedó herido en el camino.

Galilea, las dudas y el encuentro con el Resucitado

Después el texto dice: “se dirigieron a Galilea” (ἐπορεύθησαν εἰς τὴν Γαλιλαίαν). Galilea era una tierra mezclada, una región ambigua, llena de pueblos diversos y de tensiones culturales y religiosas. Y es precisamente allí donde Jesús cita a sus discípulos.

Esto también es muy importante para nosotros. Muchas veces pensamos que encontraremos a Dios solo cuando nuestra vida esté completamente ordenada, cuando desaparezcan las dudas o cuando logremos cierta perfección espiritual. Pero Jesús no espera a sus discípulos en un lugar idealizado. Los espera en Galilea, en medio de la mezcla y de la fragilidad. También nosotros vivimos en una “Galilea espiritual”: una vida donde no siempre entendemos todo, donde convivimos con contradicciones, heridas y preguntas. Y, sin embargo, es allí donde el Resucitado nos sale al encuentro.

El Evangelio dice luego: “al verlo” (ἰδόντες αὐτὸν). Jesús vuelve a dejarse ver. Toda la historia de Cristo puede resumirse así: es el Dios que quiso hacerse visible, el Dios que no tuvo miedo de exponerse al rechazo, al sufrimiento y a la cruz por amor a nosotros. Él no se cansa de entregarse.

Pero inmediatamente el texto añade algo sorprendente: “se postraron, pero algunos dudaron” (προσεκύνησαν, οἱ δὲ ἐδίστασαν). Qué consolador es escuchar esto. Incluso delante del Resucitado hay discípulos que dudan. La duda no aparece como lo contrario de la fe, sino como parte del camino de la fe.

Muchas veces pensamos que creer significa no tener nunca incertidumbres. Sin embargo, la duda puede convertirse en un lugar profundo de encuentro con Dios. Porque cuando dudamos descubrimos nuestra fragilidad, dejamos de sentirnos autosuficientes y aprendemos a confiar. Quizá una de las oraciones más sinceras sea precisamente presentarle al Señor nuestras preguntas y nuestras inseguridades.

Y lo más hermoso es la reacción de Jesús. No les reprocha nada. No les exige primero resolver todas sus dudas. Al contrario: los envía. “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones” (πορευθέντες οὖν μαθητεύσατε πάντα τὰ ἔθνη).

“Yo estoy con ustedes”: la promesa que sostiene la fe

Esto significa que la misión no nace de la perfección, sino de la experiencia del encuentro. Jesús envía a hombres frágiles, incompletos y dubitativos. Porque el Evangelio no es anunciado por personas perfectas, sino por personas alcanzadas por la misericordia.

Como decía Carlo Maria Martini: “En cada creyente hay un no creyente”. Y tal vez sea precisamente esa parte frágil de nosotros la que nos permite comprender mejor a los demás, acercarnos a sus heridas y acompañar sus búsquedas.

Finalmente, Jesús pronuncia una de las frases más hermosas de todo el Evangelio: “yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (ἰδοὺ ἐγὼ μεθ’ ὑμῶν εἰμι πάσας τὰς ἡμέρας ἕως τῆς συντελείας τοῦ αἰῶνος).

La Ascensión no significa que Jesús se haya alejado. Significa que ya no está limitado a un lugar o a un tiempo. Ahora puede estar con todos, en todas partes y para siempre.

Por eso, aunque muchas veces experimentemos la ausencia, nunca estamos solos. El Resucitado sigue caminando con nosotros en nuestra Galilea cotidiana, en nuestras dudas, en nuestras búsquedas y en nuestras heridas. Y mientras avanzamos, descubrimos que la fe no es aferrarse a una certeza fría, sino vivir sostenidos por una promesa: Él está con nosotros. Todos los días. Hasta el fin del mundo.

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